Arzobispado Castrense

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Conferencia del Arzobispo Castrense en Roma

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 CONGREGACIÓN PARA LOS OBISPOS

PONTIFICIO CONSEJO DE LA JUSTICIA Y LA PAZ

VI CONGRESO INTERNACIONAL DE LOS OBISPADOS CASTRENSES

XXV ANIVERSARIO DE LA CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA “SPIRITUALI MILITUM CURAE”

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LA MISIÓN PASTORAL DE LOS ORDINARIATOS MILITARES SEGÚN LA CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA SPIRITUALI MILITUM CURAE

Ciudad del Vaticano, 20 de octubre de 2011

 

El pasado día 21de Abril, Jueves Santo, se cumplía  el XXV aniversario de la publicación de la Constitución Apostólica Spirituali Militum Curae (SMC). Diez días después, el 1 de Mayo, era beatificado el Papa que la promulgó, el recordado y admirado Juan Pablo II. Me alegra que la Congregación para los Obispos haya querido resaltar esa significativa efeméride convocando en Roma la presente iniciativa.

03Desde 1983 a 2003,  el entonces Arzobispo Castrense de España, Mons. José Manuel Estepa Llauréns, y hoy Cardenal de la Santa Romana Iglesia, fue testigo directo de todo el proceso de gestación, elaboración, promulgación y aplicación del nuevo modelo de presencia de la Iglesia en el mundo militar de cada Nación, implantado gracias a la ordenación canónica que contempla la SMC. Ante la imposibilidad, por su estado de salud, de encontrarse hoy entre nosotros,  la Congregación ha tenido a bien encargarme  esta intervención. Agradezco esta consideración al Sr. Cardenal Prefecto, al Sr. Arzobispo Secretario, así como al Padre Giulio Cerchietti.

Tengo que confesaros que hasta hace tres años este campo pastoral me era totalmente desconocido. Desde mi fidelidad al Señor y a su Iglesia acepté “con no  poco miedo y bastante temor” (cf. 2Cor 4,) este ministeriumpacis inter arma, al frente del veterano Ordinariato Militar de España[1]. ¡Gracias  adelantadas por vuestra comprensión y benevolencia!

I. MARCO CULTURAL Y ECLESIAL  DE LOS ORDINARIATOS CASTRENSES EN EL INICIO DEL SIGLO XXI.

Todo es ahora muy distinto del momento histórico en que nace la SMC. Es evidente que vivimos en una sociedad nueva, caracterizada por la complejidad y los rápidos cambios que experimentamos desde la modernidad a la posmodernidad, cuyas expresiones más llamativas son: la globalización, el relativismo secularista, la proliferación de la red informática, los descubrimientos biotecnológicos, el proceso de interculturalidad e interreligiosidad propiciado por los dinamismos migratorios, la multiplicación de las cuestiones sobre la vida y la esfera afectiva de la persona. A ello debemos sumarla inseguridad que provoca el terrorismo internacional, el narcotráfico y las violencias  callejeras o de otros tipos.

El conflicto armado dejó de ser en las últimas décadas del siglo XX un enfrentamiento entre militares para convertirse en un choque entre voluntades, en el cual la fuerza militar es un recurso más y, en ocasiones, no el principal. Además, el objetivo de destruir al adversario no sólo se dirigea su fuerza militar, sino también a su opinión pública, su sociedad y sus raíces religiosas y culturales.

La hecatombe de las Torres Gemelas es la imagen clara de esa realidad[2]:

  • Los agresores son ciudadanos anónimos, no los militares propiamente;
  • la parte agredida es la sociedad civil en su totalidad;
  • las armas agresoras son medios civiles de transporte;
  • por último, el fin del enfrentamiento es destrozar las raíces sociales del adversario.

El esquema se ha repetido en  otros grandes atentados y revoluciones en diversas partes del mundo, lo que ha hecho cambiar los conceptos de defensa, seguridad e independencia nacional.

