Arzobispado Castrense

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Apostolado Castrense - Boletín 175 - Febrero 2009

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 Apostolado Castrense

BOLETÍN DE INFORMACIÓN  175

19 de marzo.- Día del Seminario

25 de marzo.- La Anunciación del Señor: Cristo Jesús, a pesar de su condición divina, tomó la condición de esclavo.

 

ALÉGRATE LLENA DE GRACIA, EL SEÑOR ESTÁ CONTIGO

CUARESMA

Las obras de misericordia, son un buen programa para caminar hacia la Pascua. "Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y…". Dios pagará a cada uno según sus obras: a los que han perseverado en hacer el bien, les dará la vida eterna. "Cuando oréis no uséis muchas palabras…". Ser asiduos en la oración.

“¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?... Llegará un día en que se lleven al novio, y entonces ayunarán”. A ellos se les ha concedido la gracia de estar del lado de Cristo.

DICHOSOS LOS QUE TENÉIS HAMBRE: SERÉIS SACIADOS

1. ORGANIZACIÓN

El jueves día 19, se reunió el Consejo Central para tratar:

- Seminario 2008/09

- Charlas en Delegaciones de la Hermandad de Veteranos

2. FORMACIÓN ESPIRITUAL

Grupos de Oración y Formación (Madrid)

Santa Teresa de Jesús- Virgen del Puerto- Nuestra Señora de Atocha

San Juan de la Cruz-

- Desarrollo de la programación establecida

3. PARTICIPACIÓN Y REPRESENTACIÓN

Los días 2  y 16 se reunió la Junta Directiva del Foro Madrileño de la Familia, para la preparación de la campaña “Vida 2009”, de ayuda a la mujer embarazada, con el objeto de evitar el aumento de los abortos en España, a la vista del proyecto de Ley del Aborto.

El día 11, en el salón de Grados de la Universidad San Pablo- CEU, se ha celebrado una reunión para informar, a diferentes asociaciones y colaboradores, sobre la campaña Vida 2009, “Su vida es tu vida”. El presidente del Foro Español de la Familia, D. Benigno Blanco, explicó el alcance de la campaña, designando al Foro Madrileño de la Familia, del que el Apostolado Castrense forma parte, como coordinador de la campaña en Madrid.

Durante varias semanas del año 2009, se repartirán folletos, se darán charlas explicativas, se emitirán notas de prensa y cuñas de radio, para poner en conocimiento de la sociedad del daño que va a producir la despenalización del aborto, que deja a la mujer embarazada abandonada en un momento tan importante de su vida.

4. ACTIVIDADES RELIGIOSAS

El día 5, en la Iglesia Catedral Castrense se participó en la Eucaristía por los capellanes fallecidos durante el año 2008. El Vicario General, D. Ángel Cordero Cordero,  tuvo palabras de afecto y cariño para agradecer la dedicación y cercanía de todos los Capellanes Castrenses hacia la familia militar.

El día 12, representantes del Apostolado Castrense, acompañaron a las Damas de San Hermenegildo en la Eucaristía para la entrega de canastillas.

5. ASOCIACIONES DE SEÑORAS Y DAMAS

El día 10 se celebró la reunión del curso 2008/09 de las Asociaciones de Señoras y Damas, en la que el Capellán castrense D. Isidro González Ferreras desarrolló la charla: “San Pablo”

ANEXO

La hora de la verdad

Conferencia para los veteranos sobre Apostolado Castrense

Es privilegio de nosotros, los veteranos, percibir los cambios que se producen en la sociedad, y ésta es una de las muchas sabidurías que nos aportan el tiempo y la experiencia. Algunos de los frutos de esta habilidad son dolorosos, porque hemos vivido un pasado, que ahora vemos desaparecer, en el que se valoraban cosas que han sido sustituidas por otras o simplemente eliminadas. Generalmente, los veteranos achacamos esta transformación a la gente más joven, que no se da cuenta o no quiere darse cuenta de su error, pero al mismo tiempo sentimos también la amargura de haber contribuido por omisión al desarrollo de algunos vicios actuales como miembros de una generación que en su momento tuvo la sartén por el mango. Esto lo tenemos que reconocer. El doble pesar se refiere casi siempre a las virtudes perdidas y a no haber ejercido suficientemente la autoridad a la hora de educar a la juventud o no haber alzado suficientemente la voz para defender lo justo y lo bueno. Éste es el caso, por ejemplo de un escándalo achacable, al menos en parte, a nuestra generación: la extensión del fenómeno de la droga y del aborto.

