LA FELICIDAD SACERDOTAL:
"Ciudadanos del cielo"
Madrid 24.3.10
Introducción
El primer tercio del siglo XX, en el orden del pensamiento, estuvo marcado por el existencialismo, que llevaba en sí la huella del drama humano vivido durante las guerras mundiales. En el segundo tercio de siglo, hacen su aparición el nacional socialismo alemán y el totalitarismo comunista del este, que luego se exportará a otras naciones europeas. Los años posteriores serán los de la guerra fría y el miedo ante la amenaza nuclear. Con la caída del muro en 1989 y la crisis ideológica que conlleva, toma cuerpo la postmodernidad.
Si en el existencialismo la pregunta es ¿qué es el hombre? y para el marxismo lo importante es saber ¿para qué sirve el hombre?, sin embargo la postmodernidad ni se pregunta sobre el hombre ni le interesa la respuesta que le puedan ofrecer los que ella, despectivamente, llama metarrelatos. Esta actitud supone la consagración del pensamiento de Nietzsche, tras constatar el fracaso de Marx y la superación del análisis freudiano.
En lo eclesial, el s. XX está marcado por la sangre de los mártires y por esa "perestroika" que supuso el Concilio Vaticano II. Los 'primeros años del postconcilio se centran en la reforma exterior, con la esperanza de que, de ésta, nos viniera también la reforma interior. El Sínodo extraordinario de 1985 constató que dicho proceso no se había verificado de forma satisfactoria y animó, en la línea de los grandes reformadores de la tradición eclesial, a hacer una reforma de dentro hacia afuera.
Al inicio de este s. XXI predomina la cultura del vacío y el inmanentismo, que minan los cimientos de la fe tanto en su origen como en relación a su meta. No existe Dios y, si existe, "es su problema". El cielo queda encerrado en un pragmatismo del momento, basado en esta ecuación: felicidad igual a hedonismo, bienestar. La postmodemidad ha dado a luz una sociedad no ya postcristiana, sino anticristiana, como lo demuestra el fenómeno de la cristofobia, al que venimos últimamente asistiendo.
A la Iglesia se le presenta, en esta situación, un doble desafío:
* En primer lugar, el de aquellos que intentan reducir la fe en Cristo a religión, una más entre tantas, dentro del pluralismo religioso dominante;
* En segundo lugar, el de quienes, atrincherados en el fundamentalismo relativista, intentan, en el orden del pensamiento y de las costumbres, "democratizar" el ser y el vivir de la Iglesia desde la lógica asamblearia. Así, desaparecido o al menos atenuado el aspecto jerárquico, el catolicismo se convertirá en humanismo, en una simple cultura más o en una forma de vida.
Este doble desafío plantea a la Iglesia un reto vital: la necesidad de reafirmar la primacía de Dios y la referencia a la escatología, como tarea urgente de la nueva evangelización.
Los evangelizadores, tanto sacerdotes y religiosos como casados, deben recuperar la ilusión, el coraje de ser católico en esta sociedad pluralista, la alegría de vivir gozosamente la fe en Cristo, el Hijo de Dios. Lo contrario, es decir, un cristianismo timorato o constituido por fieles y pastores desilusionados sería la carcoma de la nueva evangelización y no correspondería al nuevo ardor del que Juan Pablo II habla al definir esa nueva evangelización.
Por eso, hoy más que nunca, es necesario proponer en estos momentos de tribulación, redescubrir la felicidad como horizonte de la vida cristiana: en la familia, en la vida consagrada, en el ministerio ordenado. Esta felicidad sólo podemos buscarla y encontrarla en Dios. A dar unas pistas sobre esta tarea prioritaria de buscar la verdadera felicidad dedicamos las páginas siguientes.
l. EL DESÁNIMO POR EL CIELO Y LA MUERTE DE DIOS.
La vida cristiana se desenvuelve entre el "cielo" donde subió Jesús y el "cielo" desde donde vendrá de nuevo a recapitular todas las cosas y presentadas al Padre. Es decir, la Iglesia militante se realiza desde la venida histórica de Jesús a la segunda venida. Ahora bien, en estos momentos por los que pasa este pueblo de Dios que peregrina en medio de la ciudad secular, parece que al hombre de la postmodernidad le suena a evasión o falsa consolación hablar del "cielo" y resulta que para éste hombre, el habitante principal de esa. "patria" ha muerto o no interesa mucho su existencia. Por otro lado, nunca más que ahora se edifican "cielos" y "paraísos" artificiales. ¿Que ocurre? ¿Puede el hombre prescindir tan fácilmente del anhelo de eternidad que todo llevamos inscrito en el corazón? ¿Cómo debe responder la "nueva evangelización" a estos interrogantes?
