Madrid 18 de agosto de 2011
1. A la hora misma en la que el Sucesor de Pedro, Benedicto XVI, está saliendo de Roma rumbo a Madrid, donde presidirá la XXVI Jornada Mundial de la Juventud, bajo el lema: “Arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe”, quiero dirigirme a todos vosotros, mis queridos amigos. Os doy mi más afectuosa bienvenida, como Ordinario de la diócesis de acogida que es el Arzobispado Castrense de España, y también en nombre de aquellos que la integran. Os saludo especialmente a vosotros, jóvenes militares que habéis venido de países tan lejanos como Australia, Japón y Filipinas. También a los que procedéis de esta vieja Europa, de Francia, Inglaterra, Italia, Polonia, Hungría. Enviamos nuestro afecto a los que habéis llegado del gran continente americano, de Estados Unidos, Colombia, Brasil, Chile, Ecuador, El Salvador, Guatemala. Además, a los de otros países que os habéis unido a este Acto de la Recepción de las Banderas y homenaje a los que dieron sus vidas por la Paz de los pueblos ante el Cristo de los Alabarderos. Y lo hacemos en este marco incomparable del Palacio Real de Madrid, que representa historia y vida de España, tierra fecundada por la fe desde los orígenes del cristianismo y hermana de muchas naciones.
2. Quiero agradecer al Jefe del Cuarto Militar de la Casa de S.M. el Rey y a la Guardia Real la disposición de este evento. Saludamos respetuosamente a las autoridades militares y representantes de diversos países aquí presentes. Permitidme que, de una manera especial, dé un abrazo fraternal a mis hermanos en el episcopado que, con tantos desvelos, hacen presente el Evangelio de la Paz en el mundo militar de sus respectivas naciones, así como a los capellanes castrenses. No puedo ni debo olvidar a mis capellanes españoles ni a los voluntarios militares y civiles de mi diócesis que, con prontitud, sacrifico y cariño, han hecho posible la organización de las actividades castrenses en esta JMJ-2011.
3. Bajo una bandera nacimos, crecemos y morimos. Estas banderas no son símbolos vacios. Representan la vida, la historia, las lágrimas y las alegrías de nuestros pueblos. Por eso son signos de nuestra identidad ante los demás. Cuando homenajeamos y mostramos respeto a las banderas, estamos reconociendo la dignidad de los hombres y mujeres que se cobijan bajo ellas. Con ello contribuimos a la concordia social, y hacemos que estas insignias nos recuerden los más nobles valores de cada una de las naciones que habéis venido a participar en este encuentro mundial de la juventud en Madrid.
4. No hay incompatibilidad entre el mensaje que nos trajo Cristo, el Príncipe de la paz, y la vocación militar de defender la libertad, la seguridad, la soberanía y el bien de la Patria. ¡No hay contradicción entre ser católico y militar! La fe en Cristo, Muerto y Resucitado, único Señor de la Historia, no anula nada, excepto el pecado. Más bien redimensiona y ennoblece lo más genuino que hay en el corazón de cada persona y en la cultura de cada pueblo o nación. ¡La religión no es un estorbo en la milicia! ¡No está reñida con la sana laicidad! ¡No es la causante de las guerras, sino el principal antídoto contra la violencia y los conflictos! La condición militar tiene su base moral en la exigencia de defender los bienes espirituales y materiales de la comunidad nacional, de la patria. Esta defensa es garante del bien común de la sociedad, presupuesto para la paz y la concordia entre los pueblos. Una prueba evidente de ello es la gran labor de los soldados en misiones internacionales, luchando contra los males que aquejan a la humanidad actual. Con razón, queridos militares, el Papa que inició estas Jornadas Mundiales de la Juventud, el recordado y amado el Beato Juan Pablo II os llamó “centinelas de la paz”.
5. ¿Se puede ser constructores de la paz, como dicen las bienaventuranzas de Jesús, y profesionales de las armas? No hay duda alguna de que sí. Traed a vuestra memoria los que os precedieron en la vida militar, y que brillaron, no solamente por el heroísmo en las batallas, sino también porque en su vida diaria fueron coherentes con los ideales castrenses y con la fe cristiana que profesaron. Algunos de sus nombres están escritos en libro de los santos. Por eso mismo, vosotros estáis aquí y participáis en este evento mundial de la Iglesia como lo que sois: ¡jóvenes militares y católicos! ¡No tenemos que ocultar nuestra condición e identidad, lo que verdaderamente somos! ¡La neutralidad vergonzante no tiene nada que ver con el Evangelio, empobrece la historia de los pueblos y debilita la valentía del soldado!
6. A vosotros, jóvenes militares cristianos del siglo XXI os pido: ¡Superad los prejuicios de moda frente a la vocación militar y cristiana! ¡No tengáis miedo a Cristo! ¡Él lo puede todo y sin Él estamos incompletos, espiritualmente mutilados! Recordad cómo el Señor Jesús atendió al centurión romano de Cafarnaúm, cómo curó a su criado y alabó su fe. Recordad al soldado del calvario, que fue tocado por la gracia y respondió haciendo la primera profesión de fe en Jesucristo como Hijo de Dios. Tened presentes a los primeros cristianos. Muchos de ellos procedían de la milicia, como es el caso del centurión de la cohorte Itálica que aparece en los Hechos de los Apóstoles como “hombre piadoso y temeroso de Dios, que es generoso con los pobres” (Act 10,1-2). Por eso, al inicio de estos días, con palabras del apóstol San Pablo, pido a Nuestro Señor que esta experiencia que vais a vivir en la JMJ-Madrid 2011, os sirva para que:
“Os revistáis de la armadura que Dios os ofrece, para que podáis resistir en los momentos adversos y superar todas las dificultades sin ceder terreno. Estad, pues, en pie, ceñida vuestra cintura con la verdad, protegidos con la coraza de la rectitud, bien calzados vuestros pies para anunciar el Evangelio de la paz” (Ef. 6,13-15).
† Juan del Río Martín,
Arzobispo Castrense de España




