En todo esto hay un aspecto admirable: el sentido de responsabilidad del que no claudicamos, y nuestra preocupación por un futuro que no vamos a vivir. La ventaja es que tenemos la motivación y el tiempo necesarios para pensar y para actuar.

Ubiquémonos, por tanto, en la situación que estamos viviendo. Es una situación complicada, porque el nuevo siglo ha empezado dominado por el signo de la complejidad. La dificultad natural de controlarla es causa de muchas contradicciones y desajustes que contribuyen a crear un estado de confusión en todos los órdenes de la vida. Hay medios tecnológicos, como el ordenador, que nos permiten el control de los procesos de organización y de funcionamiento, pero cuando se trata de encauzar adecuadamente los procesos de carácter espiritual las dificultades se amontonan. Además los medios tecnológicos han impulsado una aceleración enorme de la actividad en todos los campos y ocupan también gran parte de nuestro ocio: pensemos en Internet, por ejemplo, y en el tiempo que nos lleva atender al correo electrónico

A la confusión propia del momento en que vivimos se suma una incómoda sensación de inseguridad. Cuando éramos “más jóvenes” estábamos asentados en unas profundas convicciones y había cosas que eran tenidas por firmes y sabidas. Pero el caso es que desde que acabó la guerra fría, y sobre todo, desde que empezó el nuevo milenio, vamos de sorpresa en sorpresa, y además se han ido derrumbando los pilares de nuestra seguridad. Occidente era un espacio de acuerdo en unos valores compartidos, y mientras defendía sus principios frente a las amenazas totalitarias había ido construyendo o impulsando la creación de  instituciones merecedoras de respeto. Por ejemplo, las Naciones Unidas. Pero ya en Bosnia, en los años noventa, el argumento de autoridad empezó a deteriorarse cuando se inició el secuestro de los cascos azules, y hoy ya no se las respeta, aparte de haber perdido casi toda su credibilidad y su eficacia.

Los Estados Unidos, como única gran potencia mundial, se imponían por su sola presencia. Su historial de servicios a la paz, a la libertad y al progreso les hacía ser respetables y respetados. Nosotros, los europeos, nos sentíamos protegidos - demasiado incluso - por el paraguas norteamericano. Pero el 11 de septiembre de 2001 unos terroristas venidos de escenarios de guardarropía montaban un espectáculo apocalíptico con el que no sólo osaban romper la invulnerabilidad del coloso, sino que le humillaban haciendo uso de los propios recursos de éste en una operación de bricolaje. Se producía una pérdida de respeto que minaba en gran parte la capacidad de disuasión norteamericana, y Occidente se dividía, como respondiendo a su etimología: “Occidente”, el que se está muriendo.

Nos quedaba Europa, que era un modelo de futuro como consecuencia de sus increíbles logros: nada menos que la creación de un ámbito de paz y de progreso con una moneda común. Todo esto nos hacía sentirnos, no sólo seguros, sino también esperanzados, pero, tras los sucesivos fracasos del “Tratado Constitucional” y del “Tratado de Lisboa”, nuestra Unión vive ahora una situación de atonía, de pérdida de impulso y, sobre todo, de ilusión y de fe en sí misma.  

¿Qué nos queda entonces? Pues nos quedaba el sistema económico impuesto por Occidente y su beneficiosa repercusión social; una sociedad conocida nada menos que como la sociedad “del Bienestar”. Nadie dudaba del buen funcionamiento de Wall Street y de los bancos ingleses. Pues bien, creo que no os tengo que explicar lo que ha ocurrido; como consecuencia de la codicia de los unos y de la obsesión por el consumo de los otros, ahora ya no sabemos ni para dónde mirar. Por todas partes encontramos la perplejidad, la inseguridad y la confusión.

