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Preparados para una vivencia cristiana de la muerte

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En este tiempo privilegiado de la Cuaresma, es más que oportuno una reflexión cristiana sobre la muerte, acompañando la Pasión y Muerte del Señor, pero con el horizonte esperanzador de su Resurrección gloriosa.

El Mensaje de los Obispos de la Comisión Episcopal de Pastoral, el Día del Enfermo, en 1993 y, bajo el epígrafe “Los diez Días del enfermo en la Iglesia en España”, rezaba así: “La cultura actual oculta, silencia e ignora la muerte. Pero es una realidad innegable que la muerte forma parte de la vida. Antes o después nos encontramos con ella y tenemos que encararla: el amigo que muere en accidente, el familiar cercano que se va apagando poco a poco en casa o en el hospital, el vecino que murió de repente, el diagnóstico de una enfermedad grave. Hoy es más difícil que en otras épocas afrontar la muerte, vivir el morir y ayudar a los otros a que tengan una muerte digna. Jesús es modelo y referencia para el cristiano en la vida y en la muerte. En Él aprende a morir y a cultivar en su vida actitudes que conducen a una muerte cristiana”.

La muerte, como acontecimiento decisivo de la existencia humana, no se improvisa. Hemos de mentalizarnos para asumir la realidad de nuestra propia muerte y prepararnos para que sea cristiana desde una vida que imita a la de Jesús.

Hemos de alentar en nosotros la esperanza de la resurrección en un mundo en el cual muchos hombres viven cerrados a la transcendencia, como si esta vida fuese la única definitiva.

Hemos de vivir como resucitados, como hombres que han pasado de la muerte a la vida, amando a los hermanos (1Jn e, 14).

Y, hemos de dar signos de vida en una sociedad en la que hay tantos signos de muerte, en forma de guerras, odios, hambre, injusticias e insolidaridad, y combatirlos ayudando a que sus víctimas resucitan a una vida digna del ser humano, creado por Dios a su imagen.

La comunidad cristiana ha de asumir la necesaria, urgente y delicada tarea de educar para vivir y ayudar a vivir una buena muerte, utilizando para ello los cauces que tiene a su alcance: la catequesis, la predicación, las celebraciones con enfermos, las reuniones de grupos y movimientos, etc. El buen desempeño de esta tarea educadora compete de una manera especialísima a los catequistas, profesores y capellanes(pastores) de la comunidad cristiana: me refiero a la experiencia personal de afrontar estas realidades con cercanía, sensibilidad y escucha de los enfermos, de los moribundos y de sus familias; contemplando el mensaje del Evangelio; revisando las propias actitudes y comportamientos ante el inexorable reto de la muerte.

Propongo para ello llevar a cabo las siguientes acciones:

  • Acercarnos con serenidad a ese hecho incuestionable que supone la muerte, y tomar conciencia de que forma parte de nuestra existencia, de manera que con naturalidad pueda enhebrarse en nuestros esquemas mentales.
  • Intentar conocer los interrogantes del hombre de hoy ante el fin último de la existencia, para proyectar sobre ellos la iluminación de la fe.
  • Asimilar la verdad sobre la muerte y su sentido a la luz del mensaje de Jesús.
  • Renovar las actitudes y comportamientos que nos ayuden a nosotros a vivir plenamente la vida enteramente, incluida su cesación, esto es, la muerte.
  • Y, por consiguiente, asumir la responsabilidad de humanizar, con la templanza de la compasión en el proceso “del morir”.

Julián Esteban Serrano
Delegado de Pastoral Sanitaria


 

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