UNA ALTERNATIVA CULTURAL: MIGUEL MAÑARA
Sevilla 12 de mayo de 2010
Cuando llegue el caluroso julio se cumplirán veinticinco años del decreto de SS. Juan Pablo II por el que se declaraban las virtudes heroicas de D. Miguel Mañara Vicentelo de Leca, Caballero de la Orden de Calatrava y Hermano Mayor de la Santa Caridad de Nuestro Señor Jesucristo de la ciudad de Sevilla.
La Iglesia en la que le tocó vivir es aquélla que aún intentaba hacer realidad los decretos y reformas del concilio de Trento. Por ejemplo, todavía la obligación de residencia de los Arzobispos no se cumplía totalmente; de hecho Mons. Antonio Paíno (1663-1669) tuvo que remozar el palacio arzobispal abandonado por falta de residencia de los pastores. En el transcurso de su vida fueron ocho los arzobispos que ocuparon la sede de san Isidoro, entre ellos descuella Mons. Ambrosio Ignacio Spínola y Guzmán (1669-1684) por su piedad, caridad, bondad y cultura[1]. Fue una Iglesia limosnera y asistencial en las calamidades que sufrió la ciudad. Contó a la vez con el esplendor de la liturgia catedralicia, la abundancia de clérigos seculares y regulares, la proliferación de la religiosidad popular, y volcada en la evangelización de las tierras americanas. Era una presencia que se hacia sentir en todos los sectores y niveles de la sociedad.
D. Miguel Mañara vivió en el largo periodo de Felipe IV y en parte del reinado su sucesor, Carlos II. Había un ambiente general de decadencia, fruto de la miseria, la incultura, el desempleo, la implacable fiscalidad y la alternancia en el valor de la moneda. Dice Domínguez Ortiz que: “Si la Sevilla de 1600 es la de Rinconete y Cortadillo y otras novelas ejemplares, la de 1650-1700 es la de los pilluelos y mendigos de Murillo, la de los terribles cuadros de Valdés Leal de la Santa Caridad”[2].
Estamos pues ante un personaje lejano en el tiempo (Sevilla 1626-1679) pero que no ha perdido actualidad ni su figura, ni sus obras y escritos. A difere ncia de la cultura del vacío que domina el inicio de este milenio, el Venerable Mañara, que vivió en el siglo de la crisis y en una ciudad de opulencia y de miseria, se alza como una alternativa de la cultura de la verdad y del amor para estos tiempos de crisis moral y antropológica en las sociedades occidentales y como consecuencia de turbulencias para la fe cristiana.
I. CULTURA Y SANTIDAD.
La aproximación a las fuentes clásicas nos indica que, en la vida humana, todo es cultura. Así también lo entendió el Concilio Vaticano II al afirmar que, con la expresión cultura en general, se indica todo aquello con lo que el hombre afina y desarrolla sus innumerables cualidades espirituales y corporales. De ahí se sigue que la cultura humana lleva consigo necesariamente un aspecto histórico y social (cf GS, 53). Juan Pablo II, en su discurso en la Unesco en junio de 1980, afirma que “la cultura da al hombre la capacidad de reflexión sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos”. Por lo tanto, si cultura es todo aquello que ayuda a que la persona sea más plenamente persona, la santidad cristiana hace cultura en cuanto conlleva el dejarse invadir por la fuerza redentora y santificadora de la gracia, que eleva al hombre a la plenitud de sus ser. Quiérase decir que los santos se convierten en fuente y origen de toda renovación en las circunstancias más difíciles de la historia. En el momento presente, frente a la cultura del nihilismo descreído y desesperanzado, que es el mayor y más radical desafío para la cultura en general y para el cristianismo en particular, se comprende que tanto Juan Pablo II como su sucesor Benedicto XVI propongan la santidad de vida como objetivo principal de todos los tiempos y más en las actuales circunstancias de este inicio de siglos.
