Iglesia Catedral de las Fuerzas Armadas de España,
Madrid 15 de diciembre de 2009
Meditación sobre las figuras: Juan el Bautista – Juan el discípulo amado.
1. Preámbulo y oración de entrada.
Oración de San Anselmo:
“Señor, enséñame a buscarte y muéstrate a quien te busca; porque no puedo ir en tu busca a menos que tú me enseñes, y no puedo encontrarte si tú no te manifiestas. Deseando te buscaré, buscando te desearé, amando te hallaré y hallándote me salvaré”.
Oración de San Ignacio:
“Pide el conocimiento interno del Señor, que fue anunciado por el Bautista, nación en Belén, vivió oculto en Nazaret, reveló su intimidad al discípulo amado en la noche de la última Cena, que luego murió y resucitó, para que más le ame y le siga”.
Destinatarios de la meditación:
Esta meditación va dirigida a aquellos que han sido llamados de una manera especial por la divina Providencia para “anunciar al pueblo la buena noticia”. Estos un día fueron consagrados para la misión, no por sus méritos, sino por pura gracia. Ese discípulo de Jesús, que es el sacerdote, se sitúa hoy en un escenario de “desierto” cultural y existencial. En la actualidad aparece como una figura peculiar cuyo mensaje suena como “una voz que clama en el desierto”. En esta situación de aridez, es necesario crecer en fortaleza, humildad y testimonio que caracterizó al Bautista y en vivir nuestro sacerdocio en una permanente intimidad amistad con el Señor, a la manera de Juan, el evangelista.
2. Lectura de los pasajes bíblicos: Lc. 3,1-18; Jn 13,21-30.
3. Composición de lugar:
Son dos escenas diferentes.
1º. San Juan Bautista:
Deberíamos situarnos en la expectación mesiánica que por aquel tiempo se daba en Judea. También hoy, a pesar de todos los pesares, sigue habiendo “hambre de Dios”. Nos podemos sentir ubicado dentro del aquel gentío que seguía la ascética figura del Bautista. Lucas inicia la misión de Juan de manera solemne y precisa, situándola en la historia del mundo gentil y en la del pueblo de Israel. Juan es una “puerta que se cierra”, es un entrecruces de dos tiempos diferentes: el creyente y el pagano, y es el último profeta del AT, que como sus predecesores terminará dando su vida por la misión. Viene, según la cita de Is 40,3-5, a preparar el camino al Mesías, para ello exigirá una conversión a Dios y que se manifieste en frutos de buenas obras a todos los estamentos: fariseos, publicanos, soldados, pueblo. Es necesario que como el Bautista nosotros: “conozcamos la realidad plena de Jesús de Nazaret y comencemos a “manifestarlos a Israel” (Jn 1,31), presentándole como Hijo de Dios y redentor del hombre (Jn 1,29)” (Benedicto XVI, 24-6-2007).
2º. Juan del Evangelista:
Como sacerdotes, elegimos la escena de la última Cena. Juan fue el elegido para acompañar a Pedro a la ciudad a fin de preparar la comida Pascual en el Cenáculo de Jerusalén. Podemos imaginarnos el cálido ambiente de algo que se presagia. Leyendo ese pasaje parece que la “tragedia se masca”. Es la noche de la intimidad, sólo los verdaderos amigos pueden hacer preguntas. Que bien sabía Pedro que el más cercano al Maestro era el joven discípulo, por eso mismo le provoca a que haga la pregunta de la noche: ¿Quién será el traidor?. Recostado en el pecho de Jesús, Juan escucho el latido del divino corazón y el inmenso dolor por la traición de Judas. Dice Benedicto XVI: “que el Señor nos ayude a ponernos en la escuela de Juan para aprender la lección del amor de manera que nos sintamos amados por Cristo “hasta el final” (Jn 13,1) y gastemos nuestra vida por Él” (5-7-2006).