Una cosa tienen en común todos los acontecimientos que acabo de enumerar, y es que se han producido prácticamente de un día para otro, cuando no en un momento y en una fecha determinados, sin que nadie los previera - y en alguna ocasión, cuando se han visto venir no se ha querido reconocerlo - y eso que contábamos con organizaciones especializadas en la prospectiva, con modelos, ordenadores y miles de analistas que han fallado espectacularmente en la previsión del futuro.

Derrumbados todos estos pilares de nuestra seguridad, ya apenas la  podríamos buscar en la fortaleza de nuestras convicciones más íntimas y más profundas. La religión podría proporcionarnos ese último refugio y esa base que nos diera cierta esperanza hacia el futuro. Pero el caso es que todos estos fenómenos que nos han zarandeado y que aún nos zarandean coinciden lamentablemente con un proceso de pérdida de nuestras raíces espirituales. Está claro: Europa no ha querido reconocerlas a pesar de que en los ámbitos académicos siempre se diera por cierto que nuestras raíces eran el pensamiento griego, la organización romana y el espíritu cristiano. Y eso a pesar de que la nueva Europa había sido creada por la visión religiosa de unos hombres de fe - Schuman, Adenauer, De Gasperi - algunos de los cuales están en proceso de beatificación - y aunque, para hacer más evidente esa intención, se eligiera una bandera inspirada en la iconografía mariana.

El actual fenómeno de apostasía es especialmente enconado en España, donde adquiere la forma de un laicismo de corte decimonónico y perfumes masónicos extraordinariamente agresivo. Se caracteriza por estar impulsado desde el poder. Se trata de un gran proyecto: hacer tabla rasa de la Tradición – entendedme, no de la Tradición como folklore, sino de la Tradición como acervo espiritual, fruto de la fe de nuestros mayores y antepasados. Tradición como cultura acumulada y enriquecida por la sabiduría de muchos siglos.

Este fenómeno de la erradicación de la Tradición española es un fenómeno “hortera”, propio de actitudes ignorantes que van a la superficialidad de las cosas. Es también un fenómeno “adanista”, que estúpidamente valora al cambio por ser cambio, así como un fenómeno “nihilista” y por ello destructor, que no reconoce que haya nada firme y permanente: es el relativismo en estado puro. Da igual esto que lo opuesto; sólo vale el poder para crear una “nueva sociedad” a la que previa y premeditadamente se han arrancado las raíces; un mundo perfecto según criterios ideológicos estrictamente partidistas que se impartirán a las nuevas generaciones para adoctrinarlas y crear una especie de “nuevo ciudadano”, y con él un edén en la Tierra: un paraíso sin Dios. Naturalmente, para esto se hace preciso desarrollar una fase de implantación en la que se falsee el sistema democrático convirtiéndolo en una ficción. La gente creerá que vive en democracia aunque esto no sea realmente cierto, pero para hacerlo no hay problema: se utilizan los medios del marketing político, y ya está.

No deja de ser curioso que la ofensiva laicista - porque el proceso de apostasía viene de largo - se haya producido no mucho después de que Juan Pablo II nos dijese “¡No tengáis miedo! ¡Abrid los brazos a Cristo!” Era el disparo de salida para una “Nueva Evangelización”. Porque Juan Pablo II vio lo que estaba pasando e imaginó lo que quedaba por pasar.         

EL mandato del Papa y la situación en que vivimos nos mueve a sacudir nuestra rutina y aquella tranquilidad en que vivió nuestra generación - que por otra parte ha sido admirable por su capacidad para adaptarse a una evolución cuya rapidez y trascendencia no conoce nada parecido - para esforzarse en responder a la responsabilidad que personal y colectivamente nos corresponde. Si no nos damos cuenta de lo que nos está pasando en este aspecto nuestra visión de la realidad y de nuestro papel en la sociedad - por muy limitado que éste pueda ser en nuestra condición de hombres de edad -  quedará totalmente desenfocado.

