De las vocaciones sacerdotales, la castrense tiene un carácter particular. En ella el capellán es testigo de la misericordia de Dios en el ámbito de las Fuerzas Armadas.
En estos tiempos que corren, en los que la Patria pasa por una situación difícil, que incluye cuestiones sociales y planteamientos religiosos, es gratificante ver como Dios sigue concediendo a este Arzobispado nuevas y jóvenes vocaciones.
Los seminaristas castrenses nos formamos en Madrid, en el Colegio Sacerdotal Castrense Juan Pablo II, institución dependiente del Arzobispado Castrense. Yo he empezado este curso y junto a mí hay otros 13 compañeros en el Seminario. Algunos de ellos previamente han sido militares y han descubierto su vocación en el trabajo ordinario al servicio de España. Otros son hijos de militares y desde bien pequeños han sentido cierta afinidad por el mundo castrense, por tradición familiar. Sin embargo, otros no tienen ninguna vinculación con las Fuerzas Armadas, pero se sienten atraídos a ellas por el profundo amor que le tienen a la Patria, así como a aquellos que cayeron en el cumplimiento de su deber de defenderla. Es por tanto el capellán castrense no sólo un soldado de Cristo, sino un soldado al servicio de aquellos que dan su vida por la Patria.
La formación de un seminarista castrense abarca diversos ámbitos: intelectual, espiritual y físico. Es importante la atención que se da a la formación intelectual. En nuestra etapa de seminaristas estudiamos durante cinco años: los dos primeros de Filosofía y posteriormente tres de Teología. Además, se fomenta el estudio de lenguas extranjeras que bien pueden servir en un futuro como capellanes de cara a misiones internacionales. Por lo que respecta a la formación espiritual, esta se basa en la atención personal con algún sacerdote, así como diversas meditaciones y retiros a lo largo del curso. Por último, destacar la necesidad de la formación física, ya que se deben de tener unas condiciones físicas idóneas para el día de mañana, esta se ve manifestada en la práctica de la instrucción militar de orden cerrado.
Una vez se ha finalizado el periodo de formación como seminarista y este ha discernido por completo su vocación se procede a su ordenación. Posteriormente, el ya sacerdote, conocido cariñosamente en el mundo castrense como páter; en comunión con la Iglesia y en obediencia del Arzobispo Castrense, comienza su labor pastoral, siendo desarrollada en diversos ámbitos: colegios, hospitales, acuartelamientos militares, parroquias castrenses o excepcionalmente al servicio de España en alguna misión en el extranjero.
Finalmente, me gustaría animar a aquellos jóvenes que están planteándose su vocación como sacerdotes castrenses a que sean valientes y estén dispuestos a arriesgarlo todo para ser testigos de la misericordia de Dios, para partir, repartir y compartir el pan de la Palabra y de la Eucaristía.



Apostolado Castrense
