En la actualidad, se habla de defensa asimétrica, de guerras preventivas, de intervencionismo por razones  humanitarias, etc. A ello hay que añadir la inestabilidad de los mercados financieros, que abruma las economías de los países ricos y empobrece aún más a los pobres. Igualmente, esta crisis económica está produciendo un aumento de la conflictividad, ha suscitado nuevos movimientos entre la ciudadanía y ha limitado los recursos disponibles para hacer frente a las grandes amenazas que sufre el mundo libre, situadas, a veces, muy lejos de las fronteras geográficas. La superación o solución de estos peligros no se halla únicamente por la vía de las acciones bélicas, sino que precisa el concurso de otros  agentes, tales como la potenciación del desarrollo social, cultural y económico de esas poblaciones, una diplomacia más eficaz, una mayor colaboración de los organismos internacionales, una globalización de la solidaridad, etc. Esto se ha venido a denominar el “Enfoque integral” (Comprehensiveapproach).[3]

Todo ello hace que el mundo castrense se sienta emplazado por las hondas transformaciones  de los ejércitos nacionales, que viene exigida por la flexibilidad para adaptarse a escenarios que hoy resultan difíciles de prever con exactitud; por la adecuación a las operaciones multinacionales; por la sostenibilidad de las Fuerzas Armadas y Cuerpos de Seguridad del Estado; por la excelencia en la gestión de la información como clave en las operaciones militares del futuro, así como por el saber conjugar la cultura de la defensa con el respeto a los derechos fundamentales de la persona.

Otro problema que incide en el mundo militar es el debate Religión-Laicidad que se vive en estos momentos en muchos de nuestros países y que condiciona fuertemente el respeto al Hecho Religioso y su presencia en el mundo militar. No son pocos los países llamados democráticos donde se observa una pretensión de “echar a Dios fuera de los cuarteles”, ignorando la dimensión transcendente y social de la religión. En el caso del militar creyente, ésta se convierte en la razón suprema que sustenta sus valores éticos y morales, y que le lleva a servir a la sociedad hasta dar la propia vida en defensa de ellos. La milicia necesita una mística, una espiritualidad, muy al contrario del clásico mercenario.

Los Lineamenta del próximo Sínodo de los Obispos sobre “La nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana”, en su número seis, hablan de los diferentes escenarios de la nueva evangelización, abordando espacios tales como el cultural, social, mediático, económico, científico y político.  Pues bien, en la realidad cultural de occidente se ha planteado un debate antropológico y jurídico que antecede a la reflexión teológico-pastoral castrense en el contexto de la “nueva evangelización”, y  que se podría enunciar de la siguiente manera: ¿Cuál es el espacio y el protagonismo de la religión en una sociedad plural y secularizada, donde el Estado se declara no confesional? ¿Hay que ignorar el hecho religioso que, más que estar en declive, como pretende el pensamiento presuntamente ilustrado, es un dato sociológico relevante? ¿Por qué y cómo se debe dejar de sustentar al militar ensus creencias? La asistencia religiosa se hace necesaria, sobre todo, en el campo de operaciones bélicas, cuando desaparecen otras muchas carencias materiales y apremia más la fuerza de los valores y de la religión. Esto no se improvisa. Antes bien, requiere, en tiempo de paz, una presencia previa de la religión “allí donde se encuentren los militares” (SMC  IV, 1; X), sea en los cuarteles o en otras instituciones nacionales e internacionales.

Ante estos interrogantes y cuestiones, los magisterios de Juan Pablo II y Benedicto XVI salen a nuestro encuentro para iluminarlos debidamente. Afirma el actual Pontífice: “La Iglesia Católica, en sus relaciones con el Estado, no pretende convertirse en un sujeto político sino que aspira, con la independencia de su autoridad moral, a cooperar leal y abiertamente con todos los responsables del orden temporal en el noble diseño de lograr una civilización de la justicia, la paz, la reconciliación, la solidaridad, y de aquellas pautas que nunca se podrán derogar ni dejar a merced de consensos partidistas, pues están grabadas en el corazón humano y responden a la verdad”[4]. Me atrevería a decir que es una falacia invocar la laicidad del Estado para negar el derecho a la presencia de lo religioso en las instituciones públicas y estatales, cuando éstas pertenecen a todos, creyentes y no creyentes. Como sostiene el Papa: “No es expresión de laicidad, sino su degeneración en laicismo, la hostilidad contra cualquier forma de relevancia política y cultural de la religión; en particular, contra la presencia de todo símbolo religioso en las instituciones públicas”[5]. Además, es una injerencia en los derechos de las personas a vivir sus convicciones religiosas como deseen, o como éstas se lo demanden, siempre que se respeten las exigencias del orden público y del bien común.