4. Meditación de los personajes.
Una reflexión sobre Jesús y el Bautista es la mejor forma de estar en sintonía con la liturgia de Adviento. El nos puede iluminar cómo llevar a cabo nuestra tarea profética en el “desierto” de la secularización de nuestra cultura y en un mundo tan adverso. En este contexto, el sacerdote tiene que seguir anunciando la salvación en Jesucristo.
El nombre de Juan significa: “Dios ha hecho misericordia”.
Los profetas del AT, anunciaban una salvación futura, el Precursor anuncia a uno que está presente, ante el cual “no es digno de desatarle las correas de las sandalias”. El no se predica a sí mismo, sino Aquel que viene con poder para “aventar la parva y recoger el trigo”. Nosotros, los sacerdotes somos como el Bautista que prestamos la voz a quién es la Buena Noticia. Escuchemos pues, un texto de San Agustín que resume perfectamente el primer personaje de nuestra meditación:
“Juan era la voz, pero el Señor es la Palabra que en el principio ya existía. Juan era una voz provisional; Cristo, desde el principio, es la Palabra eterna.
Quita la palabra, ¿y qué es la voz? Si no hay concepto, no hay más que un ruido vacío. La voz sin la palabra llega al oído, pero no edifica el corazón.
¿Quieres ver cómo pasa la voz, mientras que la divinidad de la Palabra permanece? ¿Qué ha sido del bautismo de Juan? Cumplió su misión y desapareció. Ahora el que se frecuenta es el bautismo de Cristo. Todos nosotros creemos en Cristo, esperamos la salvación en Cristo: esto es lo que la voz hizo sonar.
Y precisamente porque resulta difícil distinguir la palabra de la voz, tomaron a Juan por el Mesías. La voz fue confundida con la palabra: pero la voz se reconoció a sí misma, para no ofender a la palabra. Dijo: No soy el Mesías, ni Elías, ni el Profeta.
Y cuando le preguntaron: ¿Quién eres?, respondió: Yo soy la voz que grita en el desierto: «Allanad el camino del Señor. » La voz que grita en el desierto, la voz que rompe el silencio. Allanad el camino del Señor, como si dijera: «Yo resueno para introducir la palabra en el corazón; pero ésta no se dignará venir a donde yo trato de introducirla, si no le allanáis el camino.»
¿Qué quiere decir: Allanad el camino, sino: «Suplicad debidamente»? ¿Qué significa: Allanad el camino, sino: «Pensad con humildad»? Aprended del mismo Juan un ejemplo de humildad. Le tienen por el Mesías, y niega serlo; no se le ocurre emplear el error ajeno en beneficio propio.
Si hubiera dicho: «Yo soy el Mesías», ¿cómo no lo hubieran creído con la mayor facilidad, si ya le tenían por tal antes de haberlo dicho? Pero no lo dijo: se reconoció a si mismo, no permitió que lo confundieran, se humilló a si mismo.
Comprendió dónde tenía su salvación; comprendió que no era más que una antorcha, y temió que el viento de la soberbia la pudiese apagar.
*Juan, el amigo del Señor,
Vamos a recordar ¿quién era el discípulo amado? Para ello echamos manos de la catequesis del Papa Benedicto XVI sobre “Juan, hijo del Zebedeo”:
“Estaba arreglando las redes a orillas del lago de Tiberíades, cuando Jesús le llamó junto a su hermano (Cf. Mateo 4, 21; Marcos 1,19). Juan forma siempre parte del grupo restringido que Jesús lleva consigo en determinadas ocasiones. Está junto a Pedro y Santiago cuando Jesús, en Cafarnaúm, entra en casa de Pedro para curar a su suegra (Cf. Marcos 1, 29); con los otros dos sigue al Maestro en la casa del jefe de la sinagoga, Jairo, cuya hija volverá a ser llamada a la vida (Cf. Marcos 5, 37); le sigue cuando sube a la montaña para ser transfigurado (Cf. Marcos 9, 2); está a su lado en el Monte de los Olivos cuando ante el imponente Templo de Jerusalén pronuncia el discurso sobre el fin de la ciudad y del mundo (Cf. Marcos 13, 3); y, por último, está cerca de él cuando en el Huerto de Getsemaní se retira para orar con el Padre, antes de la Pasión (Cf. Marcos 14, 33). Poco antes de Pascua, cuando Jesús escoge a dos discípulos para preparar la sala para la Cena, les confía a él y a Pedro esta tarea (Cf. Lucas 22,8).
