Conferencias Cuaresmales
Santa Iglesia Catedral Castrense.
Madrid 11 de marzo de 2011
“Un viaje desde la desilusión a la alegría apostólica”
Introducción:
Comenzamos nuestro encuentro pidiendo al Señor que nos conceda una fe profunda capaz de reconocerle en el camino de la vida.
¡Quédate con nosotros!
¡La tarde está cayendo, quédate!
¿Cómo te encontraremos al declinar el día si tu camino no es nuestro camino?
Detente con nosotros, la mesa está servida, caliente el pan y envejecido el vino. (J.A. Espinosa)
Creer en la resurrección no es un apéndice de la fe cristiana, es la misma fe cristiana: “Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe” (1Cor 15,14). Los evangelios no prueban la resurrección, es la resurrección la que prueba los evangelios. Pero nosotros no podemos callar lo que sabemos, hemos oído y experimentamos que Cristo ha resucitado y que se ha aparecido a Pedro, a Juan, a las mujeres y a otros muchos como fueron los discípulos caminos de Emmaús. Os invitamos mediante esta Lectio Divina a recorrer aquel camino de “ida y de vuelta”.
I.- Lectio ¿Qué dice el texto en sí mismo? Saber antes que nada el contenido auténtico y para ello es necesario hace la lectura con el corazón.
“13 Aquel mismo día dos discípulos se dirigían a un pueblecito llamado Emaús, que está a unos doce kilómetros de Jerusalén, 14 e iban conversando sobre todo lo que había ocurrido. 15 Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se les acercó y se puso a caminar con ellos, 16 pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. 17 El les dijo: « ¿De qué van discutiendo por el camino?» Se detuvieron, y parecían muy desanimados. 18 Uno de ellos, llamado Cleofás, le contestó: « ¿Cómo? ¿Eres tú el único peregrino en Jerusalén que no está enterado de lo que ha pasado aquí estos días?» 19 « ¿Qué pasó?», les preguntó. Le contestaron: « ¡Todo el asunto de Jesús Nazareno!» Era un profeta poderoso en obras y palabras, reconocido por Dios y por todo el pueblo. 20 Pero nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes renegaron de él, lo hicieron condenar a muerte y clavar en la cruz. 21 Nosotros pensábamos que él sería el que debía libertar a Israel. Sea lo que sea, ya van dos días desde que sucedieron estas cosas. 22 En realidad, algunas mujeres de nuestro grupo nos han inquietado, 23 pues fueron muy de mañana al sepulcro y, al no hallar su cuerpo, volvieron hablando de una aparición de ángeles que decían que estaba vivo. 24 Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y hallaron todo tal como habían dicho las mujeres, pero a él no lo vieron.» 25 Entonces él les dijo: «¡Qué poco entienden ustedes y qué lentos son sus corazones para creer todo lo que anunciaron los profetas! 26 ¿No tenía que ser así y que el Mesías padeciera para entrar en su gloria?» 27 Y les interpretó lo que se decía de él en todas las Escrituras, comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas. 28 Al llegar cerca del pueblo al que iban, hizo como que quisiera seguir adelante, 29 pero ellos le insistieron diciendo: «Quédate con nosotros, ya está cayendo la tarde y se termina el día.» Entró, pues, para quedarse con ellos. 30 Y mientras estaba en la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. 31 En ese momento se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció. 32 Entonces se dijeron el uno al otro: «¿No sentíamos arder nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» 33 De inmediato se levantaron y volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once y a los de su grupo”.
II.- Mediatio ¿Qué nos dice el texto bíblico a nosotros? Dice la Verbum Domini: “Aquí, cada uno personalmente, pero también comunitariamente, debe dejarse interpelar y examinar, pues no se trata ya de considerar palabras pronunciadas en el pasado, sino en el presente” (nº 87).
Estamos ante un relato catequético de cómo encontrar al resucitado. Para ello nos tenemos que situar en la composición del lugar: unos discípulos parece que han abandonado todo y se retiran a un pequeño pueblo llamado Emmaús a unos doce kilómetros de Jerusalén, donde ocurrieron la pasión y muerte del profeta de Nazaret. El estado psicológico que revelan es de tristeza y desilusión. En ese camino de ida aparece Jesús que en principio no es reconocido por ellos. Lo primero que hace el Señor es preguntarles sobre su situación y después escucharles. La segunda parte toma la palabra el Maestro que les va aleccionado sobre la figura del Mesías. Ocurre que cuando somos instruidos por el mismo Cristo no solo ilumina nuestras mentes, sino que sobre todo se da una revelación de amor que abrasa nuestros corazones.