Por ello, recordar la santidad de vida de un cristiano seglar del siglo XVII español que vivió su fe en el seno de la Iglesia Hispalense, no es arqueología espiritual o sentimental, sino bucear en la historia del pasado para sacar estímulo para el presente. Así se podrá edificar una Iglesia más pura y santa, que incida en un mañana social más prometedor. El “mosaico cultural” que representan los santos en la Iglesia, refleja las luchas, éxitos y fracasos de hombres y mujeres que se tomaron en serio, en un momento determinado de sus vidas, aquel mandato del Señor Jesús: “sed santos como vuestro Padre celestial es Santo” (Mt 5,48). Con la santidad de sus vidas, contribuyeron a introducir el Evangelio en la cultura de su tiempo. ¿Cómo lo hizo D. Miguel Mañara? La respuesta la hallamos en su vida, obras y escritos.
II. LO ESENCIAL DEL CABALLERO DE CALATRAVA: SU CONVERSIÓN.
La persona es un complejo de sentimientos, afectos, temores, prejuicios, impulsos subconscientes, lenguaje, herencia, genética, etc. Somos espíritus encarnados cuyo eje principal es el amor. Es conocida la expresión de san Agustín: “dos amores fundaron dos culturas, a saber: el amor propio hasta el desprecio de Dios, la terrena, y el amor de Dios hasta el desprecio de sí mismo, la celestial”. Así, recordando la máxima de que “los santos no nacen sino que se hacen”, a D. Miguel Mañara, en un momento de su vida, “Dios lo llama a una vida más ajustada” que diría su primer biógrafo, el P. Cárdenas. Pero ¿cómo fue su juventud hasta ese momento? ¿Cómo se manifestó esa cultura terrena de la que habla san Agustín? ¿Cómo se dio la cultura celestial?
D. Miguel perteneció a una familia de comerciantes, venida de Córcega, con fama en Sevilla de devota y limosnera. De sus hermanos, una fue religiosa en santa Clara y otro, Francisco, murió cuando estaba a punto de recibir las Sagradas Órdenes. Miguel quedó, a sus veintiún años, como heredero universal de la familia. Se trataba de un tipo de familia de clase elevada, en un siglo de fe arraigada, profunda y hasta gesticulante pero, a la vez, intimista. Esta fe la compaginaban fácilmente con aquella ligereza que solía haber en las costumbres de la alta sociedad sevillana de entonces: “muy cristiana, pero también muy pecadora”. Estamos ante un hombre de borrascosa juventud, según confesión propia y afirmación de sus primeros biógrafos. Diversos testimonios que aparecen en la Potio, citados por el historiador Francisco Martín Hernández, nos acercan a conocer las debilidades humanas de nuestro personaje: “orgullos de caballero mozo”, “irascible y pendenciero”, “belicoso”, “colérico”… De todo eso tenía el joven rico de la familia de los Mañara. Sin embargo, “entre aquellos verdores y mocedades”, no le faltaban tampoco “vislumbres de temeroso de Dios; devoto, caritativo y con un hondo sentimiento de la muerte y temor al juicio y a la condenación”[3]. Tenemos ante nosotros un ejemplo más de un cristiano pecador dentro de los límites propios de la religiosidad barroca. No fue un santo, pero tampoco un apóstata. Fue caballero por educación, pero vivo representante de la frivolidad propia de su época y de su clase. Por eso es todo un despropósito sostener la leyenda “Tenorio-Mañara” como lo han ido poniendo de manifiesto los diversos estudios históricos. Como muestra, traigo a colación lo que dijo Gregorio Marañón: “Durante la época romántica hasta nuestros tiempos, se ha personificado el donjuanismo en un sevillano del más alto valor emocional, en D. Miguel de Mañara…, que todavía goza de un alto prestigio de D. Juan. Es igualmente un error, y no sólo porque Mañara es posterior a Tirso de Molina y no pudo, por tanto, ser su modelo, sino porque Mañara fue, ante todo, un místico”[4].
