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Homilía en la Solemnidad del Bautismo de Jesús

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Reproducimos íntegra la homilía del Sr. Arzobispo Castrense pronunciada hoy en la Iglesia Catedral de las Fuerzas Armadas y retrasmitida por TVE.

HOMILIA EN LA SOLEMNNIDAD DEL BAUTISMO DE JESÚS

Is 40,1-5.9-11; Sal 130; Tt 2,11-14.3,4-7; Lc3,15-16.21-22

Queridos hermanos:

1. “¡Alza fuerte la voz, heraldo de Jerusalén; álzala y no temas!” (Is. 40, 10) Porque “ha aparecido la gracia de Dios… la bondad divina que trae la salvación y el amor a todos los hombres” (Tt 2,14; 3,14). Esto sucedió en Belén de Judá cuando el Hijo de Dios se hizo hombre para que nosotros “recibiéramos el ser hijos por adopción” (Ga 4,5) por la fe y el bautismo. En los días de Navidad hemos contemplado los misterios de su nacimiento y manifestación a los pueblos. Hoy, la liturgia pone ante nuestros ojos a Jesús ya adulto que se dispone a comenzar su vida pública. El episodio del bautismo de Jesús debió ser muy sorprendente y significativo para los primitivos cristianos, su relato lo encontramos en los cuatros evangelistas. En este ciclo litúrgico se proclama el texto de San Lucas. Al escuchar el Evangelio surge un interrogante: ¿Cómo es que Aquel que no tiene pecado y que viene al mundo con la misión de redimir al hombre, realiza este gesto de purificación?

2. Así, sucedió “en un bautismo general, Jesús se bautizó…” (Lc 3,21). Es el primer acto público del Señor. Juan, el Bautista, era la “voz del desierto” que anunciaba, mediante un rito purificador, una realidad superior que llegaba con Jesús. Él, por ser de naturaleza divina, estaba libre de pecado, no necesitaba ninguna ceremonia catártica. ¿Por qué lo hace? Para manifestar desde el principio de su vida pública su solidaridad con todos los pecadores. Su misión no será otra que donde “abundo el pecado, sobre abunde la gracia” (Rom 5,20). En las imágenes del suceso, Dios se da a conocer como Trinitario, el Hijo ora al Padre en las aguas del rio Jordán, y el Espíritu Santo aparece en “forma de paloma”, para señalar a Cristo como el “Príncipe de la paz”, que ha traído la paz y la reconciliación definitiva. Ese mismo Espíritu, acompañara a Jesús hasta el bautismo de “fuego” en la cruz, donde el Hijo, habiendo cumplido todos los designios divinos”, inclinando su cabeza, nos “entregó su espíritu” (Jn19, 30). De está manera, el bautismo pasa a ser para el cristiano la inmersión total en la muerte y resurrección de Jesucristo.

3. Por ello, estamos ante un hecho de la vida del Señor que contiene en sí algo profundamente misterioso y que reclama una actualización continua en nuestras vidas. Lo primero que debemos percatarnos es que la conversión y purificación personal es algo sustancial para descubrir y aceptar a Jesucristo como nuestro Salvador. Como dice la segunda lectura: hay que “renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos” (Tit 2,11). Segundo, quienes acogen a Jesús, han de realizar también su propia misión, que no es otra que prolongar en el mundo la liberación de las ataduras del pecado que esclaviza a la humanidad que entre otras son: las guerras y divisiones, los egoísmos y las mentiras, la avaricia del dinero y las vanidades del mundo, las impurezas e idolatrías (cf. Ga 5,19-21; 1Cor 3,1-4). Tercero, la vida cristiana tiene como uniforme la humidad, porque lo nuestro no es seguir e imitar a los poderosos de este mundo, sino a Aquel que siendo de condición divina “fue contado entre pecadores”.

4. ¿Dónde encontrar esa “Madre y Maestra” que nos señale el camino de la salvación? ¿Dónde hallar hoy consuelo a tantas penas y calamidades? Pues bien, no hay otro espacio o lugar fuera de la Iglesia. El milagro de la Teofanía en el Bautismo de Jesús se continúa dentro de la misma en todos los tiempos. Porque mediante el bautismo en Cristo somos incorporados a su Cuerpo que es la Iglesia. Ella es esa ciudad significativa llamada Jerusalén, que nos habla la primera lectura (Is. 40,1-5.9-11). En ella, recibimos del don de la fe y la gracia de los sacramentos, somos consolados con el bálsamo del perdón y del reencuentro con Dios, se percibe el gozo de la asamblea de los bautizados y bajo su “sombra” caminamos en este “valle de lagrimas” hacia la patria celestial donde esperamos encontrarnos con la “Gloria del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo” (Tit 3,4).

5. Esa bondad divina se comienza a experimentar en el bautismo. Es una realidad invisible que se percibe aunque estemos a las puertas de la muerte. Así le sucedió, en octubre pasado, a la víctima de atentado en Afganistán, el joven Cabo español Cristo Ancor Cabello Santana bautizado “in articulo mortis”. Desgraciadamente ayer desde ese lejano escenario bélico nos llegó la noticia del lamentable accidente del soldado Christian Javier Kuishpe Aguirre, desde aquí queremos hacer llegar a su esposa y familiares el consuelo que da la fe en la Vida Eterna. Este es el Evangelio de la Esperanza que oferta nuestros Capellanes Castrenses a los hombres y mujeres de las Fuerzas Armadas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Ellos, tratan que los auxilios de la gracia de Dios iluminen, asistan y confortes a nuestros soldados en el cumplimiento de sus deberes constitucionales. La Iglesia nunca ha sido ajena a estos grandes principios, así lo demuestra su larga tradición secular de especial solicitud por el cuidado espiritual de los militares. Hoy, como ayer, atiende a sus peculiares condiciones de vida, que requieren una concreta y específica presencia y que va, desde el acompañamiento a nuestros soldados en misiones extrajeras, hasta el servicio pastoral en los cuarteles y establecimientos castrenses españoles. Con esta dedicación a la familia militar, contribuimos a la potenciación de una cultura de la defensa que lleva al compromiso de resistir a la violencia, al terrorismo y a la guerra en función de la libertad y del bien común de los españoles.

6. Por esta valiosa misión, tan vital y necesaria para todos los ciudadanos, “es justo y necesario” que ofrezcamos esta Eucaristía por nuestros militares. La celebramos especialmente por aquellos que se encuentran lejos de sus hogares y en situaciones de altos riesgos para sus vidas. También tenemos muy presentes a los que están cerca y padecen las dificultades de cada día. Finalmente, y de manera muy particular, recordamos ante Dios a los soldados españoles de todos los tiempos que perdieron la vida en el servicio a la Patria. Unos y otros, con su esfuerzo y abnegación hacen, e hicieron, posible que los españoles podamos gozar de seguridad, libertad y concordia. Todos tienen bien merecido el nombre que les dio el Venerable Juan Pablo II, al llamarlos “guardianes de la paz”.

†Juan del Río Martín,
Arzobispo Castrense de España.

 

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