Sin embargo, toda la tradición cristiana es un continuo deseo por vivir en el Reino de los cielos. Decía San Juan Crisóstomo: "es preciso que deseéis el cielo y los bienes del cielo; sin embargo, antes de llegar al cielo, yo os mando que hagáis de la tierra el cielo y que, aun viviendo en la tierra, todo lo hagáis y digáis como si ya estuvierais en el cielo" (Homilía 37 sobre los Evangelios). San Lucas nos habla de la despedida de Jesús: "Y mientras los bendecía se separó de ellos y fue llevado al cielo. Ellos, después de postrarse ante él, se volvieron a Jerusalén rebosantes de alegría"(Lc 24,50-52). En los Hechos se nos narra ese mismo acontecimiento con otras palabras: "mientras estaban mirando atentamente al cielo viendo como se marchaba, se acercaron dos hombres con vestidos blancos y les dijeron: “Galileos, ¿por qué seguís mirando al cielo? Este Jesús que acaba de subir de vuestro lado al cielo, vendrá como lo habéis visto marcharse"(Hech 1 ,9-11).
Cuestiones claves: ¿Que es el cielo? ¿Dónde está? ¿Es bueno pensar en el cielo para vivir bien en la tierra?
Para el cristiano no hay otro cielo que no sea Jesús. Santo Tomás en su comentario al Credo nos clarifica mucho este tema, así dice el aquinate: "nadie sube al cielo sino Cristo sólo, porque los santos no suben más que en cuanto miembros de El que es la cabeza de la Iglesia" (Sobre el Credo 6,1). Vemos cómo los discípulos se llenan de alegría al postrarse ante Él. Ahora, mientras caminamos en este mundo hasta su segunda venida, nuestra mirada ha de estar dirigida a la presencia de Jesús: mistérica (sacramentos-oración) y fraterno-eclesial (la caridad con el hermano). El cielo se goza en la tierra cultivando esta presencia a amorosa Señor que hace lo eterno en temporal, y lo divino en humano. Todo ello es un anticipo de la entrada "en el gozo del Señor"(cf. Mt 25,21). Pero la satisfacción en esta vida no es plena, lo será cuando -en la otra patria- poseamos de modo completo el bien perfecto que se anuncia aquí y ahora en los sacramentos y en la caridad.
Sin embargo, muchos seguirán diciendo que no saben cómo ni dónde esta ese "cielo", esa "patria", ese "paraíso". Pero poseemos dos datos esclarecedores: uno humano que se trata del deseo que todos tenemos de plenitud y que aquí, en la condición finita y terrenal, no se da. El otro dato nos lo da la revelación cristiana en la afirmación de que en Cristo se nos ha dado todo para nuestra realización y que el amor es el camino de llegar al cielo y luego poseerlo eternamente, por ello dice San Anselmo: "si quieres ser rey del cielo, ama a Dios y a los hombres como debes, y merecerás ser lo que deseas"(Carta a Hugo el recluso). Luego Jesús, que es "océano de amor" nos indica cómo construir el Reino de los cielos y cómo tender hacia la transfiguración total de la tierra y del ser humano que nos habla el último libro de la Escritura: "habrá un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habrán pasado... y allí no habrá ni muerte, ni dolor... porque las cosas de antes son pasadas... "(Ap 21,1-7). Porque "ni ojo vio, ni oreja oyó, ni pasó a hombre por el pensamiento las cosas que Dios tiene preparadas para aquellos que le aman"(l Cor 2,9). Es el mismo Creador el que ha puesto esos imperativos en el corazón humano, sólo Él puede colmar. Porque en esta vida nadie puede satisfacer sus deseos, y ninguna cosa creada puede saciar nunca el deseo del hombre: sólo Dios puede saciarlo con creces, hasta el infinito. Para Tomás de Aquino: "la vida perdurable consiste primariamente en nuestra unión con Dios, ya que el mismo Dios en persona es el premio y el término de nuestras fatigas"(Sobre el Credo, 1). Negar o silenciar ese anhelo de Bien supremo es arruinar la vida humana y hacer esclavo al hombre de las cosas. Sin embargo la esperanza de alcanzar el cielo es buena y necesaria; anima en los momentos difíciles a mantenerse firme en la virtud de la fidelidad: "alegraos y regocijaos, porque grande será en los cielos vuestra recompensa"(Mt 5,12). Es decir, "mirar al cielo" no nos saca de este mundo, sino que nos libera de la esclavitud de la inmediatez. Sólo un Dios que "ha bajado de los cielos" nos puede conducir a dónde está Él. Por ello dirá San Juan: "la vida eterna consiste en conocerte a Ti, solo Dios verdadero, y a Jesucristo tu enviado" (Jn 17,3).