La “conversión” de Mañara no tuvo el estilo de la de los grandes conversos (Pablo de Tarso, Francisco de Asís, Francisco de Borjas etc.), sino que fue un largo proceso, donde la muerte de su esposa jugó un papel crucial. Así parece deducirse de la afirmación del P. Cárdenas: “en los años de su juventud estuvo casado con Dª Jerónima Carrillo de Mendoza (…) y mientras estuvo casado con esta señora procedió cuerda y cristianamente, aunque en la cosa de la virtud con aquel descuido que ocasionan los cuidados temporales del mundo, que hace caer a los hombres en el bajío de servir a la vanidad. Todavía estaba en el estado de matrimonio, cuando comenzó el Señor a llamarlo a vida más ajustada (…) cuando asistía a la esposa moribunda, poniendo grande atención en las fatigas y agonías que padecía en aquel trance (…), el Señor asiste al entendimiento de Dº. Miguel con singulares ilustraciones, dándole a conocer con gran claridad la brevedad de la vida, la certidumbre de la muerte y la vanidad de las glorias del mundo”[5].
Nos encontramos ante un clásico conflicto vocacional que puede producirse en el corazón de cualquier cristiano pecador. En un momento de su vida, Dios le sorprende con su gracia en aquello que tanto temía, como Mañara: la muerte. Toda su juventud estuvo huyendo de ella, y será ese acontecimiento en la vida de su esposa el que le hará entregarse por entero a Dios. El Señor actuó a través de acontecimientos normales para hacerle descubrir el vacío espiritual de su existencia. Con la ayuda de la gracia divina, decidió poner “orden en su vida” centrándose en lo esencial de la fe: el amor a Dios y al prójimo. La conversión, además de situar a Mañara en lo fundamental, hizo que descubriera con fuerza un aspecto particular del misterio divino, desde donde divisa toda la vida cristiana, que en nuestro Venerable será Jesús, crucificado, abandonado y sepultado (ahí está el retablo de la Santa Caridad que lo certifica), a quien verá reflejado en sus “amos y señores los pobres”.
Vivió ese teocentrismo afectivo, profundo y vital en la aceptación de Jesucristo como Hijo de Dios, Salvador y Redentor de nuestros pecados, como garantía de amor y perdón ofrecidos por el Padre al converso. También interpretó a Cristo como modelo interpelante de la propia conducta, de manera que surgió en él un cambio de vida y un deseo arrollador de la “imitatio Christi”, es decir, el seguimiento y la imitación de Jesús. Sostuvo y maduró ese encuentro con el Señor mediante la meditación asidua de los novísimos, que se convertirían en la base de la espiritualidad mañariana. Hoy, cuando hay una pérdida del sentido escatológico de la existencia humana, esa actitud representa la recuperación de una verdad perenne del cristianismo. El Cardenal de Toledo Marcelo González, ya en el siglo XX, lo expresaría muy claramente: ”no hay espiritualidad posible si la vida cristiana se orienta olvidándose del pecado, de la muerte, del fin eterno del hombre, de Cristo muerto y resucitado por nosotros”[6].
III. LAS VIRTUDES HEROICAS DEL VENERABLE MAÑARA.
Tras su muerte, D. Miguel comenzó a ser objeto de veneración, no sólo por los propios hermanos de la Santa Caridad, sino por muchos sevillanos. En 1680 se abrió el proceso de beatificación, y el 27 de mayo de 1778 el Papa autorizó el decreto sobre la fama de santidad. Después de vicisitudes históricas como la pérdida de la documentación, sustraída por las tropas napoleónicas, se retomaría el proceso a principios del siglo XX, en tiempos del Beato Marcelo Spínola Cardenal Arzobispo de Sevilla, y hermano de la Santa Caridad. Habría que esperar hasta el 6 de julio de 1985 para el siguiente paso: la declaración de las virtudes en grado heroico de D. Miguel Mañara por el Papa Juan Pablo II.