El Estado no sólo ha de tutelar la libertad religiosa en todos los ámbitos de la vida, tanto personal como social, sino que debe crear las condiciones para su efectivo y pleno ejercicio por parte de todos los ciudadanos. Como ha recordado el Santo Padre en su reciente viaje a Alemania: “la libertad se desarrolla sólo en la responsabilidad ante un bien mayor. Este bien existe sólo si es para todos; por tanto debo interesarme siempre por mis prójimos. La libertad no se puede vivir sin relaciones”[6].

Esta dirección era la misma que indicaba el siempre recordado Juan Pablo II en su memorable visita pastoral a Cuba: “El Estado, lejos de todo fanatismo o secularismo externo, debe promover un clima social sereno y una legislación adecuada, que permita a toda persona y a toda confesión religiosa vivir libremente su propia fe, expresarla en los ámbitos de la vida pública y poder contar con los medios y espacios suficientes para ofrecer a la vida de la nación sus propias riquezas espirituales”[7].

El ser religioso es un aspecto constitutivo del hombre. Es un dato inmediato de la conciencia sensible, un factor de la historia. La religión sigue siendo indispensable en la organización de una sociedad sana y genuinamente democrática. Nunca podrá ser calificado de baldío o inútil cualquier esfuerzo que se haga para que la religión pueda ofrecer su serena contribución al bien común y a la armónica convivencia de todos. Más bien ayudará a desterrar los prejuicios del pensamiento único como el achacar a las religiones el ser las causantes de las guerras y del terrorismo. A este respecto dice Juan Pablo II que “el genuino sentimiento religioso es fuente inagotable de respeto mutuo  y de armonía entre los pueblos; más aún, en él se encuentra el principal antídoto contra la violencia y los conflictos”[8]. En igual sentido, Benedicto XVI subrayaba en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de este año que “no se ha de olvidar que el fundamentalismo religioso y el laicismo son formas especulares y extremas de rechazo del legítimo pluralismo y del principio de laicidad (…) La libertad religiosa es el camino para la paz”[9]. Este tema es fundamental para el futuro de nuestra pastoral castrense en los cuarteles, y creo que también está incidiendo en la experiencia vital de nuestros militares y en las expresiones públicas de su religiosidad.

A lo expuesto más arriba, hay que añadir algunos elementos eclesiales. El futuro de la fe de nuestros militares depende también en gran medida de la vivencia que tengan de su pertenencia a la comunidad cristiana, tantas veces puesta en cuestión por el pensamiento único y por el avance de las sectas. La santidad y el pecado en la Iglesia influyen mucho en la perseverancia o abandono de la catolicidad de nuestros soldados. Todos sabemos los momentos difíciles por los que atraviesa la Iglesia universal, los grandes desafíos a los que se enfrenta la evangelización o la apostasía silenciosa de numerosos bautizados[10]. Ese escenario podemos resumirlo en aquella frase que pronunciara en el siglo XVI español, el próximo doctor de la Iglesia, San Juan de Ávila, cuando decía: “Muchos son los frentes y muy gastada está la cristiandad”. Sin embargo, para no caer en ningún tipo de pesimismo inoperante, traigamos a nuestra memoria los incontables testimonios de santidad  de los mártires del siglo pasado y de nuestros días, la valentía de pastores y fieles haciendo frente a la “cristofobia” y al “anticatolicismo”  en bastantes partes del planeta, los signos de cuantiosas comunidades eclesiales vivas, de familias católicas que siguen trasmitiendo con ardor la fe a sus hijos, sin olvidar la vitalidad cristiana de una porción no desdeñable de las nuevas generaciones.

Todos estos fenómenos nos llevan a no bajar la guardia y desear únicamente ser Obispos castrenses repletos de esperanza, porque  también en nuestro ámbito pastoral  hallamos testigos santos de la verdad del Evangelio.

 