Ahora bien: ¿es el hombre moderno más feliz sin Dios? ¿Es esta vida más humana cuando se niega la vida eterna? Parece que lo hechos dicen todo lo contrario. Entonces ¿Cuál es el camino de la felicidad? Este es el verdadero problema de nuestros días y ello tiene algo que ver con la "crisis de Dios" y la "negación de la vida eterna". Es por ello, que para la nueva evangelización es primordial la recuperación del fundamento de la vida humana (Dios) y el redescubrimiento del final y la meta del ser humano (la vida eterna). Dicho de otra manera, la afirmación "creo en Dios" con lleva "creo en la vida eterna". La primera y la última afirmación del Credo se reclaman, sin ella no hay confesión de la fe católica.
II. EVANGELIZAR ES ENSEÑAR EL ARTE DE VIVIR.
A. Evangelizar hoy.
Decía Paul Cloudel: “El principio y final del Evangelio es la alegría”. Jesús comienza su vida pública (Lc 4,18) diciendo que Él ha sido ungido para traer la Buena Noticia a los pobres. Esto es lo mismo que decir yo tengo la respuesta a la pregunta que tú llevas dentro de ti y que nada ni nadie te la responde. El se presenta como ese camino que conduce a la felicidad plena. Ahora bien, ¿Cual es la situación actual de la gente? Pues el hastío de la vida, la incapacidad para alegrarse que con lleva la incapacidad para amar y ello provoca todos los vicios y males que devastan a nuestra sociedad del bienestar. Esto es lo que Juan Pablo II afirmaba: "la época que estamos viviendo, con sus propios retos, resulta en cierto modo desconcertante. Tanto hombres y mujeres parecen desorientados, inseguros, sin esperanza, y muchos cristianos están unidos en este estado de ánimo"(Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa n. 7). Sin embargo, la Iglesia no ha dejado de evangelizar en todo los tiempos, pero algo está fallando en la llamada "evangelización clásica" cuando se está produciendo esa "apostasía silenciosa" por parte del hombre europeo que vive como si Dios no existiera y percatándose de que no existe más mundo que el que vivimos, nadie ha venido de la "otra vida" a decirnos como es aquello, decía un articulista de nuestros días. Pues bien, hace falta una evangelización capaz de hacerse escuchar en esa situación, por ello estamos obligados a buscar nuevas vías para llevar la Buena Noticia a todos los hombres para que puedan encontrar la felicidad plena que supera toda situación óptima de la que se habla tanto en la sociedad de hoy.
Juan Pablo II, acuño el termino “nueva evangelización”, con ello recuperó el realismo evangélico que encontramos en la “carta magna” sobre la evangelización de los tiempos modernos, como es la Exhortación Apostólica de PabloVI, Evangelii nuntiandi, Ahora bien, no porque demos un nombre nuevo a la tarea de siempre de la Iglesia, ya se va atraer inmediatamente las masas alejadas de la fe. Es verdad que el árbol de la Iglesia se ha desplegado y que el grano de mostaza desde los primeros cristianos ha crecido y se ha hecho un gran arbusto, pero eso parece no atraer al hombre secularizado ¿Que hacer? ¿Cortar el árbol? ¡No! Sino recuperar la osadía de la humildad del pequeño grano dejándolo a Dios el cuándo y el cómo crecerá (cf. Mc 4,26-29).Las grandes cosas empiezan siempre del pequeño grano y los movimientos de masas son efímeros. Dios no cuenta con grandes números. La nueva evangelización debe someterse al misterio del grano de mostaza. Como dice Benedicto XVI, siendo Cardenal Ratzinger que "nosotros, o vivimos demasiado en la seguridad del gran árbol ya existente o con la impaciencia de tener un árbol más grande, más vital, más bien deberíamos aceptar el misterio de la Iglesia que es al mismo tiempo, un gran árbol y un grano muy pequeño" .
