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Homilía en el II Domingo de Cuaresma, Ciclo C

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Gn 15,5-12.17-18; Sal 26; Flp. 3,17-4,1;Lc 9,28b-36.

IX Jornadas de caridad y voluntariado

Organizada por la UCAM

S. Iglesia Catedral Castrense 28 de febrero de 2010

 

Querido Arzobispo Católico Greco-Mequita Mons. Joseph Jules Zerey, Vicario Patriarcal de Jerusalén.
Queridos sacerdotes, diáconos, seminaristas del Seminario Castrense.
Autoridades y alumnos de la Universidad Católica San Antonio de Murcia.
Queridos telespectadores de TVE, especialmente vosotros enfermos e impedidos.

¡Hermanos y Hermanas!

 

1. Esta Santa Misa retransmitida para todo España por TVE, aparece como el corazón de la IX Jornadas de Caridad y Voluntariado organizadas por la Universidad Católica San Antonio de Murcia, del 23 de febrero al 7 de marzo del presente año y bajo el patrocinio del Consejo Pontificio Cor Unum. Las conferencias, Mesas Redondas y Muestras del voluntariado de estos días, tendrán su boche de oro con la Peregrinación a Polonia para encontrarse con las raíces de Juan Pablo II, el “Papa de lo jóvenes y de la cuestión social”.

2. “Oigo en mi corazón: Buscad mi rostro…Él es mi luz y salvación”. Eso hemos rezado en el Salmo responsorial de hoy (Sal 26). La cuaresma como camino hacia la Pascua es el itinerario que nos ofrece la Iglesia para encontrarnos de verdad con Dios y con los hermanos. Ambos están tan estrechamente entrelazados, de tal manera que la afirmación de haberse encontrado con Dios, con su amor, es en realidad una mentira si no vemos reflejado el rostro divino en nuestro prójimo (cf.1 Jn 4,20). ¡Estamos ante un mismo rostro con distintos perfiles!

3. Sucede en la actualidad que el hombre de la sociedad materialista del bienestar ha caído en un “sueño y terror profundo” como resultado de construir una vida sin Dios, que a la vez niega la verdad del prójimo. En cambio, el asombro o estupor que siente Abraham es muy distinto, nace de todo lo contrario de poner a Dios en el centro de su vida y de su pueblo (1º lectura). Mediante esta alianza, Dios toma la iniciativa en la búsqueda de la felicidad humana. También ocurre que algunos, como los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, duermen mientras el Maestro ora en la soledad de la montaña. Lo mismo sucederá más tarde en Getsemaní. El Evangelio de este domingo, nos invita a pasar del “sueño de nuestros miedos” a la oración con Jesús en el Tabor. Sí, es en el contacto asiduo con el Señor donde captamos que la historia de la salvación, representada en “Moisés y Elías”, es todo un diálogo amoroso de Dios con el hombre que tiene su culmen en el “Hijo predilecto del Padre”, cuya gloria es la nuestra. Para ello es necesario que lo acojamos, lo escuchemos y le seguimos hasta morir con Él en la Cruz. Esta es la única manera para superar la tentación que los discípulos tuvieron en el monte de la transfiguración: “qué bien estamos aquí. Hagamos tres tiendas…No sabían lo que decían” .Olvidaban “que es necesario que pasemos muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios” (Hech 14,22). El Tabor nos remite al Calvario como paso necesario para la Resurrección.

4. Todo esto, es motivo de gozosa esperanza porque ya sabemos que nuestra débil condición humana no está destinada al vacio, a la nada, sino que se trasfigurará, porque este “cuerpo corruptible se tiene que vestir de la incorruptibilidad” según el “modelo del cuerpo glorioso” de Cristo Resucitado (2ª lectura). Como diría San León Magano: “el Señor echó sobre sí toda la debilidad de nuestra condición y si nos mantenemos en su amor, venceremos lo que Él venció, y recibiremos lo que prometió”. Vivir como hombres y mujeres que estamos llamados a la vida eterna y no a la muerte, sólo se da cuando hemos descubierto que Dios es Amor, que sin Él nuestras vida no tiene sentido. Por eso Benedicto XVI afirma: “quien intenta desentenderse de ese amor se dispone a desentenderse del hombre cuanto hombre” (DCE, 28).