Decía san Gregorio de Nisa que el objetivo de una vida virtuosa consiste en llegar a ser semejante a Dios. La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien; lo busca y lo elige a través de acciones concretas. D. Miguel, después del paso decisivo de su conversión, y a lo largo de los 15 años que duró su mandato como Hermano Mayor de la Santa Caridad de Sevilla, fue un hombre muy admirado y querido por sus contemporáneos. Resplandecían en él de manera natural y sencilla las virtudes morales. Poseía el don de discernimiento (prudencia). Procuraba la equidad respecto a las personas, pobres o ricos, escudriñando siempre lo que es debido a Dios y al prójimo (justicia). Mostró firmeza frente a la adversidad y constancia en la búsqueda del bien, lo que le hizo ser un hombre muy eficaz, como pronto lo reconocieron lo propios hermanos de la Caridad[7] (fortaleza). Es recordado, sobre todo, por su sobriedad y moderación, en contraste con la vida anterior, habiéndose convertido en un verdadero asceta (templanza).
Sin embargo, el eje de la existencia cristiana son las virtudes teologales, las que fundan, animan y caracterizan el obrar moral de todo discípulo de Jesús. ¿Cómo vivió el laico Mañara la fe, la esperanza y la caridad?
Mediante el acto de fe, el hombre, ayudado por la gracia, se entrega libre y razonablemente a Dios aceptando todo lo que Él ha dicho y revelado en su Hijo Jesucristo, y que la Santa Iglesia nos propone. El discípulo de Jesús no sólo debe guardar la fe y vivir de ella, sino que también ha de profesarla, testimoniarla y difundirla. Digamos que esto se manifestaba en Mañara en las razones sobre las que fundaba sus decisiones, en el espíritu que respiran todos sus escritos, y se evidencia en los actos de piedad señalada en el manual-devocionario propio de la Hermandad, o en los ejercicios obligatorios para todos los hermanos. A partir de la “conversión” la fe de D. Miguel se hace mucho más personal e intima, se convierte en la roca sólida que da sentido a su estilo de vida austero, que le llena el corazón de confianza en la Providencia Divina y que le hace dar la vida por aquellos que son los predilectos del Evangelio: “bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5,3). Sin la fe sobrenatural no se entiende la obra de Mañana.
La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos a contemplar a Dios como máxima plenitud de todo Bien y a la Vida eterna como felicidad suprema. Esto es algo peculiar que vivió intensamente D. Miguel por la meditación mensual de los Novísimos (muerte, juicio, infierno, y gloria) que él “juzgaba esta medicina la más eficaz para nuestra salud”. No fue original en el tema, que está en la mejor tradición de la Iglesia. Él lo tomó de la espiritualidad ignaciana y lo hizo eje esencial de su espiritualidad, que impregnaría a todos los miembros de la Caridad, siendo un elemento distintivo de todos aquellos que veneran a Mañara.
Hay que alejar todos los prejuicios acerca de la meditación de los novísimos. Es más un gran sector de la comunidad católica debería recuperarla hoy. No es un ejercicio para vivir en el continuo temor, fomentar un pesimismo existencial, y desentenderse de las realidades terrenas, sino todo lo contrario: llena el corazón de confianza y amor a Dios que “quiere nuestra salud y no nuestra condenación”, nos protege del desaliento o desfallecimiento, nos cura del inmanentismo materialista, nos hace más realistas porque somos “homines viatores”. En definitiva, dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. Haber puesto esto en el primer plano de la espiritualidad, ha sido una gran contribución de D. Miguel.
La caridad lo envuelve todo, pues es la primera de las virtudes teologales (cf. 1Co 13,13). La manera como la vivió el Venerable cautivó muy pronto a sus paisanos. Consistió en la dignidad y respeto con que se relacionaba con los demás, la exquisitez de trato con los Hermanos de la Caridad y, sobre todo, en el amor que mostraba en el servicio y asistencia a sus “amos y señores” los pobres. Mañara fue un apóstol de la caridad entregando “vida y hacienda” a favor de lo más excluidos.