Evangelización no es simplemente una forma de hablar sino una forma de vivir: es vivir de la "gracia de nuestro Señor Jesucristo, del amor del Padre y de la comunión con el Espíritu". Todos los métodos están vacíos, si el misionero, el evangelizador, carece de los elementos esenciales de la profesión de fe en el Dios Uno y Trino que se ha revelado en Jesucristo. Los planes y técnicas deben ser utilizados no con la intención de aumentar el poder y la extensión de nuestras instituciones, sino de servir mejor a las personas, hacer accesible y comprensible la voz del Maestro que nos dice en cada época:"yo soy el camino, la verdad y la vida" (Jn 14,6-9). Para que no ocultemos su voz predicándonos a nosotros mismos, en necesario que el evangelizador tenga - como dice Ignacio de Loyola- "sólida y perfecta virtud" que no es otra cosa que la "caridad" como "alma" de la vida cristiana, la "humildad" en el hablar y obrar, la "constancia" en la tarea y la "paciencia” para recoger los frutos. En definitiva, responder a la llamada de santidad que nos hace el Evangelio: “sed santos como vuestro Padres celestial es santo” (Mt 5,48).
Los contenidos fundamentales de la nueva evangelización no pueden ser otros que esos cuatro puntos cardinales que configuran siempre la misión de la Iglesia:
l. Conversión.
Que significa no vivir como viven todos los demás, no hacer lo que hacen los otros, no sentirse justificado porque eso lo hace mucha gente. La "metanoia" cristiana significa justamente lo contrario: salir de la propia suficiencia, descubrir y aceptar la propia indigencia y la de los otros. Es comenzar a ver la propia vida con los ojos de Dios y no con los del mundo. Quien se convierte a Cristo ha de tener la humildad de confiarse al amor del Otro, amor que se vuelve medida y criterio de mi propia vida.
2. EI Reino de Dios.
La palabra clave del anuncio de Jesús es: el Reino de Dios. Sin embargo el Reino de Dios no es una cosa, una estructura social o política, una utopía. El Reino de Dios es Dios. El Reino de Dios quiere decir que Dios existe, que está vivo entre nosotros, y que está presente y actúa en el mundo, en nuestra vida, en la vida de todos los hombres. Ya que Dios es la realidad más presente y decisiva en cada acto de mi vida, en cada momento de la historia. Todo cambia, si hay Dios o no hay Dios. Desgraciadamente, también nosotros los cristianos vivimos a veces como si Dios no existiese. Por este motivo, la evangelización, antes que nada tiene que hablar de Dios, hablar con Dios y anunciar al único Dios verdadero: Creador, Santificador, Juez.
3. Jesucristo.
Sólo en Cristo y a través de Cristo el tema de Dios se vuelve realmente concreto: Cristo es el Emmanuel, el Dios-con-nosotros. Este ha de ser anunciado como la Iglesia confiesa: verdadero Dios, verdadero Hombre. Hay que rechazar la tentación de reducir Jesucristo, el Hijo de Dios, la Segunda Persona de la Trinidad, sólo a un Jesús histórico, a un hombre puro. El llamado "Jesús histórico" no es más que el fiel reflejo de la historia de las filosofías y de las ideologías de estos doscientos años de la "modernidad". Pero además, significa profesar que Cristo murió por nuestros pecados en la cruz y que al tercer día resucitó. Quienes silencian los acontecimientos del Calvario en el anuncio del Evangelio, está omitiendo la esencia del cristianismo (cf. 1 Cor 2,2).