Tras ser conquistados por las palabras de Jesús, los dos discípulos quieren que se quede con ellos: “Quédate con nosotros”, éste es el gran deseo que la meditación de la Escritura pone en nuestros corazones. Es el deseo de tener la presencia de Cristo, de vivir su presencia, de estar en contacto íntimo con él, para vivir en la luz, en la esperanza y en el amor. Jesús “entró para quedarse con ellos” y mientras está en la mesa hay tres gestos que nos revela su presencia entre nosotros: “la bendición”, “la fracción del pan”, “darlo a comer”, es entonces cuando se le abre los ojos y reconocen al gran Viviente. Dejan todo y vuelve a Jerusalén con la alegría en su interior y deseosos de encontrarse con Pedro y la comunidad.
III.- Oratio.- ¿Qué decimos nosotros al Señor como respuesta a su Palabra? “La oración como petición, intercesión, agradecimiento y alabanza, es el primer modo con el que la Palabra nos cambia” (nº 87).
Una vez que se ha proclamado el texto y meditado sobre la escena, es bueno que ahora nos situemos acompañando a los discípulos tanto a la ida como a la vuelta, que escuchemos a Cristo que sale también a nuestro encuentro en el camino de la vida. Hazte algunas preguntas como estas: ¿Dónde te has topado con el Resucitado? ¿Te dejas sorprender por el Señor, o estás a la defensiva como al principios los discípulos? Jesús desapareció en su condición terrenal. Ahora, dónde y cómo se realiza el encuentro con Jesús.
1º. No se halla en el destino de una victoria de unos sobre los otros.
Los caminantes de Emmaús habían confiado en Jesús como un profeta y esperaba que fuera el caudillo victorioso, el libertador de Israel (v.21). El final del Maestro no lo podían entender siendo “un profeta poderoso en obras y palabras delante de Dios y de los hombres” (v.19). ¿Cómo pudo suceder aquello? Para esa mentalidad el acontecimiento de la resurrección sería el triunfo militar del pueblo sobre los invasores. Algo así como la instauración de un nuevo orden de justicia y libertad sobre la tierra.
2. Tampoco se realiza en el sepulcro vacío.
Lo único que encontraron las mujeres era la tumba vacía y hablan de unas apariciones que decían que Jesús estaba vivo. Pero al fin y al cabo esas noticias procedían de un grupo de mujeres y en aquella cultura su testimonio no tenía valor. Ciertamente, también fueron unos hombres, pero no encontraron nada (v. 22-24). Esto indica varias cosas: que la resurrección de Jesús no es una vuelta a la vida terrena como fuera el caso de Lázaro. El “locus” o lugar de encontrarse con Jesús no es el sepulcro ya que no es el sitio definitivo de Cristo: “¿Por qué buscáis entre los muertos a Aquel que vive?” (Lc 24,5). Al Resucitado hay que encontrarlo en el sendero de la vida que se ve transformada por la fuerza que dimana del acontecimiento Pascual. Fuera de la vida de los hombres y en el desafecto hacia la comunidad de los creyentes, no puede haber encuentro con el Señor.
3. En la escucha de la Palabra.
“¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?” (v. 32). El encuentro de Jesús en el camino de Emmaús, no sólo ilustro las mentes de aquellos discípulos sobre lo que dice el Antiguo Testamento acerca del Mesías, sino que se los ganó por el corazón. Este hecho nos dice que en la escucha de la Palabra de Dios se caldea nuestra alma para encontrarnos con nuestro Redentor. Nos dice la Exhortación Apostólica Verbum Domini: “toda la historia de salvación nos muestra que Dios habla e interviene a favor del hombre y de su salvación integral…La Palabra divina nos introduce a cada uno en el coloquio con el Señor: el Dios que nos habla nos enseña cómo podemos hablar con Él… la escucha de la Palabra de Dios introduce y aumenta la comunión eclesial de los que caminan en la fe” (nº 23-24.30). Los discípulos, al recordar las palabras de Jesús por el camino, no sólo lo descubrieron como el Señor, sino que volvieron a encontrarse con Pedro y la comunidad de los discípulos.