¿Qué hacer? os diréis. Pues de entrada, los cristianos creemos en el poder de la oración, que no es poco. Pero os diré lo que nosotros estamos haciendo.

Nosotros creemos que como militares debemos preocuparnos principalmente por nuestros soldados, término en el que incluyo también, ahora, a nuestros cuadros de mando. Por un proceso natural, los cambios que se producen en la sociedad acaban por influir en los ejércitos, cosa que en principio no es mala; es más, diría que es buena y necesaria. Pero hay dos cosas evidentes: que la Milicia tiene que seguir siendo una religión de hombres honrados, y que los ejércitos tienen que estar en condiciones de cumplir adecuadamente con su misión contra viento y marea.

¿Cómo podemos hacerlo? Como la acción va siempre precedida del pensamiento, decidimos añadir al Apostolado Castrense la condición de Foro generador de “doctrina” y debate sobre moral y espiritualidad militar. Quizás os preguntéis si es nuestro papel contribuir a la eficacia de los ejércitos, y os diré que la formación moral del militar es esencial para esa eficacia, puesto que ésta no es un adorno que embellezca la profesión, sino una condición necesaria.

Nos convertimos, por tanto, en foro y foco de pensamiento y debate porque descubrimos que hoy en día no existía nada parecido en España, y nos pusimos manos a la obra. A estas alturas contamos ya con un “fondo de armario” muy interesante que está ahí y que contiene, por decirlo así, toda una doctrina útil para impulsar el perfeccionamiento de nuestros ejércitos en estos aspectos. También supone un valioso apoyo para el Arzobispo Castrense, que no tiene por qué conocer de antemano los valores, virtudes, inquietudes, problemas y estilo de vida de la gran familia militar.

Por ejemplo, “El País” hizo al nuevo Arzobispo una entrevista en la que en vez de incluir sólo preguntas y respuestas mezclaba todo con su propia opinión y su propia intención para hacer ver que la asistencia religiosa es una especie de antigualla ya superada y por tanto no sólo innecesaria sino también impropia de un estado aconfesional. Nuestro documento sobre este asunto pone las cosas bien en claro: la asistencia religiosa en los ejércitos no es un residuo del ayer o de lo que ahora se ha dado en llamar “la época franquista”, sino un derecho del soldado como ciudadano, y que por tanto engendra una grave responsabilidad para las autoridades civiles y los mandos militares. Debo decir que algunos de estos mandos tampoco andan demasiado enterados de cosas como éstas, y dudan cada vez más sobre la razón de que haya capellanes en las unidades militares. Por eso les conviene caer en la cuenta, por ejemplo, de que muchos de los “países de nuestro entorno”, más progresistas y con mayores y más antiguas credenciales de democracia que nosotros, mantienen el servicio religioso y no tienen ni esas dudas ni esos temores.

Otra idea-fuerza, que considero interesante y con posibilidades de “impactar” a quienes tienen responsabilidad en este terreno, es que sería indecente preparar perfectamente a nuestros soldados en los aspectos técnicos y dejarles inermes en el momento de la verdad, es decir, cuando les muestre su rostro el peligro o la propia muerte.

Por otra parte, como existe mucho despiste respecto a la constitucionalidad de la asistencia religiosa, los mandos dudan y los políticos llevan el agua a sus molinos. Por eso conviene recordar que España es un estado aconfesional y no laico, y que por tanto, lejos de rechazar cualquier expresión de fe, establece el respeto hacia todas, no olvidando reconocer el hecho evidente de que la población española es mayoritariamente católica. Todas estas cosas fueron explicadas o recordadas, y desde luego presentadas en su día mediante entrevista personal a los cuatro Jefes de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, al Subsecretario de Defensa y al Director General de la Guardia Civil, cuando se publicó y difundió el documento; porque he de decir que desde el principio nos propusimos - y así lo hemos mantenido - realizar un seminario al año y publicarlo, difundiéndolo a continuación a mandos y capellanes como norma general, además de a quienes pueda interesar especialmente en cada caso.    