II. CÓMO ACTUAR EN EL MUNDO CASTRENSE EN CLAVE DE NUEVA EVANGELIZACIÓN.

Jesucristo ha querido que su Iglesia fuera continuación viva de su presencia en medio del mundo. Por la  ley de la encarnación del Verbo el anuncio del Evangelio se personifica en cada cultura, en cada pueblo, en cada colectivo, en cada época. El Vaticano II fue un don del Espíritu para afrontar los desafíos de la modernidad. Y la promulgación de la Constitución Apostólica SMC representa una aplicación verdaderamente creativa de la renovación eclesial propugnada por el Concilio. En la base de la nueva ordenación canónica late la eclesiología de comunión y misión, que se deriva de los documentos conciliares y que, a partir de la asamblea extraordinaria del Sínodo de los Obispos de 1985, se consagra como la más adecuada para describir la naturaleza y quehacer de la Iglesia[11]. Ahora, en el alba del tercer milenio, a las puertas del Sínodo sobre  “La nueva evangelización”, esas nociones siguen siendo válidas para entender correctamente las peculiares circunscripciones eclesiásticas que son los Ordinariatos Militares[12]. El mismo Benedicto XVI, en el Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz de 2006,  se dirigía “a los Ordinarios como a los capellanes castrenses para que sigan siendo, en todo ámbito y situación, fieles evangelizadores de la verdad de la paz”. Pero surge la inevitable pregunta: ¿Cómo emprender la nueva evangelización en  el mundo militar de hoy? Con vistas a una posible respuesta, enumero un decálogo de puntos orientativos:

1º. En esta cultura de la complejidad  de inicio de milenio, que envuelve a nuestros militares católicos y a sus respectivos ejércitos, la Asistencia  Religiosa en las Fuerzas Armadas es un derecho del militar creyente. No  es fruto de ningún privilegio, ni de concesiones de un determinado régimen político[13]. El Estado, en el respeto más estricto a los principios de la libertad religiosa, no debe ignorar o impedir las manifestaciones religiosas personales y colectivas de aquellos servidores de la libertad, seguridad, independencia y paz de la nación. Es más, debe colaborar, por medio de acuerdos o tratados, con las diversas religiones y confesiones a fin de que, por las peculiares formas de vida de los militares, no les falten los auxilios de la fe, que siempre benefician y redimensionan los valores castrenses que fundamentan la milicia verdadera de cualquier país libre[14].

2º. La jurisdicción castrense no es algo etéreo, sino que tiene fieles y territorio que la componen: “los cuarteles y los lugares reservados a los militares” (SMC V)[15]. Es “personal, ordinaria y propia” (SMC  IV). Nuestra presencia es eminentemente religiosa y pastoral,  en tiempos de paz o de conflictos, en el respeto más absoluto a la normativa y la autoridad militar, siempre que no se contradigan los principios elementales de la fe[16].

3º. Obispos, capellanes y fieles deben que tener clara conciencia de que pertenecen a una “Iglesia particular”[17], que cuenta con su presbiterio, seminario, consejo de pastoral,  colegio de consultores, curia e instituciones pastorales adecuadas a cada lugar y circunstancias (SMC XIII y XIV). No es una “diócesis de segundo orden”, ni un apéndice de la Conferencia Episcopal, sino que, como dice SMC: “goza de los mismos derechos de los Obispos diocesanos y tiene sus mismas obligaciones” (II, 1; III). Es muy importante  saber quiénes somos y alejar de nosotros complejos eclesiásticos o sociales, que nos imposibilitan para ser trasparentes a la hora de comunicar a Cristo, “Príncipe de la paz”, a un colectivo tan organizado y sensible como es el militar[18].

4º. No se evangeliza a medio gas o con tiempos tasados. El Obispo y sus sacerdotes tienen que “dedicarse de una manera plena a esta peculiar labor” (SMC II.3), a esta diaconía[19]de acompañar con la luz del Evangelio a los soldados, allí donde éstos se encuentren, convirtiéndose así en los primeros servidores de todos aquellos que, al vincularse a las Fuerzas Armadas, son vistos por la Iglesia como “instrumentos de la seguridad y libertad de los pueblos” que “contribuyen realmente a estabilizar la paz”[20].Nuestra presencia ha de ser, por lo tanto, misionera, itinerante, personal, salvífica y samaritana (SMC IV).

5º. El Capellán castrense no es un añadido del clero diocesano o regular, sino que tiene una especificidad propia, descrita en la Constitución Apostólica SMC (cf. VI) y vertebrada por  la historia de su propio presbiterio castrense y por la realidad militar donde se desenvuelve su actividad pastoral. Las notas que lo definen serían, entre otras, coherencia ministerial, carácter flexible para la comunicación humana, seguridad en lo que enseña, creatividad en la acción, misionero de frontera y puente (pontífice) entre tropas y mandos. Todo esto vuelve muy novedosa y atractiva la figura del Capellán castrense para una juventud que valora lo personal, la proximidad, la aventura, la generosidad y las misiones internacionales. Las Academias militares serán lugares preferentes  en la evangelización de las nuevas generaciones.