5. ¡Que bien lo entendió el salmista cuando proclama que: “El Señor es la defensa de su vida, ¿quién le hará temblar?” (Sal 26). Por qué dice eso? Pues sencillamente, porque en las escenas evangélicas del Bautismo del Jordán y de la Trasfiguración, el Dios Uno y Trino que aparece es “amor desbordante” en el Hijo. Su presencia entre nosotros nos hace sentir de que no estamos solos y abandonados a nuestra suerte. El amor que nace de esa “Fonte” (s. Juan de la Cruz), que es Dios, es más fuerte que la misma muerte, es la única luz que ilumina la oscuridad del mundo y nos da la fuerza para vivir y actuar con sentido. De ahí, que lleno de confianza llegará a exclamar el autor sagrado: “Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me recogerá” (Sal 26).

6. Pues bien, el voluntario cristiano ha de tener muy claro que su compromiso nace del acto mismo de fe en Dios revelado en Cristo, por el cual el hermano se convierte en el “rostro” del mismo Jesús. Por esta razón, el voluntariado cristiano tiene una fundamentación distinta y diversa al simplemente humanista. La mística que impulsa a la acción en favor del necesitado dimana de la vida y mensaje de Jesucristo, servidor de los enfermos y los pobres. Y así, esta acción ha de ser concebida como un verdadero ministerio de caridad fraterna, que lo aleja de cualquier interés o búsqueda de gratificaciones indirectas, personales o profesionales. Para el católico, participar como voluntario en una acción social supone dar respuesta a una llamada que brota del mismo Evangelio. Para nosotros resulta impensable separar la solidaridad del mensaje de las Bienaventuranzas. Si nos sentimos unidos a los demás (es decir, si somos solidarios) no es sólo por una simple razón de pertenencia a la comunidad humana, sino por el imperativo del mandamiento del amor mediante el cual se distingue a los discípulos de Cristo: “amaos los unos a los otros, como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” (Jn 15,12-13).

7. Es muy importante que en medio de esta “cultura del voluntariado social” los cristianos tengamos claro quién nos dijo Jesús que era nuestro prójimo y hasta dónde se extiende la obligación del amor al hermano (cf. Lc 10, 25-37).El prójimo no es cualquiera, sino sólo aquél a quien de hecho nos acercamos con amor. Nadie es mi prójimo, si yo no me acerco a él. Por lo tanto, en el voluntariado cristiano hay un “plus” que viene dado por la concepción cristiana del prójimo, que reclama mi proximidad continua desde el amor que nos enseña Jesucristo, que alcanza incluso al enemigo, “porque, si amáis a los que os aman, ¿Qué recompensa merecéis? ¿No hacen también eso los publicanos?” (Mt 5,46).

8. Queridos hermanos, estimados participantes en la IX Jornadas de caridad y voluntariado de la UCAM. Para finalizar, recordemos al venerable Siervo de Dios Juan Pablo II en su invitación a “apostar por la caridad” y a ser “testigos del amor” ya que: “El siglo y el milenio que comienzan tendrán que ver todavía, y es de desear que lo vean de modo palpable, a qué grado de entrega puede llegar la caridad hacia los más pobres. Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse...Se trata de continuar una tradición de caridad que ya ha tenido muchísimas manifestaciones en los dos milenios pasados, pero que hoy quizás requiere mayor creatividad...La caridad de las obras corrobora la caridad de las palabras” (NMI, nº 49-50).

Que la Virgen María, Madre del Amor hermoso, nos enseñe a descubrir el resplandor del rostro de su Hijo en todos los necesitados.

Juan del Río Martín,
Arzobispo Castrense de España.

 

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