Enlazando nuestro primer trabajo con el que ahora estamos realizando, diré que este último intenta recoger argumentos en previsión de que, dentro de la campaña laicista, se concrete el ataque ya anunciado en contra de la presencia religiosa en actos militares y militar en algunos actos religiosos. Estamos hablando de la intervención del capellán en funerales de estado, de la permanencia de “las Patronas” y de los piquetes militares en determinadas procesiones, y, supongo que incluso de guardar ciertas prescripciones que afectan a los alimentos en épocas determinadas. Me dicen que en Ceuta y Melilla, además de permitirse a los musulmanes salir antes los viernes para que realicen sus prácticas religiosas, se tiene en cuenta el Ramadán para respetar los preceptos islámicos. Tengo también entendido que no sucede lo mismo con los viernes de Cuaresma para los cristianos. En cuanto a quitar las Patronas supongo que no resultará demasiado fácil, y que lo de las procesiones tropezará hasta con el turismo. Pero el papel todo lo admite.

La supresión de los funerales religiosos sería indecente. ¿Ponemos en trance de morir a unos hombres y mujeres y luego les bailamos un tango, como al gran actor? Esto sería, simple y llanamente, indecente: una lamentable falta de respeto. En España no se hace eso con los muertos. En España, y en los demás países de nuestra cultura. ¿Cuántas veces hemos visto, en Norteamérica, salir el sacerdote, el pastor o el rabino a decir unas palabras en ese espacio de trascendencia que demanda la ofrenda de la vida hasta el extremo?

Una de las muchas confusiones que se cultivan en España es la mezcla de la fobia laicista y del multiculturalismo. El hecho de que pueda haber varias confesiones se utiliza arteramente para convencer a los ignorantes - esa gran masa de españoles - de que hay que eliminar la presencia religiosa. Pero esa confesionalidad múltiple lo que aconsejará es que haya una presencia múltiple o unos turnos, claro está - porque en la asistencia religiosa es un servicio – en la medida en que los creyentes de religiones no mayoritarias alcancen un contingente que lo justifique, y que suele rondar el cinco por ciento.

Todas estas cosas de las que estoy hablando no son una entelequia, son lo que está sucediendo y ante lo cual debemos posicionarnos e instruirnos para que no nos engañen. Y si somos hombres y mujeres de fe debemos luchar. Recordad, puesto que estoy hablando a veteranos, que mientras luchemos no se podrá decir que somos viejos, y que la edad proporciona una sabiduría que quizá no tengan los menos mayores. Como he leído en un mensaje de Internet, los jóvenes tendrán en sus ojos la llama, pero nosotros tenemos en los ojos la luz.

En nuestro trabajo hemos hecho más cosas; por ejemplo, hemos trazado el perfil del militar católico en el siglo XXI. A partir de un documento del Apostolado Militar Internacional hemos hecho esta especie de semblanza adaptándola a nuestra idiosincrasia. Es una imagen moderna, valiente, inteligente, comprometida con la verdad y fiel a los valores y las virtudes propias y necesarias.

También hemos abordado el tema de la familia en el ámbito militar en sintonía con la preocupación de la Iglesia Católica. Nuestras propuestas en este aspecto, como en otros muchos, requieren que los capellanes se dejen ayudar y cooperen en la tarea. Es necesario, en suma, el impulso del Arzobispo. La nueva organización de la Asistencia Religiosa necesita que ésta se deje asesorar por quienes con un conocimiento “desde dentro” de la familia militar sienten la preocupación por el presente y el futuro de la espiritualidad militar propia de una religión de hombres honrados.

