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Homilía del Arzobispo Castrense. Segundo domingo después de Navidad

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SEGUNDO DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD

S. Iglesia Catedral de las Fuerzas Armadas

4 de Enero de 2008

Querido sacerdotes concelebrantes; queridos telespectadores del “Día del Señor” de TVE, especialmente los que os encontráis  solos, enfermos o impedidos; queridos hermanos, queridas hermanas:

1. ¡Dios se ha dado a conocer!  Hace una semana contemplábamos la humanidad del Verbo en el suceso histórico de un recién nacido en Belén de Judá, unos pastores daban gloria a Dios por lo que habían visto, sus padres quedaban admirados de lo que se decía de aquel niño, y el poderoso rey Herodes tenía celos del hijo de José y María.

Hoy, la liturgia da un paso adelante en la contemplación de la hondura del misterio del Dios Humanado. Nos presenta a este niño como la Palabra de Dios hecha carne, que disipa las tinieblas y que alumbra toda oscuridad en el camino de la vida. En tal cúmulo de ternura y belleza salvadora surgen los interrogantes de siempre: ¿Quién es éste que ha venido al mundo y produce tales sentimientos y reacciones? ¿Qué encierra este Niño para que, después de veinte siglos continúe siendo “piedra de tropiezo” para unos y signo de bendición para otros?

 La respuesta está en que la Navidad no es la celebración del natalicio de un hombre cualquiera, como tampoco el festejo idílico de una admirable historia. Nos alegramos de que “Aquél que no cabe en los cielos” se hizo verdaderamente hombre, sin dejar de ser verdaderamente Dios. Desde ese preciso momento, la humanidad tiene el gozo del amor de Dios encarnado, que nos revela quién es Él, y quiénes somos nosotros para Él. Por eso, podemos decir con San Ignacio de Antioquia que “Jesucristo ha roto el silencio”, dando un sentido nuevo a nuestras vidas, que carga de significado los anhelos más profundos del corazón del hombre.

Mons. Juan del Río Martín2.  Sin embargo, esa Revelación es gratuita y no hace ruido. Dios ha entrado de puntillas en la historia humana. Su sabiduría habló desde antiguo de muchas maneras, comenzando por la misma creación, cuya belleza nos remite al Hacedor (cf. Ecl. 24,1.4.12-16). Luego se mostró  como un Dios cercano a los hijos de la promesa, a Israel. Llegada la plenitud de los tiempos, su sabiduría se ha hecho persona y acontecimiento en Cristo, “sabiduría del Padre”, mediante el cual hemos recibido “toda clase de bendiciones espirituales” y hemos sido constituidos “hijos adoptivos por su gracia” (Cf. Ef. 1,3-6-15-18) ¿Hay algo más maravilloso que el trueque de amor que hay en la encarnación redentora de Jesucristo el Señor? Él toma humanidad para darnos filiación divina. Quienes creen en este Dios no están solos, porque el corazón más perdido ya sabe que Alguien le busca. La aceptación del misterio del Belén no anula nuestra libertad, ni es obstáculo para la felicidad personal o colectiva, sino todo lo contrario: es encontrar la clave más profunda del amor, que vertebra todo nuestro ser personal y social. La fe en Dios es fuente inagotable de la esperanza que da sentido a la vida. Arrancar las creencias del alma humana lleva a la sociedad por caminos que no tienen futuro, como lo ha demostrado la historia reciente de los totalitarismos del siglo XX. Y es que no se debería olvidar lo que nos dice el Prólogo de San Juan: “en la Palabra hecha carne…había vida, y la vida era la luz de los hombres” (Jn 1, 4.14). Sólo nuestra soberbia nos impide experimentar esa vida, únicamente nuestro orgullo imposibilita admitir una luz superior a la de nuestros pobres razonamientos. A fin de cuentas, preferimos nuestra terca desesperación a la bondad divina. ¡Dios es el gran marginado de nuestra sociedad! 3. El evangelio proclamado desemboca  en un testimonio del evangelista, que nos recuerda su experiencia en el monte Tabor: “y hemos visto su gloria”. Partiendo de ahí, podemos decir que creer es: ver o contemplar la gloria de Dios en medio de este mundo.  ¿Cómo se hace eso? Mediante “la gracia y la verdad”. Esta “gracia”, según numerosos textos del Nuevo Testamento, incluye perdón, reconciliación, liberación, vida eterna, paz. A esta plenitud se une “la verdad” que es el mismo Cristo, cuya enseñanza no sólo es cierta, sino del todo fiable. Ese mismo que es “gracia y verdad” es asimismo el Príncipe de la Paz, como dice San Pablo: “su venida ha traído la buena noticia de la paz: paz para vosotros los que estabais lejos y paz también para los que estaban cerca” (Ef 2, 17).