Esta posición de relieve en el grupo de los doce hace en cierto sentido comprensible la iniciativa que un día tomó su madre: se acercó a Jesús para pedirle que sus dos hijos, Juan y Santiago, pudieran sentarse uno a su derecha y el otro a su izquierda en el Reino (Cf. Mateo 20, 20-21). Como sabemos, Jesús respondió planteando a su vez un interrogante: preguntó si estaban dispuestos a beber el cáliz que él mismo estaba a punto de beber (Cf. Mateo 20, 22). Con estas palabras quería abrirles los ojos a los dos discípulos, introducirles en el conocimiento del misterio de su persona y esbozarles la futura llamada a ser sus testigos hasta la prueba suprema de la sangre. Poco después, de hecho, Jesús aclaró que no había venido a ser servido sino a servir y a dar la vida en rescate de la multitud (Cf. Mateo 20, 28). En los días sucesivos a la resurrección, encontramos a los «hijos del Zebedeo» pescando junto a Pedro y a otros más en una noche sin resultados. Tras la intervención del Resucitado, vino la pesca milagrosa: «el discípulo a quien Jesús amaba» será el primero en reconocer al «Señor» y a indicárselo a Pedro (Cf. Juan 21,1-13).
Según la tradición, Juan es «el discípulo predilecto», que en el cuarto Evangelio coloca la cabeza sobre el pecho del Maestro durante la Última Cena (Cf. Juan 13, 21), se encuentra a los pies de la Cruz junto a la Madre de Jesús (Cf. Juan 19, 25) y, por último, es testigo tanto de la tumba vacía como de la misma presencia del Resucitado (Cf. Juan 20, 2; 21, 7)….. Tenemos una lección importante para nuestra vida: el Señor desea hacer de cada uno de nosotros un discípulo que vive una amistad personal con Él. Para realizar esto no es suficiente seguirle y escucharle exteriormente; es necesario también vivir con Él y como Él. Esto sólo es posible en el contexto de una relación de gran familiaridad, penetrada por el calor de una confianza total. Es lo que sucede entre amigos: por este motivo, Jesús dijo un día: «Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos… No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,13)” (5-6-2006). ¡La vida sacerdotal hay que vivirla en clave amistad con el Señor!
5. Oración del corazón sobre lo meditado.
El motivo del Año Sacerdotal que estamos celebrando es sobre todo: “contribuir a promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo” (Benedicto XVI 16-3-2009). Pues bien a la luz de estas dos figuras, podemos hacer un poco de oración - revisión de nuestra vida sacerdotal respondiendo a estos cuatros grandes interrogantes:
1º ¿Qué debo enderezar en mi vida espiritual y pastoral para que sea un auténtico precursor del evangelio de Jesucristo?
2º ¿Hay, rectitud de intenciones en mis actos, pureza en mis sentimientos y veracidad en mis palabras, para poder llamarme “amigo de Jesús”?
3º ¿He asumido el sentido martirial en mi vida sacerdotal por la causa de Cristo, de la Iglesia y de la salvación de las almas?
4º. La austeridad de costumbres, el ser asiduo a la oración y la oblación de mi propio ser es ¿algo periférico o central en mi vida sacerdotal?