4. Sobre todo en la fracción del pan.
El desánimo de los discípulos de Emmaús es tal, que nada les podía convencer plenamente. Intuían que aquel forastero que se cruzo en su camino había dado razones de peso de cómo el Mesías tenía que padecer y ser despreciado por todos. Aquello les predispuso para rogarle que se quedara con ellos porque “la tarde está cayendo” (v. 29), pero es precisamente cuando se sienta en la mesa con ellos y hace la fracción del pan, es cuando “se les abrieron los ojos y lo reconocieron” (v. 31). Todo lo sucedido en el camino se ha condensado en este momento: Jesucristo resucitado está en la eucaristía. Evidentemente, está escondido, pues cuando quieren fijar sus ojos y retenerle ya se ha ido (v. 31b).
5. Está entre los hermanos.
Lo primero que nos ha sorprendido del relato es la huida, el quitarse de en medio, porque si así terminó Aquel que fue “grande en obras y palabras”, cómo podrían terminar ellos. Por eso Emmaús representa la triste huida y el regreso gozoso. Un mismo trayecto recorrido en dos situaciones distintas. Ni en el camino, ni en la casa de la aldea, Jesús les dice que vuelvan a los hermanos de Jerusalén que abandonaron por miedo a los judíos. Son ellos mismos, que al desvelarse el Señor Resucitado descubren que tienen que volver a los hermanos. Por eso, dejando todo como estaba, apresuradamente, en medio de la noche, toman el camino de regreso (v 33). Han comprendido que Jesús resucitado está allí donde se encuentran los hermanos.
6. Donde está Pedro, allí está la Iglesia, en ella vive el Resucitado.
Hay algo especial en el comienzo del cristianismo que marcará la historia de la Iglesia: es la fe de Pedro, que ha visto al Señor, que fortalece la fe de sus hermanos, que se convierte en cimiento del “nuevo Israel”, de la comunidad de creyentes en Jesús. Sin esa fe de Simón y la de los doce, la vida, obra y mensaje de Cristo se hubiese perdido en el pasado como ha sucedió con tantos gestos y personajes históricos. Pero Dios estaba con Jesús, se ha revelado como su “Hijo amado”, como Salvador de los hombres. Ese mismo Dios ha suscitado la experiencia creyente de los doce, muy especialmente la de Pedro, convirtiéndolos en columnas de la Iglesia, haciendo posible que los demás nos encontremos también con la Pascua de Jesús. Por eso una de las primeras confesiones de fe será: “Ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón”.
IV. Contemplatio, ¿Qué conversión de la mente, del corazón, y de la vida nos pide el Señor? “En efecto, la contemplación tiende a crear en nosotros una visión sapiencial, según Dios, de la realidad y a formar en nosotros “la mente de Cristo” (1Cor 2,16). La Palabra de Dios se presenta aquí como criterio de discernimiento” (nº 87).
Este episodio muestra la conversión que Jesús resucitado obra en dos discípulos: conversión de la tristeza a la alegría; conversión de la oscuridad a la luz de la fe; y conversión del aislamiento a la vida comunitaria. Todas ellas son conversiones muy positivas que nos interrogan también a nosotros:
En nuestra vida espiritual ¿hay más tristezas, desganas, desilusión que alegría, esperanza, y celo apostólico? Mi vida de fe ¿anda entre dudas, desconfianzas o vivo con ilusión mi ser cristiano? ¿Me siento a gusto en mi individualismo eclesial? ¿Me avergüenzo o defiendo a la Iglesia? ¿Acepto a la Iglesia como santa y compuesta de pecadores, o más bien me escandalizo, la juzgo, la critico y me sitúo en la orilla de su propia institución? ¿Eres de aquellos que sintiéndose “puro” dicen: Cristo sí, Iglesia no?
La conclusión de este pasaje evangélico es una invitación a vivir con alegría nuestra fe cristiana basada en que Cristo Resucitado ha vencido la muerte y el pecado. Esto suscita en nosotros la confianza de que también resucitaremos con el Señor. Su pasión no fue una derrota, sino una victoria a nuestro favor, una entrega total de su amor redentor.
La “fracción de pan” es comulgar con Cristo y servir al hermano que vive una determinada cultura, que en la actualidad está marcada por el fenómeno de la globalización. En ese “escenario” celebramos los cristianos la Eucaristía que sobrepasa toda frontera y cultura. Veamos algunas notas principales:
1º. Es significativo que el cuarto evangelio no traiga la institución de la eucaristía como los sinópticos; sin embargo propone el relato del “lavatorio de pies”, en el cual Jesús se hace maestro de comunión y servicio: “os he dado ejemplo, para que hagáis lo que yo he hecho con vosotros. Yo os aseguro que un siervo no puede ser mayor que su señor, ni un enviado puede ser superior a quien lo envió. Sabiendo esto, seréis dichosos si lo ponéis en práctica” (Jn 13,1-20).
