Apuntes para la vida
La clarividente intuición de Pablo VI instituyendo el 8 de diciembre de 1967 la Jornada Mundial de la Paz, se ha consolidado como una experiencia fecunda de proyección internacional. Benedicto XVI, sabio pastor y agudo observador del escenario mundial, utiliza este año una perspectiva educativa en su Mensaje para la XLV Jornada Mundial de la Paz, el 1 de enero del 2012, cuyo lema es: “Educar a los jóvenes en la justicia y en la paz”.
Como “el centinela aguarda la aurora” (Sal 130,6), de igual manera el corazón del hombre contemporáneo anhela con ansiedad salir de la profunda crisis en la que se encuentra sumergida la sociedad. Es necesario percibir que la raíz última de esta lacra tan compleja y complicada, se halla en el olvido de Dios que trae como consecuencia el creerse: “dueños del bien y del mal, así como de la vida y la muerte”.
La presente situación nos lleva a la hecatombe, es necesario un cambio radical. Esto lo perciben, muy vivamente, las nuevas generaciones de distintas partes del mundo. Sus movimientos y luchas por un futuro mejor, no deberían nunca verse frustrados o manipulados por intereses egoístas que no buscan el bien común. El Papa le dedica este Mensaje porque está: “convencido de que ellos, con su entusiasmo y su impulso hacia los ideales, pueden ofrecer al mundo una nueva esperanza”. Es urgente pues, que los jóvenes sean conducidos e instruidos en la convicción de que la paz es siempre fruto de la justica (cf. Is. 32,17).
Los protagonistas de esta necesaria nueva cultura, somos todos. En primer lugar los adultos, siendo testigos del camino que proponemos. Por otra parte, se requiere que los más jóvenes tomen una actitud dócil de discípulo, y no piensen que por vivir la etapa juvenil, ya tienen la llave de la solución de los problemas. Los ámbitos privilegiados de este aprendizaje son: las familias, las instituciones docentes, los responsables políticos, los medios de comunicación y por supuesto la Iglesia, que es “Maestra en Humanidad”.
¿Cómo se hace esta tarea? De entrada, hay que superar el relativismo y el materialismo dominante que conducen a la soberbia, la ambición, la corrupción y en ansia de poder. Recuperar la tan olvidada y despreciada dimensión transcendente de la persona. Educar en la virtud de “hacer el bien y huir del mal, asumir la responsabilidad del bien que ha hecho y del mal cometido”. Porque sin esta clave esencial, la tan alabada “educación en valores” se puede convertir, con facilidad, en puro subjetivismo, donde todo tiene la misma valía y cada uno puede escoger lo que más le guste. De ahí, que la primera educación – dice el Papa- comienza en descubrir la verdad del hombre y dónde nace su auténtica libertad, porque en “el uso recto de la libertad se encuentra la promoción de la justicia y de la paz, que requiere el respeto hacia uno mismo y hacia el otro, aunque se distancie de la propia forma de ser y vivir”.
El futuro de la paz en esta “aldea global”, no depende únicamente de las necesarias reformas estructurales, económicas y financieras, sino de un cambio cultural y antropológico centrado en una visión en integral del hombre. Desde esta perspectiva las nuevas generaciones aprenderán que la paz es una gracia que viene de Dios, pero a la vez exige ser agentes activos mediante: la honestidad, la compasión, la fraternidad, la colaboración, la solidaridad. Todo ello demanda renuncias y sacrificios personales y colectivos, porque la “justicia y la paz” son los elementos imprescindibles para construir el futuro de la humanidad. Los cristianos encontraremos fuerzas para ser nuevos constructores de la paz, si alzamos nuestra mirada al “Príncipe de la paz”, que “hace de lo imposible, lo posible”.
† Juan del Río Martín,
Arzobispo Castrense de España





