Ahora, ponemos los “ojos del alma”, ante Jesús Sacramentado presente en la custodia en medio de esta asamblea. Es la presencia más real y amorosa que tenemos los cristianos. El sacerdote es profeta (como el Bautista) y testigo (como el evangelista) de una “cultura eucarística”, que supera los egoísmos y las rupturas y preconiza un mundo más humano, en el que brille el esplendor de la verdad de Dios que ha amado al hombre en la dimensión de lo infinito. Todo ha sido “una locura de amor”, diría San Juan de Ávila. Aquel que no cabe en los cielos, se encarno, murió y resucitó por ti por mí. Si gran misterio fue nuestra redención no menos es el de su permanencia entre nosotros por las palabras consagratorias del sacerdote en cada celebración eucarística. Ahí se nos da el alimento para la vida eterna tanto para el que lo celebra como para todo el pueblo de Dios. Deberíamos tener siempre presente aquellas palabras del Patrón del clero español a un sacerdote: “trátalo bien que es Hijo de buen Padre”. Por ello, no nos deberíamos quedar tan frescos, cuando día tras días repetimos: “Tomad y comed…esto es mi Cuerpo…este es el cáliz de mi sangre…” Qué bien lo entendió el Santo Cura de Ars cuando afirmaba: “El sacerdote debe experimentar la misma alegría de los Apóstoles cuando ve que tiene a nuestro Señor en sus manos”. Porque no se trata aquí de un doblaje, sino de una actuación in persona Christi. El sacerdote encarnar en su vida y ministerio el “haced esto en memoria mía”. Únicamente una intimidad semejante a la que tuvo el discípulo amado con Jesús, nos puede revelar los grandes secretos del Corazón del Maestro que se quiso quedar con nosotros en el memorial instituido en aquella cena donde Juan se reclinó la cabeza en el pecho de su Señor.
Pues bien, hagamos realidad el refranero popular que dice: “amor con amor se paga”. Si tanto nos ama Dios ¿Cómo es que nos resistimos? Si tanto amó Dios al mundo, ¿Cómo es que ponemos tantas cortapisas a nuestra misión de ser servidores de la Caridad? ¡Sólo en el amor conocemos a Dios, solo por el amor llegamos al corazón de los hombres!
6. Acción de gracias. Renovación de nuestra entrega a Dios.
En la cuarta semana de los Ejercicios Espirituales, San Ignacio de Loyola plantea la conocida meditación “contemplación para alcanzar amor”. En ella comienza diciendo “que el amor se debe poner más en las obras que en las palabras y que el amor consiste en comunicación de las dos partes”. Ante las maravillas del ministerio sacerdotal como misterio del amor de Dios a los hombres por medio de nuestra fragilidad humana, nosotros, pobres criaturas, solo nos queda proclamar con profunda humildad aquel acto de amor en Dios que repetía insistentemente el San Juan María Vianney:
Te amo, oh Dios mío.
Mi único deseo es amarte
hasta el último suspiro de mi vida.
Te amo, oh infinitamente amoroso Dios,
y prefiero morir amándote
que vivir un instante sin Ti.
Te amo, oh mi Dios, y mi único temor
es ir al infierno porque ahí nunca tendría
la dulce consolación de tu amor.
Oh mi Dios, si mi lengua no puede decir
cada instante que te amo, por lo menos quiero
que mi corazón lo repita cada vez que respiro.
Ah, dame la gracia de sufrir mientras te amo,
y de amarte mientras que sufro,
y el día que muera no solo amarte
pero sentir que te amo.
Te suplico que mientras más cerca estés
de mi hora final aumentes y perfecciones
mi amor por Ti. Amén.
Después de reconocer que Dios es la única fuente verdadera que sostiene el amor a los hombres y que da sentido a nuestra vida y ministerio sacerdotal. Terminamos esta meditación con la oración ignaciana que expresa toda nuestra disponibilidad a los planes de Dios:
Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad,
mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad;
todo mi haber y mi poseer.
Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno.
Todo es Vuestro: disponed de ello según Vuestra Voluntad.
Dadme Vuestro Amor y Gracia, que éstas me bastan. Amén.
†Juan del Río Martín,
Arzobispo Castrense de España.

