4. La vida eterna.
Frente al inmanentismo reinante la predicación de la vida eterna alza la mirada de nuestra existencia. Dios no es un competidor de nuestra vida, sino la garantía de nuestra grandeza. Solo creyendo en el justo juicio de Dios; sólo teniendo hambre y sed de esta justicia, abrimos nuestro corazón y nuestra vida a la misericordia divina: "tranquilicemos nuestra conciencia delante de Dios, en caso de que nos condene nuestra conciencia. Dios es más grande que nuestra conciencia y lo conoce todo"(lJn,3, 19).Predicar el Reino de Dios es predicar que Dios ha entrado en la historia para hacer justicia y por lo tanto esto reclama nuestra responsabilidad. El hombre sabe que será juzgado por sus actos, pero que la última palabra de la historia no son las injusticias, sino la misericordia y el perdón divino: "justificados por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, vendremos a ser herederos de la vida eterna, conforme a la esperanza que tenemos de alcanzar la vida eterna. Todo esto es doctrina segura, y quiero que lo afirmes categóricamente para que los que han creído en Dios se apliquen seriamente a la práctica del bien. Esto es bueno y útil a los hombres"(Tit 3,7-8).
B. En qué consiste el "arte de vivir" del evangelizador.
El sacerdote como todos los bautizados está llamado a participar en la tarea de evangelizar. Pero además, le viene dado por la realización del triple oficio de su ministerio como Presbítero y colaborador del Orden Episcopal. El "arte de vivir" consiste en reflejar la luz de Cristo en cada época y por lo tanto también en la nuestra. Esto se hace mediante:
1. La santidad de vida.
Nadie puede hacer suya la Buena Noticia del Evangelio si el que lo anuncia da muestra de infelicidad. Por eso la santidad como "plenitud de vida cristiana y perfección en el amor" ( cf. LG, 40) es la mejor "tarjeta de presentación" a la hora de trabajar en esta nueva evangelización. La auténtica felicidad está en las Bienaventuranzas pero en claves muy distintas que lo hace la sociedad. Así, su mensaje terminará con aquel mandato: "vosotros sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto"(Mt 5,48). Que consiste en hacer lo ordinario en extraordinario mediante la confianza absoluta en Dios que neutraliza todos nuestros miedos. Ahora bien, "los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno ... también es evidente que los caminos de santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona" . Esto marcará un estilo de vida que sea interrogante s para el hombre secularizado.
2. Ser testigos del amor divino.
Si la santidad es trasparencia y coherencia de vida, ella solo tiene un rostro y se llama caridad: "en esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros"(Jn 13,55). El "hielo" del corazón del no creyente sólo puede ser caldeado por las "obras de vida eterna", que manifiesta la fe que profesamos. Porque como decía el Venerable Juan Pablo II, "la caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras... se trata de continuar una tradición de caridad que ya ha tenido muchísima manifestaciones en los dos milenios pasados, pero que hoy quizás requiere mayor creatividad... que nadie pueda ser excluido de nuestro amor... Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse.... (Mt 25,35-36)... " (NMI, 49-50).Ser testigo de ese amor implica "dar la vida por el hermano" y en esa donación diaria en medio de los avatares que nos toca vivir, no solo ganamos nuestra vida en la dimensión de la eternidad, sino que también recuperamos para Cristo al hermano más alejado del Cuerpo Místico. La caridad ha sido el motor de la transformación personal y comunitaria a lo largo de la historia, pero también es la "pagina" que todos saben leer y la fuerza misteriosa que supera cualquier división.
III. NUESTRA FELICIDAD PROVIENE DE DIOS.
La máxima aspiración de toda persona es la felicidad. Nadie desea ser infeliz. Es más, desde la revelación cristiana se afirma que el fin último del hombre es alcanzar la felicidad en Dios. Dice el filósofo Carlos Díaz que felicidad es la realización de la persona y que esta puede ir o no acompañada de placer . Esta afirmación nos lleva a preguntarnos si Dios es un "estorbo" o la única fuente de la felicidad verdadera. La sociedad postcristiana ha llegado a la conclusión de que Dios, si existe, tiene que ver muy poco con mi felicidad. El positivismo en todos los ordenes ha llevado al hombre a poner el centro de su interés en tener y no en el ser, como consecuencia de ello todo el concepto de felicidad es materialista, subjetivo e individualista.¿Esto ha traído más felicidad a la humanidad? Los hechos parecen negados.