La humildad, en la práctica de las virtudes morales y teologales, es la nota característica de la espiritualidad mañariana. Él se sentía “un vil pecador” y en el epitafio de su sepultura podemos leer: “aquí yacen los huesos y cenizas del peor hombre que ha habido en el mundo. Rueguen a Dios por él”. Ésta es la expresión que revela que el amor que lleva a “la cultura celestial” agustiniana había calado profundamente en el corazón de D. Miguel. No se trata de un pesimismo antropológico, ni de un fingimiento, sino todo lo contrario: es la afirmación de su propia indigencia que se abre al Dios misericordioso y salvador. Este conocimiento de sí marcó un estilo de vida que provocó el acercamiento de los más pobres y la conversión de los más alejados. Porque en la humildad está la verdad.
Las fuentes donde bebió su espiritualidad son las clásicas de toda la vida cristiana: oración y meditación asidua de la Palabra de Dios en especial de la pasión del Señor, participación y adoración de la Eucaristía, vida sacramental, amor y devoción a la Santísima Virgen. De ahí, que podamos afirmar que la espiritualidad del Venerable Mañara es Eucarística y Mariana.
IV. LA CULTURA DE LA VERDAD.
Según su primer biógrafo, el P. Cárdenas, D. Miguel no acudió a estudiar a lugar alguno, aunque su formación era sólida y se manejaba con soltura en la lectura e interpretación de las Sagradas Escrituras. En la obra de nuestro autor, con toda su carga barroca, convive la ascética y la mística. En algunos momentos se pueden ver los ecos del Maestro Ávila, Apóstol de Andalucía. Sus textos incluyen: “la Regla de la Hermandad”, algunos poemas y pasajes breves y la “Historia del Santo Nacimiento”. Despunta sobre todo el pequeño tratado sobre la fugacidad del mundo y sus criaturas, titulado el “Discurso de la Verdad”, publicado en 1671, ocho años antes de su muerte, que revela la madurez espiritual de nuestro personaje. ¿Cómo es su contenido? ¿Tiene validez hoy frente a la dictadura del relativismo que ha hecho de la muerte otro tabú adicional?
El librito sufrió cuatro redacciones sucesivas. La que se ha divulgado definitivamente es la cuarta, la más lograda tanto desde el punto de vista doctrinal como literario. En su primera parte, que va del capítulo del uno al catorce, centra su pensamiento sobre un eje: el hecho de la muerte y sus consecuencias. Después vienen dos capítulos de transición, donde desvela lo que significa para la persona darse cuenta de que la gran verdad de su vida, es que tiene un fin: la muerte. Luego viene la segunda parte, donde nos introduce en un tema muy ignaciano como son: los dos montes y la doble bandera. Después de habernos descrito el combate de la vida de esos dos ejércitos y capitanes, hay que elegir entre ambos, para llegar a una conclusión práctica: sólo desde Jesucristo: “Camino, Verdad y Vida”, se ilumina el enigma del dolor y de la muerte, que fuera de su “bandera” nos sumen en oscuridad absoluta. Confiado en la misericordia divina, Mañara expresa la tensión espiritual y existencial en que ha de vivir todo cristiano para encontrar sentido a esta vida finita. Por eso dirá: “Dios mío, tú has de ser mi juez dentro de poco tiempo. Sé mi Padre”. Si quitamos del discurso las adherencias barrocas de su estilo literario, todo lo que se dice en él se reduce a un aviso a la prudencia cristiana, que sabe que en esta vida se juega su salvación o condenación eterna.
Estamos ante una obra literaria importante del barroco español. El concepto de muerte que expone es positivo: conduce a la meta anhelada que es la vida en Dios, objeto de nuestra esperanza. Nada tiene que ver con la cultura de la muerte nihilista donde no hay nada, ni se espera nada. Por eso, su temática “no es políticamente correcta” en la actualidad, porque, para la posmodernidad, no hay verdad objetiva, absolutamente independiente del yo. ¡No hay necesidad de Dios como fundamento de nuestras vidas y acciones! Todas las opiniones tienen el mismo valor. La misma muerte física, que es evidente y palpable, se oculta, se enmascara o simplemente se dice que es “el gran chasco de la vida”, y con esto se intenta evitar la búsqueda de sentido. Sin embargo, la realidad se impone, y las preguntas de la propia conciencia están ahí. Curiosamente, cuando no hay respuesta consistente sobre el sentido de la vida y de la muerte, aumenta la tentación del suicidio, como está sucediendo en nuestros días. Por desgracia, ese “humus cultural” también ha entrado en algunos sectores de la Iglesia Católica, donde tampoco está de moda meditar en la muerte y en las postrimerías del hombre. Se predica y se enseña una teología de la resurrección sin referencia a la cruz, al pecado, y a la propia muerte, cayendo en un vitalismo sentimental carente de fundamento y fuerza para encarar el horizonte de la vida perdurable[8] .
