Is 42,1-4.6-7; Sal 28; Hech 10,34-38; Mt 3,13-17.
Misa retransmitida por TVE-2 desde la S.I. Catedral Castrense
Madrid 9 de enero de 2011
Queridos telespectadores de TVE-2, hermanos y hermanas.
1. ¡El Señor bendice a su pueblo con la paz! (Sal 28). Como ya es habitual en esta diócesis castrense, dedicamos el domingo del Bautismo de Jesús a reflexionar sobre el mensaje pontificio de la Jornada de la Paz, que este año versa sobre: Libertad religiosa, camino para la paz. Al mismo tiempo, celebramos esta Eucaristía por nuestros militares españoles que, como “guardianes de la paz” (Juan Pablo II), defienden nuestra seguridad, independencia y libertad, a veces desde territorios muy lejanos como Afganistán, Líbano, o el Índico. También recordamos a los que están en los organismos y establecimientos europeos de defensa y en otros lugares no tan conocidos. No olvidamos, finalmente, a los que laboran en nuestra geografía española, donde su presencia y alta profesionalidad son una garantía para la libertad presente y futura de los españoles.
2. Sirviendo a esta misión, vital para la ciudadanía, la Iglesia tiene una larga tradición de especial cuidado espiritual a los militares. Los Capellanes Castrenses lo prestan de manera abnegada y silenciosa, cooperando a que los hombres y mujeres de las Fuerzas Armadas y Cuerpos de Seguridad del Estado se revistan de las “armas morales” que dan fuerza y prestigio a su profesión. A la vez, les ofertan a Jesucristo “Príncipe de la paz” como el único que tiene poder para ganar la magna batalla de la vida, que es la propia salvación. Al inicio de un nuevo año recordamos, ante el Señor de la Vida y la Muerte, a los militares y capellanes fallecidos durante el pasado año, así como a los de todos los tiempos que dieron su vida en servicio a la Patria. Con esta conmemoración, dedicada a la familia militar, contribuimos a la potenciación de una cultura de la defensa que lleva al compromiso de resistir a la violencia, al terrorismo y a la guerra, para libertad y bien común de los españoles.
3. “¡Mirad a mi siervo, mi elegido…aquel que es la luz de las naciones”! (Is 42,1.6). Muchos años después de la primera epifanía, la adoración de los Magos, tiene lugar una segunda, con la apertura de los cielos en el Bautismo de Jesús en el Jordán. ¿Por qué ese rito de purificación sobre el que es señalado el “cordero de Dios que quita el pecado del mundo”? Para significar, desde el comienzo de su vida pública, que aquél que, por su naturaleza divina no necesitaba de ninguna ceremonia de purificación porque estaba libre de pecado, se sumerge en el agua para manifestar su intención de hacer frente a la muerte para vencer al pecado. Además, al salir del agua, anuncia la resurrección que seguirá a su pasión. En este acontecimiento glorioso en Cristo se nos revela el misterio de Dios uno y trino. Por ello, San Pedro en la segunda lectura proclamada lo llamará el “ungido por Dios” (Hech 10,38). Él es el único que tiene fuerza para iluminar la trágica historia de la humanidad y que hace posible: el “abrir los ojos” para superar las tinieblas de los pecados personales y colectivos, sacar a la luz a los que están encerrados en la ofuscación de sí mismos y traernos la gracia y salvación a todos los hombres de buena voluntad.
4. Nuestro bautismo es participación en el bautismo de Jesús, pero no sólo el del comienzo de su ministerio, sino en ese otro de “sangre y fuego” que es su pasión, muerte y resurrección. Ser bautizados en el Dios que se ha revelado en Cristo, que “es amor, predica amor y envía amor”, es configurarse día a día en sentimientos, mente y voluntad con Aquél que, siendo Hijo del Altísimo, pasó por este “valle de lágrimas” haciendo el Bien. Nosotros, seguidores suyos, somos llamados a llevar una vida santa y coherente con la gracia recibida, a fin de cautivar a otros y seducir a las nuevas generaciones para que vivan la alegría de la fe de sus mayores. Lo más grande que puede suceder a una persona es conocer el Evangelio, enamorarse de Jesucristo y sentirse miembro activo de la Iglesia, comunidad de los bautizados. Os invito a que recuperéis cada día más el orgullo de ser cristianos, de sentiros católicos en medio de las “tribulaciones y consolaciones” que nos envía el Señor.
5. Desgraciadamente, los cristianos son actualmente el grupo religioso que sufre más persecuciones a causa de su fe. En algunas regiones del mundo, la profesión y expresión de la propia religión comporta un riesgo para la vida personal y familiar. Muchos sufren cada día ofensas y viven frecuentemente con miedo por el solo hecho de seguir a Jesucristo y reclamar que se reconozca el derecho fundamental de la libertad religiosa. De ahí que Benedicto XVI, en su mensaje para la Jornada Mundial de la Paz, denuncie que: “esto no se puede aceptar, porque constituye una ofensa a Dios y a la dignidad humana; además es una amenaza a la seguridad y a la paz, e impide la realización de un auténtico desarrollo humano integral”.
6. El Papa describe cómo se perciben hoy dos tendencias opuestas, dos extremos fundamentalistas y socialmente nocivos. En nuestro mundo cultural occidental está el laicismo que excluye, no la laicidad que respeta. Pretende liquidar todo vestigio de presencia religiosa en lo social. Busca la hegemonía cultural y política, para lo que cuenta con poderosas tutelas políticas y mediáticas. Tiene, como uno de sus enemigos fundamentales, a la Iglesia Católica, por su doble condición de fe realmente universal y transcultural. En el otro lado se hallan los fanatismos que quieren imponer su credo por la fuerza, en ignorancia total de la libertad individual y religiosa, llegando hasta los asesinatos en los templos. Vienen a la memoria los recientes sufrimientos de los cristianos en Alejandría, Bagdad, Oriente Medio, Nigeria, Sudán, Pakistán, China, Filipinas y un largo etcétera de violencia e integrismo que sacude al cuerpo místico de Cristo.
7. ¿Qué hacer en esta dolorosa situación? Orar siempre por nuestros hermanos perseguidos. Crecer en vida interior para no devolver mal por mal. Perseverar en nuestro servicio a los más pobres. No cansarnos en el diálogo interreligioso. No sucumbir ante el intento de que creamos que son las religiones las causantes de las guerras y el terrorismo. Todo lo contrario, siempre han sido los poderosos de turno quienes, utilizando el nombre de Dios en vano, secuestran lo sagrado para sus propias conquistas y egoísmos. Benedicto XVI ha dicho que “las grandes religiones constituyen un importante factor de unidad y de paz para la familia humana…Quién está en camino hacia Dios no puede dejar de trasmitir la paz, quien construye la paz no puede dejar de acercarse a Dios” (Ángelus 1.1.2011). El verdadero sentimiento religioso es fuente inagotable de respeto mutuo y de armonía entre los pueblos. Es más, en cristiano, mirando a Jesús, “Príncipe de la paz” (Is 9,5) que murió perdonando a sus enemigos, comprendemos que la paz no se alcanza con fuerza ni poder, sea éste económico, político, cultural y mediático, sino que es obra de la conciencia que se abre a la verdad y al amor. Que Dios nos ayude a progresar en este camino en el nuevo año que nos concede vivir.
† Juan del Río Martín
Arzobispo Castrense de España




















