Apuntes para la vida
Una de las grandes aportaciones del cristianismo al pensamiento de la humanidad ha sido su oferta de esperanza. Antes de que los filósofos del siglo XX hablaran de ella como virtud humana, los discípulos de Jesús la tenemos como uno de los tres pilares teologales que configuran nuestra existencia cristiana. Mediante la confianza en el Dios que siempre cumple su palabra, “gustamos ya en este mundo la esperanza de una vida futura que nos saciará totalmente” (San Agustín).
Las grandes tragedias mundiales del pasado siglo motivaron que el pensamiento filosófico, dominado por la nada de Sartre y la desesperanza de Heidegger, fuera sustituido por una nueva confianza en el futuro, en la historia y en la cultura humana. Era como una llamada inherente de apertura a “un mañana mejor”. Así, desde Marcel a Moltmann, desde Laín Entralgo a E. Bloch plantean la conexión entre la esperanza y la experiencia religiosa. El personalista E. Mounier, llegará a plantear la esperanza como algo perteneciente a la condición ontológica del hombre, debido a la situación de homo viator del ser humano y de la historia que tiende a un fin. De ahí que, vivir en esperanza o desesperación es “aceptar o rechazar el ser persona”.
Al inicio de este nuevo milenio se percibe el vacío que deja la ausencia de los grandes principios y valores. Han fracasado muchas cosas: el viejo progresista que quiso cambiar el mundo, hoy te lo encuentras como un ferviente adorador del dios Mammón. La ilustración de la postmodernidad ha caído en los mitos y renuncia a la esperanza. De tanto predicar la “muerte de Dios” ha traído consigo la ausencia de sentido a la vida humana. La tan proclamada sociedad del bienestar, que en la actualidad se encuentra en crisis, no alcanza la realización personal. Se constata un aumento alarmante de los estados de ansiedad, angustia, depresiones, suicido, etc. Es hora de preguntarse qué es más humano: vivir en la desesperanza y darle la razón a los sistemas que encarnaron Hitler y Stalin, o más bien recuperar el imperativo de la esperanza que habita en el alma de la persona, que es el motor de la historia y de la vida.
Pero siendo importante las esperanzas humanas, sin embargo no pueden satisfacer plenamente el ansia de eternidad que todos llevamos dentro. En este sentido –dice Benedicto XVI- “es verdad que quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida. La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios” (SP, 27).
La debilidad del hombre contemporáneo, su cansancio existencial y la pérdida de la alegría de vivir se supera cuando se vuelve a las fuentes de la esperanza que encontramos en el Dios que se revela en el Antiguo y Nuevo Testamento. Sí, mientras en Grecia la esperanza no dejó de ser un engaño, hubo un pueblo insignificante y pobre llamado Israel que se puso en camino y no aceptó el eterno retorno. Creyó en un Dios personal, intrahistórico, que le da una promesa y hace una alianza con ellos. El cristianismo, nacido de este tronco hebreo, afirma que las antiguas promesas se han cumplido en la encarnación-muerte-resurrección de Jesucristo, Hijo de Dios vivo, el Mesías anunciado y esperado de las naciones. Él es nuestra única esperanza de salvación (cf. 1Tim 1,1).
Pues bien, Benedicto XVI se ha percatado de esa desilusión que invade el pensamiento y la vida de la gente de hoy, como consecuencia de ese vivir como si nada existiera y sin ninguna meta que conquistar. Estamos en una sociedad de “sonámbulos” donde sus componentes van de aquí para allá, sin nada que ofrecer, ni nada que esperar. Como en antaño los Efesios (Ef, 212) estamos sin esperanza, porque hemos construido un mundo “sin Dios”. Los avances de la ciencia y de la técnica moderna no pueden ser la causa última de nuestra esperanza, porque no redimen al hombre. Sólo un amor incondicional que haya entrado en la historia y se haya encarnado, puede llenar de esperanza el corazón del hombre, ese es el Dios Humanado, Jesucristo, él único que “abre de par en par la puerta oscura del tiempo, del futuro. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva” (SP, 2). Con razón diría en su día Chersterton: “lo que esa universal y combativa fe cristiana trajo al mundo, fue la esperanza”.
El tiempo litúrgico de Adviento, que iniciaremos próximamente, nos sitúa a los cristianos en lo esencial: ¡Sólo Dios basta! Centrándonos cada día más en Él, encontraremos razones para vivir, para esperar, para amar.
† Juan del Río Martín,
Arzobispo Castrense de España


