 Las exigencias culturales del momento, los desafíos eclesiales y la nueva configuración de los ejércitos requieren a sacerdotes “convenientemente dotados” (SMC VI) en el orden espiritual, intelectual y pastoral. Han de tener un corazón fuertemente centrado en Dios y una mente muy preparada, para que puedan dar razones para creer, tanto a oficiales como a tropa. Invertir en sacerdotes bien preparados para el mundo castrense es garantía de una “nueva evangelización” según el sentir de la Iglesia y acorde con los signos de los tiempos. Esta preparación los capacita para ser   agentes dialogantes en las relaciones ecuménicas dentro del campo militar y obreros de la cultura de la paz y de la civilización del amor. De no ser así, el Capellán militar puede quedarse reducido a un simple funcionario de un culto ocasional.

6º. Aceptar ejercer el ministerio episcopal como presencia institucionalizada en el seno de las Fuerzas Armadas tiene sentido si el Obispo mantiene la fisonomía jurisdiccional propia de su oficio (SMC IV), y la ejerce según el modelo de Cristo, Buen Pastor (SMC II, 4). Esto comporta la exclusión de revestimientos y honores que asfixien, de algún modo, lo característico de su misión episcopal. Instituir la presencia de un Obispo católico, con su presbiterio, dentro del mundo militar solamente tiene sentido si es para servir limpiamente a la evangelización y a la promoción humana de los soldados y del personal militar (SMC X)[21].

7º. La “nueva evangelización” pide dialogar en el patio de los gentiles, en donde se hallan todos aquellos militares o fieles de nuestra jurisdicción que se han alejado de la Iglesia o no conocen a Jesucristo. Esto nos exige ser conscientes de que “como sacerdotes debemos salir a los múltiples caminos en los que se encuentran los hombres, para invitarles al banquete nupcial”[22]. Y ello sin olvidar a los que están en la casa del Señor y que tienen necesidad de ser alimentados con la Palabra de Dios y los Sacramentos. Es necesario, en fin, saber aprovechar en todo momento los preambulafidei que encontramos en el alma del soldado, como consecuencia de esa religiosidad natural que nace de los valores castrenses de hondas raíces cristianas. Para ello, es necesario que toda diócesis castrense, como Iglesia particular, “actúe como fermento apostólico y también misionero entre los demás militares con los que conviven” (SMC IX). Ello demanda valentía evangélica e ilusión en lo que se hace.

8º. En la predicación, catequesis y formación cristiana de los militares hay que ir a lo esencial. A esto ayuda la utilización del Catecismo de la Iglesia Católica y un mayor conocimiento de la Sagrada Escritura, sobre todo de los Santos Evangelios[23]. Asimismo, es de suma importancia el esmero de las celebraciones litúrgicas. Si los militares cuidan tanto sus ceremonias castrenses, ¿no tendríamos que poner el mismo interés, o más, en la administración de las cosas santas? Los ritos y sacramentos han de celebrarse como la Iglesia quiere. Si cualquier militar se caracteriza por su fidelidad y lealtad al mando, nuestros capellanes han de distinguirse por su sintonía con las disposiciones de la Iglesia, por el conocimiento de la normativa eclesial y por su comunión sincera con los sucesores de los apóstoles y con el Papa (SMC II, 2).

9º. Evangelizar es presentar la vida cristiana como una bella aventura. Ser cristiano no es una carga, no es llevar una existencia gris. Es el encuentro con una Persona que otorga sentido a la vida y cuyo mensaje ofrece la plenitud y alegría que el ser humano anhela en su interior. El militar, como cualquier otro ciudadano, siente el enérgico atractivo de los bienes de este mundo y una fuerte confianza en la técnica moderna de seguridad ante los peligros bélicos. Ello le puede alejar de plantearse seriamente el seguimiento de Cristo como respuesta última de su existencia: ¿Para qué hacerse cristiano?¿Qué me da el cristianismo que ya no tenga? Entrar en la dinámica de la “nueva evangelización” significa saber dar motivaciones humanas y sobrenaturales para hacerse cristiano, porque en ello no sólo nos jugamos la salvación y la condenación eterna, sino también la felicidad, el gozo y los bienes que reporta el Evangelio en esta vida y los males que nos permite evitar. Nuestro reto es ser sembradores de la dicha que entraña ser militar cristiano católico.