4. Sólo Jesús es la verdad que nos da la paz. Ella es un anhelo imborrable en el corazón de cada persona, por encima de identidades culturales. La paz posee su verdad intrínseca e inapelable. Cuando el hombre se deja iluminar por el resplandor de la verdad emprende de modo casi natural el camino de la paz. En cambio, cuando sociedad o familia se edifican sobre el imperio de la mentira, generan sufrimiento y muerte. Entonces los inocentes son los que pagan el precio de la hipocresía humana. No bastan decisiones a medias. No es suficiente lavarse las manos sino, como dice Benedicto XVI, “la verdad de la paz  llama a todos a cultivar relaciones fecundas y sinceras, estimula a buscar y a recorrer la vía del perdón y la reconciliación, a ser transparentes en las negociaciones y fieles a la palabra dada” (Jornada de la Paz  2006). En estos tiempos difíciles de recesión económica y de mayores desequilibrios entre países ricos y pobres, la paz tiene un nombre: combatir la pobreza, como ha puesto de manifiesto el Papa en su  reciente Mensaje de la Jornada de la Paz de este año.
 
5. Al iniciar un nuevo año civil expreso,  mis mejores deseos de salud, paz y progreso en el orden material y espiritual, especialmente a los más pobres e indefensos, a los que son victimas de la violencia, del terrorismo y de los conflictos armados, de manera particular el que se está librando en Tierra Santa. Debo recordar necesariamente, en cada instante de mi ministerio pastoral,  a nuestros soldados españoles destacados en misiones extranjeras, empeñados en delicadas y complejas operaciones para restablecer las condiciones de paz en los países destinados. Los militares son auténticos servidores de la patria que, con sus valores castrenses, profesionalidad y valentía, defienden la seguridad y la libertad de los pueblos. En esta apremiante perspectiva, recordamos afectuosamente, a las familias que, en estos días,  tienen algunos de sus miembros fuera de nuestro país en  tareas militares. Junto con todos ellos, es justo tener un agradecido pensamiento para nuestros capellanes castrenses que sirven a nuestras tropas en esas misiones tan difíciles y que están llamados a ser “evangelizadores de la verdad y de la paz” (Benedicto XVI, 8.12.2005).Nunca olvidaremos a quienes murieron en acto de servicio, víctimas de ataques, en misiones extranjeras o por la acción asesina de la banda terrorista ETA, que tanto daño ha hecho a nuestro pueblo y cuya desaparición anhelamos para la convivencia en libertad y en paz en nuestra Patria. Finalmente imploro, para toda la familia de las Fuerzas Armadas de España, la protección del Cielo por medio de  la Santísima Virgen Inmaculada.

Estoy seguro que a estas aspiraciones y deseos os unís los que estáis celebrando esta Eucaristía en la Catedral Castrense y también  vosotros queridos telespectadores que seguís la Santa Misa por Televisión Española. Como dice el salmista: “el Señor de los ejércitos, que todo lo puede” nos ilumine con su Palabra y conduzca nuestros pasos por los caminos de la verdad y la paz.  

+ Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España

 

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