V. LA CULTURA DEL AMOR.
La caridad cristiana no es mera filantropía, ni una filosofía de vida y comportamiento, sino que, ante todo es, historia, acontecimiento y persona en Jesucristo “caridad del Padre”. La fuente y término de la caridad es Dios mismo, revelado en su Hijo. Amamos a Dios porque Él nos ha amado primero, amamos al prójimo como Cristo nos enseña en su Evangelio. El deber de asistir a los pobres es porque ellos, al igual que yo, son “imagen y semejanza de Dios” y han sido redimidos por la misma sangre redentora del Hijo de Dios. Por ello, Mañara la describió con tanta razón como “la Caridad de mi Señor Jesucristo”.
Como se puede ver, su concepto teológico es clásico con un fuerte acento cristológico pero, como ha evidenciado más de un estudioso, el estilo que impregnaría a la Hermandad de la Caridad resultaría una auténtica novedad. Consciente de la situación de extrema miseria en que se encontraban muchos sevillanos de la época, D Miguel organizó repartos de limosnas, dando prioridad a los casos más críticos, lo que se puede calificar de moderno y sistemático para aquella época. La distribución se realizó sobre la base de los informes que proporcionaron los párrocos sevillanos (como hoy se hace en Cáritas), a quienes previamente se les había solicitado diesen relación minuciosa de las personas más necesitadas y desamparadas de cada parroquia. Junto a esta vocación limosnera, está la dedicación a los entierros pobres y la asistencia a mendigos y enfermos incurables. Pero el Venerable fue también hombre de grandes empresas. Para dar continuidad a esa labor de caridad hacia los más pobres, se embarcó, poniendo para ello su propia fortuna y la ayuda de particulares, en la edificación del Hospital de la Caridad, a fin de que los pobres fueran asistidos mejor, incluso en la educación humana y religiosa. Pronto comprendió Sevilla que los donativos que llegaban a las manos de D. Miguel o de la Santa Caridad se invertían totalmente en los pobres que, para él, siempre fueron el rostro de Cristo despreciado, que “debajo de aquellos trapos está Cristo pobre, mi Dios y Señor”[9].
El samaritano Mañara, no sólo daba pan y curaba las heridas sino, ante todo hablaba de Dios a los pobres, para que le encontraran como la única riqueza que nadie les podía arrebatar. D. Miguel no fue un solidario de promoción social tan de moda en nuestros tiempos, sino un santo samaritano que hacía todo por Dios y para mayor gloria de Cristo su Señor. De ahí, que esa fe viva que se manifiesta en las obras de misericordia y caridad, es fuente de cultura. Es más, crea cultura; ella es cultura. Las obras de este Venerable sevillano no se limitaron a la ayuda a los más menesterosos, sino que quiso perpetuar su espiritualidad a través del arte, en la construcción y decoración de la Iglesia de la Santa Caridad. Bien sabía él que, sin espiritualidad no se puede servir a los “amos y señores” en “caridad y verdad” (cf. Ef 4,15).