10º. Dios es el gran marginado en esta sociedad. La Pastoral castrense, en clave de “nueva evangelización”, implica recuperar el primado de Dios en la organización y desarrollo de todas nuestras actuaciones personales y colectivas. Los ejércitos del siglo XXI tienen muy bien organizados los servicios de  asistencia social, psicológica, jurídica y médica de los mandos, tropas y sus familias. Lo que esperan de la presencia de la Iglesia Católica en el mundo castrense, sin renunciar por un falso pastoralismo a un status similar al de estos otros servicios, es que sea Maestra de la verdad, de la paz, del amor y del perdón. Para ello, Obispos y capellanes castrenses hemos de ser  hombres de Dios. Que sepamos comunicar, con los medios modernos a nuestro alcance, que no hay incompatibilidad entre el mensaje que nos trajo Cristo, Príncipe de la paz,  y la vocación militar de defender la libertad, la seguridad, la soberanía de la Patria y el bien de la humanidad.

 

III. CONCLUSIÓN: A MODO DE TESTIMONIO.

Como  sucede en las Naciones a la que ustedes representan, cada una con su singularidad y sus retos, la realidad social, política, económica y religiosa de mi país no deja de ser complicada. A pesar de los años transcurridos desde la muerte del anterior Jefe del Estado (1975) y el consiguiente proceso de transición democrática, no han sido superados completamente los prejuicios sobre lo militar, y más en concreto acerca del clero castrense en general. Todavía una minoría se niega a aceptar que los militares, por las “peculiares condiciones de su vida”[24], necesitan una atención específica y diferenciada, y cree  que la presencia de la Iglesia Católica en las Fuerzas Armadas es una concesión al antiguo régimen.

Sin embargo, en estos últimos tiempos, la imagen del Capellán se ha visto  mejorada gracias a su benéfica presencia en las misiones internacionales. Por otro lado, la labor de estos sacerdotes sigue siendo, como lo era antes, bastante desconocida y no suficientemente valorada ad intrade la Iglesia.

Aunque, desde un relativismo cultural y un laicismo incisivo, se intente reducir la presencia social de la Iglesia Católica, favorecer al Islam y potenciar otras minorías religiosas, la actual Ley de Libertad Religiosa en España tiene una valoración positiva del hecho religioso, y ha sido un marco válido para el buen entendimiento entre las diversas religiones en la sociedad española. En lo que a nosotros afecta, la mayoría de los militares se confiesan católicos, más o menos practicantes. Hay un pequeño porcentaje de agnósticos, pero bastante respetuosos con la cultura católica. Asimismo, hay que constatar un reducido número de protestantes, principalmente latinoamericanos. La proporción mayor de musulmanes  se encuentra entre el personal de tropa de las ciudades de Ceuta y Melilla que puede alcanzar  un número significativo. Ahora bien, el gran desafío es que la identidad católica se encuentra muy diluida.

Con vistas a iluminar pastoralmente esta realidad polifacética, en el ánimo del Arzobispado Castrense de España está arraigada la confianza en el Señor y el esfuerzo por conocer de forma adecuada y servir lúcidamente el medio militar en el que se actúa. Dispuesta a dar razón de su esperanza a aquellos que se la pidieren, nuestra Iglesia particular desea afianzar su vocación de ser sal y luz en medio de las Fuerzas Armadas y Cuerpos de Seguridad del Estado, con el propósito de llevar entre ellos una labor de hondo calado evangelizador y profunda humanidad, en un marco de colaboración con las Iglesias particulares de España y de solícita y fecunda relación con las Instituciones del Estado.

El Arzobispado Castrense de España se siente depositario de una rica herencia humana y cristiana, que estimamos hemos de cultivar con seriedad y tesón. En su dilatada historia, esta Iglesia Particular ha contando con pastores egregios y con fieles que se han tomado muy en serio su vocación militar y cristiana. En la actualidad se han dado pasos significativos en numerosos ámbitos pastorales e institucionales, como la modernización de la Curía, la potenciación del Seminario, la pastoral juvenil, el cuidado de las vocaciones castrenses, el envío de capellanes a distintas Universidades de la Iglesia en las que obtener grados académicos con los que servir más adecuadamente a los fieles…

Aún queda más por hacer, es cierto; pero a  los desafíos innumerables  que cada día surgen entre nosotros  estamos consiguiendo ofrecer respuestas ilusionantes, como hemos podido comprobar en el elevadísimo número de jóvenes de nuestra diócesis que ha participado en la reciente Jornada Mundial de la Juventud en Madrid.