2º. En la uniformidad que impone el mundo globalizado, la Eucaristía cristiana se presenta como el último reducto de libertad en esta sociedad teledirigida, donde la persona se puede encontrar consigo misma en su originalidad y en su ser social, desde la más absoluta libertad para participar en la “gran cena” de los elegidos por Dios y olvidados por la globalidad: “cuando lo hicisteis con uno de estos mis hermanos, los más pequeños, conmigo lo hicisteis”(Mt 25,40).
3º. En esta cultura de la globalidad, marcada por el pragmatismo, inmanentismo y mercantilismo, el espacio eucarístico de la celebración y de la adoración nos sitúa en la esfera del misterio, de la gratuidad, y de la apertura hacia el horizonte de Dios, frente a los ídolos hechos por manos humanas que “tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen”, y del “dios dinero (mammón)”, que marca todas las relaciones humanas.
4º. En la Eucaristía cristiana cada pueblo puede encontrar y expresar esa identidad que es absorbida en el anonimato por el mundo globalizado. En la celebración de la Pascua del Señor el cristiano halla la posibilidad de cambiar su rumbo y mejorar su existencia siendo siempre el mismo sujeto. Es en este mundo globalizado donde la Eucaristía aparece como lo eternamente novedoso. Las comunidades, pueblos y naciones encuentran motivos para seguir caminando en esperanza hasta que “el Señor vuelva”.
5º. La Eucaristía es fuente y cumbre de la vida de la Iglesia. Su celebración por los miembros de este “nuevo Israel” engendra lazos de fraternidad muy diversos a los creados por los intereses económicos que dominan las relaciones financieras y culturales de la globalización. No es lo mismo la muchedumbre que asiste a un macro concierto del conjunto o cantante de moda, que esa otra muchedumbre que, domingo tras domingo, celebra el día del Señor.
6º. La globalización ha consagrado la fragmentariedad del ser de la postmodernidad. Es más manejable una persona débil que una persona de convicciones. Es más fácil doblegar a un pueblo vendido a los mercadores de turno, que a un pueblo que aprende cada día a luchar en la contrariedad. En la Eucaristía el cristiano se hace uno con Cristo, uno con la Iglesia, uno con los más pobres. Es por eso que el Memorial del Cuerpo y la Sangre del Señor robustece a las personas y potencia la creatividad de los pueblos, como se puede ver en las manifestaciones artísticas sobre la Eucaristía que revela el arte, la música, la literatura, la pintura a lo largo de los siglos y en las diversas culturas.
7º. En la globalización el sacrificio y la renuncia sólo tienen un objetivo: “tener más”, “ser más”, “conseguir más” y todo en función de uno mismo. En cambio, en el sacrificio de la Misa contemplamos y celebramos la donación del Dios crucificado que, muriendo en el patíbulo de la cruz, nos introdujo en la globalización del amor para que tengamos “vida y vida en abundancia” (cf. Jn 10, 10). La mística de la globalización de la solidaridad tiene su fuente en el sacrificio eucarístico que celebra la Iglesia hasta el final de los tiempos.
V. Actio.
“La lectio divina no termina su proceso hasta que no se llega a la acción, que mueve la vida del creyente a convertirse en don para los demás por la caridad” (nº 87).
A modo de sentencia final que nos impulse a la acción:
Cristo, sabiduría del Padre, nos ha dejado el sacramento de la Eucaristía y en cada época, con sus luces y sombras, somos convocados a ella. No busquemos excusas que nacen de nuestros pecados; seamos como esos comensales de Emmaús que perplejos ante el forastero encontradizo descubren en la “fracción del pan” la novedad de la Resurrección. Ella le impulsa a volver con gozo y alegría a Jerusalén donde se hallan reunidos los hermanos.
Comulgar con Cristo es alcanzar la sabiduría que viene de lo alto, que me hace libre y, a la vez, instrumento de la salvación de Jesús. Una sabiduría muy distinta a la que ofrece la cultura dominante. ¿Cómo se puede alcanzar esa sabiduría? ¿Cómo llegar a ser digno del banquete eucarístico? Por medio de un triple sendero: primero, siendo capaz de confesar nuestras propias culpas. Segundo, viviendo en continua acción de gracias. Tercero, realizando acciones y pronunciando palabras que edifiquen a la Iglesia y construyan una humanidad nueva.




