En ese empeño está el Apostolado Castrense, cuya posible eficacia se ha replanteado también en estos seminarios. Como Acción Católica dentro de las Fuerzas Armadas, y como organización dotada de medios escasísimos, nuestra prioridad se centra en la formación moral de nuestros cuadros de mando, que luego formarán a nuestros soldados y marineros. Nuestra experiencia en este sentido es buena en cuanto a la posibilidad de hacer; el ideal será aplicar nuestro esfuerzo en las academias militares, que tampoco son tantas. El experimento desarrollado en la Academia de Infantería ha tenido un éxito espectacular, y no se ven razones para no poder exportarlo a otros centros análogos. El cadete percibe que para ser un buen militar es preciso ser hombre de espíritu, y que esto requiere formación. Luego será cosa de hacer un seguimiento por parte de los capellanes para aprovechar el impulso de los más entusiastas. Pero lo que, dicho así no parece tan difícil, tropieza con dificultades difícilmente superables.

Por ejemplo, en el aspecto económico se va de mal en peor. Antes, los ejércitos aportaban algo de dinero, porque los altos mandos se daban cuenta de que era una cosa buena para el soldado y para la Milicia; ahora este es un asunto sometido a unas reglas generales que, como es sabido, sirven muchas veces para subvencionar a entidades neutras, habitualmente contrarias a los fines de las Fuerzas Armadas o sencillamente estúpidas, Por otra parte no existe todavía una toma de conciencia de lo que está pasando como para mover a la gente a ser miembros del Apostolado Castrense, y las actividades que éste desarrolla, como son las acampadas, los retiros, los grupos de oración, la presencia de la familia militar española en los grandes temas como Católicos en la Vida Pública o el Foro de la Familia, el apoyo al Arzobispo Castrense, o el trabajo intelectual de los seminarios a los que vengo aludiendo, encajan difícilmente en el tipo de condiciones por los que se rige la actual normativa. Además, tampoco somos una ONG aunque sí que seamos una organización no gubernamental. Ya me entendéis.

Pero volvamos al mundo de las ideas. Hace año y pico sentimos la necesidad de preguntarnos sobre la dimensión espiritual del militar, que es el meollo de la cuestión: qué sentido tiene hablar de ella en nuestros días y si existen motivos para suponer que la profesión militar sigue exigiendo su cultivo y su cuidado entrado ya el siglo XXI. Llegamos a la conclusión de que esta necesidad permanece en nuestros días por muchas y muy esenciales razones. En primer lugar, porque el militar contempla una escala de valores y aplica su vocación de servicio a uno de ellos, que es la Patria, y lo hace generosamente, consciente de que con ello renuncia a muchas cosas y asume también algunas graves - y muchas veces incómodas -  responsabilidades. Otra exigencia de espiritualidad deriva del compromiso que el militar asume con el juramento a la Bandera; un juramento que adquiere verdadera fuerza y autenticidad cuando parte de una inspiración trascendente, puesto que ese compromiso incluye el de afrontar la muerte si ello fuera necesario en el cumplimiento de su misión. Nada menos.

También sitúa al militar en un plano de espiritualidad el puro ejercicio de la profesión, porque éste exige la práctica de la virtud desde una perspectiva de eficacia. El espíritu de servicio, el espíritu de sacrificio,  la abnegación, como el compañerismo o el valor, son fundamentales para el buen servicio de los ejércitos; sin ellos éstos no podrían cumplir adecuadamente su misión. En ello no hay vuelta de hoja.

Otra fuente generosa de espiritualidad para el militar son las responsabilidades que éste asume respecto a los hombres y mujeres a los que manda y respecto a la sociedad que en él confía el uso de la fuerza, como también el deber de ejemplaridad que en el fondo esperan hasta quienes no nos entienden. Todo esto sigue vigente. Y a ello se suma ahora el aspecto humano de las misiones que realiza.