VI. CONCLUSIÓN.
La espiritualidad que dimanó de la vivencia de las virtudes heroicas por parte del Venerable D. Miguel Mañara no lo sacó del mundo y de las preocupaciones por los demás, sino todo lo contrario. Teniendo como Verdad absoluta la existencia de Dios, que se revelará como Juez misericordioso tras la muerte, entregó su vida al servicio de la caridad con los más pobres adelantando los bienes eternos mediante la cultura de la verdad y del amor. Por eso su mensaje es más actual que nunca a la luz de la encíclica Caritas in veritate, de Benedicto XVI, que dice: “sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se rellena arbitrariamente. Este es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona, terminando por significar lo contrario. La verdad libera a la caridad de la estrecheces de una emotividad que la priva de contenidos relacionales y sociales, así como de un fideísmo que mutila su horizonte humano y universal (…) Un cristianismo de caridad sin verdad se puede confundir fácilmente con una reserva de buenos sentimientos, provechosos para la convivencia social, pero marginales (…) Sin la verdad, la caridad es relegada a un ámbito de relaciones reducido y privado. Queda excluida de los proyectos y procesos para construir un desarrollo humano de alcance universal, en el diálogo entre saberes y operatividad” (núms 3-4).
En conclusión, sin la fe en Dios, sin el anhelo de vida eterna, sin amor a Dios y al prójimo no se puede entender la vida y obra de D. Miguel Mañara Vicentelo de Leca, modelo de seglar cristiano y padre de los pobres.
† Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España
Notas
[1] AA.VV. Dir. C.ROS, Historia de la Iglesia de Sevilla, Ed. Castillejo, Sevilla 1992, p. 446.
[2] Ibídem, p. 423.
[3] F.MARTÍN HERNÁNDEZ: “La conversión de Mañara”, en Dº. Miguel de Mañara. Apóstol seglar y padre de marginados, Semana de Espiritualidad en el tercer centenario de su muerte, Ed. Espiritualidad Madrid 1979
[4] G.MARAÑON, Don Juan, ensayos sobre el origen de una leyenda, Madrid 1955, p.90.
[5] J. CÁRDENAS, Breve relación de la muerte, vida y virtudes del Venerable caballero Dº Miguel Mañara” Sevilla 1903; p. 5.7.
[6] M. GONZÁLEZ MARTÍN, “Actualidad del testimonio de la espiritualidad de Mañara” en: Dº Miguel de Mañara…., p. 27.
[7] J.M. GRANERO, “Espiritualidad de Mañara, reflejada en sus obras: La hermandad de la Santa Caridad y su Residencia Hospital”, en Dª Miguel de Mañara…,p.84.
[8] M.GONZÁLEZ MARTÍN, “Actualidad del testimonio de la espiritualidad de Mañara” en Dº Miguel de Mañara…, p. 23.
[9] J. GARCÍA BERNAL, “La Sevilla de Dº Miguel Mañara (1627-1679)” en: Miguel Mañara. Espiritualidad y arte en el barroco sevillano, Sevilla 2010, p.16-17.
[1] AA.VV. Dir. C.ROS, Historia de la Iglesia de Sevilla, Ed. Castillejo, Sevilla 1992, p. 446.
[1] Ibídem, p. 423.
[1] F.MARTÍN HERNÁNDEZ: “La conversión de Mañara”, en Dº. Miguel de Mañara. Apóstol seglar y padre de marginados, Semana de Espiritualidad en el tercer centenario de su muerte, Ed. Espiritualidad Madrid 1979
[1] G.MARAÑON, Don Juan, ensayos sobre el origen de una leyenda, Madrid 1955, p.90.
[1] J. CÁRDENAS, Breve relación de la muerte, vida y virtudes del Venerable caballero Dº Miguel Mañara” Sevilla 1903; p. 5.7.
[1] M. GONZÁLEZ MARTÍN, “Actualidad del testimonio de la espiritualidad de Mañara” en: Dº Miguel de Mañara…., p. 27.
[1] J.M. GRANERO, “Espiritualidad de Mañara, reflejada en sus obras: La hermandad de la Santa Caridad y su Residencia Hospital”, en Dª Miguel de Mañara…,p.84.
[1] M.GONZÁLEZ MARTÍN, “Actualidad del testimonio de la espiritualidad de Mañara” en Dº Miguel de Mañara…, p. 23.
[1] J. GARCÍA BERNAL, “La Sevilla de Dº Miguel Mañara (1627-1679)” en: Miguel Mañara. Espiritualidad y arte en el barroco sevillano, Sevilla 2010, p.16-17.

