En cambio, la predicación de Cristo opera un cambio radical en los conceptos acerca de la felicidad y la desgracia. Todos los requisitos para la felicidad cristiana se encuentran recapitulados en las Bienaventuranzas: Mt 5,3-12; Lc 6,20-26. De ella se deducen que son infelices quienes no están abiertos a la realidad de Dios. Son dichosos los que aceptan a Cristo, que es: pobre, manso, humilde, limpio de corazón, misericordioso, consolador de afligidos, constructor de la paz y amante de la voluntad del Padre. De ahí, que digamos que en El ya están presentes todos los bienes que constituyen la verdadera felicidad. Ahora bien, no hay que olvidar que en el plano natural no hay una felicidad plena ya que el gozo en esta vida no puede ser total, pero el cristiano por la gracia sobrenatural se sitúa en ese otro plano superior puede el hombre alcanzar el fin último y con él su plena y completa felicidad, ya que Cristo es el que reúne en grado infinito y sobradamente todas las condiciones para ser felices. Según el Evangelio son felices:
* Quienes escuchan la palabra de Dios y la cumplen: Lc 11,28. * Quienes creen sin haber visto: Jn20, 29.
* Quienes no se escandalizan de Jesús: Lc 7,23; Mt 11,6. * Los ojos que han visto a Cristo: Mt 13,16.
* María por haber creído en las promesas divinas: Lc 1,45.48.
* Simón Pedro por su confesión que Jesús es el Cristo: Mt 16,17. * Los siervos fieles y prudentes Mt 24,46; Lc 12,43.
* Quienes practican la caridad con los pobres: Lc 14,14. * Los humildes y serviciales con los hermanos: Jn13, 17.
En otros pasajes de la Escritura también se nos habla de Dios como fuente de nuestra felicidad:
* Es feliz quien teme a Dios, le ama, le busca y espera en El: Sal 2,12;34,9;40,5;84,13; 112, 1; Prv 16,20;28,14; Ecl34,15; 1s 3018; Tob 13,14.
* Son felices quienes han recibido el perdón de sus pecados: Sal 32,1-2.
* Poseen la felicidad quienes tienen la conciencia tranquila: Ecl 14,1¬2; 25,8; 28,19.
* El justo tiene la certeza de que en las aflicciones y sufrimiento se puede ser feliz: Dan 12,12; 2 Mac 7,24; 36,36-37.
* Feliz quien sabe aceptar los dolores de la prueba: Job 5,17; Sal 94, 12; Tob 13,16.
* Son felices aquellos que en la prueba permanecen vigilantes: Ap 16,15. * Son felices aquellos que soportado la lucha por la fe: Sant 1,12-25; 5,11; lPdr 3,14; 4,14.
Las coordenadas de la felicidad cristiana están muy fuera de los esquemas dominantes de nuestra cultura. Pero es una oferta más que necesaria en el anuncio de la "nueva evangelización". Los agentes de la misma han de mostrar en sus vidas gozo y alegría por la presencia salvadora de Dios y por la expectación que supone la esperanza cristiana de que todo lo dado en Jesucristo llegará a su plenitud. Por lo tanto, mi fe en Dios y en la vida eterna no es un inconveniente para disfrutar de lo creado y de las posibilidades que ofrece el progreso, sino al contrario me redimensiona de tal manera que no me hace esclavo de lo pasajero y me lanza a conquistar un futuro más humano donde no "haya muerte, ni dolor... ". Esto hay que realizarlo desde la vocación específica a la que hemos sido llamados en el seno de la Iglesia. Así, los jóvenes cristianos serán reclamo de felicidad para los otros jóvenes, cuando mostrándose agradecido por la fe de sus mayores, ellos la asumen con entera libertad y no regatean las exigencias del Evangelio. Los mayores y ancianos encontraran en el otoño de sus vidas razones para la esperanza, porque a lo largo de sus vidas bien que han experimentado de que Dios nunca falla a sus promesas. Los casados harán de su hogar un "cielo" construyendo la Iglesia doméstica, educando en el Evangelio a sus hijos, teniendo hospitalidad y generosidad con todos. Los consagrados viviendo con frescura evangélica su consagración por el Reino de los cielos harán palpable cómo desde lo absoluto de Dios la vida se ve desbordada por el misterio de su amor. Los sacerdotes serán instrumentos de la felicidad que viene de Dios, cuando ellos hablen, trabajen y oficien desde el convencimiento y la ilusión de que sus vidas son tremendamente útiles en el humilde ejercicio de ministerio sacerdotal según el Corazón de Cristo y el amor fiel a la Iglesia.
+ Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España



