A veces vemos como los políticos favorecen algunas cosas de las que luego se lamentan. Bastantes propugnan unos ejércitos de funcionarios, la supresión de los símbolos y de la asistencia religiosa, y el desinterés, cuando no la oposición, hacia una formación moral que se ponga a la altura de la excelente formación técnica que hoy día reciben tanto los cuadros de mando como la tropa. Luego, esos políticos se indignarán si salta un titular y incluso promoverán la indignación de la opinión pública. Los elogios a las Fuerzas Armadas se tornarán denuestos si así ocurre. Y también existe el peligro de deshumanizar el ejercicio del mando dejando que simplemente obren los mecanismos y las leyes, así como el riesgo de que los líderes se sientan satisfechos por el mero convencimiento de que la máquina sigue funcionando.

Pero para que nuestros hombres y mujeres no cometan un solo fallo en su comportamiento ético y moral es condición sine qua non la práctica habitual de la virtud, porque ésta no se puede improvisar, y la práctica  diaria de la virtud no pude venir sino del convencimiento y de la formación. Descuidar o despreciar ésta y pretender un comportamiento intachable es caer en una contradicción peligrosísima.

Las virtudes militares se hallan tan cerca de las virtudes religiosas que harán mal quienes las desprecien, sobre todo cuando, como ahora, las actitudes más generalizadas de nuestros jóvenes y de la sociedad en que estos viven se distancian cada vez más de las que han de ser practicadas en loas ejércitos. Basta con contemplar la televisión: ahí se ven las actitudes y comportamientos que se presentan como habituales e incluso modélicas a nuestros niños y nuestros jóvenes De ahí que nuestro esfuerzo formativo se haga cada vez más difícil. Estamos en una sociedad desestructurada, y lo que dicen al soldado sus jefes se parece cada vez menos a lo que oyen de sus padres o de sus sacerdotes, si es que aquél llegó a tener cierto grado de contacto con unos y con otros.

Por eso también hemos tocado el tema de las familias, que tanto ha cambiado desde nuestra época de formación, y lo hemos hecho siguiendo la preocupación de la Iglesia a este respecto. Y hemos hecho una primera aproximación al “alma” – en el sentido clásico – del soldado profesional, al que mi generación conoce bien poco. Y en su momento respondimos al encargo de nuestro Arzobispo de estudiar el problema del nacionalismo, el terrorismo y la autodeterminación, cuando Monseñor Rouco decidió escribir aquella famosa Pastoral… Entonces le proporcionamos algunas ideas muy interesantes, como la del carácter escandaloso de la doctrina aranista, con su referencia a Dios y su odio a los hombres si estos eran españoles. Una doctrina que al no haber sido denunciada por la Iglesia está en el origen de los desvíos de muchos curas vascos…

De lo dicho respecto a la realidad y la exigencia de espiritualidad militar no hay más que un paso de distancia a la trascendencia.

***

No me extenderé ya mucho más. Nosotros hemos venido aquí porque consideramos muy interesante esta especie de simbiosis entre Apostolado Castrense y Real Hermandad de Veteranos. Afortunadamente la Real Hermandad mantiene un alto grado de espiritualidad y de preocupación por la realidad y el futuro de nuestras Fuerzas Armadas, a las que no nos sentimos en absoluto ajenos. La generosidad de los miembros de la Real Hermandad es una de sus principales características, bien expresada por cierto en el auge de su voluntariado. Incluso su revista está impregnada de espiritualidad.

Nos gustaría que entre los miembros de cada delegación haya alguno que colabore con nosotros a impulsar el testimonio de fe y de esperanza que en estos días se necesita ante el laicismo rampante; que alguien busque formas de estimular ese ansia de acercamiento a Dios que tenemos los veteranos para sentirnos vivos en la fe que recibimos de nuestros padres. ¡Qué gran tragedia la de que se vayan apagando esas luces que encendieron generaciones y generaciones de españoles creyentes y que ahora, con la connivencia de los indiferentes y de los tibios, están apagando quienes odian a Dios!    

Pero los cristianos somos hombres de esperanza, y yo tengo mucha esperanza en nuestros veteranos. Estamos en la Nueva Evangelización que nos pidió el Papa peregrino. Y a los veteranos nos suena bien aquello de ¡No tengáis miedo!

Javier Pardo de Santayana Coloma.

 

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