Esa juventud, no lo olvidemos, es el futuro. Precisamente por ello creo que debemos afrontar con esperanza la misión evangelizadora que el Señor nos ha encomendado. Para el desarrollo de la misma me parece interpretar el sentir de todos si digo que estos días de convivencia, estudio y reflexión que la Congregación para los Obispos nos ha brindado, serán para nosotros un torrente de luz y nos proporcionarán un abanico de sugerencias, que se transformarán en un poderoso acicate, tanto humano como ministerial.

Además, y sobre todo, en medio de nuestros afanes apostólicos, no dejaremos de tener el auxilio del Salvador, que, a la vez que nos recuerda que somossiervos inútiles, nos anima a hacer lo que tenemos que hacer. Con esta convicción, y como sucede en cualquier encomienda eclesial, debemos confesar modestamente que ha sido más lo que hemos recibido que aquello que hemos podido dar. De este modo, entre nosotros no puede haber lugar para el desaliento. Procedamos, pues, en nuestro camino con paso firme y ademán gozoso, sabiendo que contamos continuamente con la gracia de Dios, que nos precede, sostiene y acompaña en esta apasionante tarea de servir al Señor de los ejércitos y a aquellos que lo invocan con sincero corazón.

No es cualquier cosa la misión que nos incumbe. Tenemos una noble tarea, la de acompañar con la luz del Evangelio a aquellos que custodian la paz y aseguran el orden justo. La queremos llevar a cabo de la mano de María, Estrella de la Esperanza, potenciando siempre ese clima de fraternidad y creciente entendimiento, que ha de distinguir a nuestros pueblos y a la comunidad de las Naciones.

Muchas gracias.

† Juan del Río Martín,
Arzobispo Castrense de España


[1] Que  ahonda sus raíces en la reorganización del Arma de Infantería en Tercios en 1532, y que alcanza una forma canónica estable en 1664 mediante el Breve Cum sicutMaiestatisTuae, del Papa León X. Cf. MARTÍN DELPÓN, J. L.,  El régimen jurídico del Servicio de Asistencia Religiosa de las Fuerzas Armadas: Revista Española de Derecho Canónico 164 (2008) 186; ZAYDÍN Y LABRID, P., Colección de breves y rescriptos de la jurisdicción castrense de España, Madrid 1925.

[2]En esta misma línea se expresa el Teniente General Agustín Muñoz-Grandes Galilea: “Los actuales agresores son ahora en muchos casos combatientes anónimos, sin uniforme ni nombre ni bandera, que no poseen un territorio definido, pero que, en el caso del islamismo fanático-revolucionario, tienen un objetivo final tan ambicioso como lo fue en el siglo VII”. MUÑOZ-GRANDES, A., Sociedad y milicia. Dos retos a vencer en el Siglo XXI. Activación de la conciencia de defensa nacional. Reafirmación de las virtudes militares, Madrid 2010, 17.

[3]Cf. MUÑOZ-GRANDES, A., Sociedad y milicia. Dos retos a vencer en el Siglo XXI. Activación de la conciencia de defensa nacional. Reafirmación de las virtudes militares, Madrid 2010, 37.

[4]BENEDICTO XVI, Discurso al nuevo Embajador de Argentina ante la Santa Sede, 5 de diciembre de 2008.

[5]BENEDICTO XVI, Discurso al 56º Congreso nacional de Juristas italianos, 9 de diciembre de 2006.

[6]BENEDICTO XVI, Discurso en el Palacio de Bellevue, 22 de septiembre 2011.

[7]JUAN PABLO II, Homilía en la plaza de José Martí de La Habana, 25 de enero de 1998.

[8]BENEDICTO XVI, Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2002, 14.

[9]BENEDICTO XVI, Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz, 1 enero 2002, 8; 15.

[10]A este respecto, me parecen luminosas las palabras de Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica  Ecclesia in Europa: “La cultura europea da la impresión de ser una apostasía silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera... Asistimos al nacimiento de una nueva cultura, influenciada en gran parte por los medios de comunicación social, con características y contenidos que a menudo contrastan con el Evangelio y con la dignidad de la persona humana. De esta cultura forma parte también un agnosticismo religioso cada vez más difuso, vinculado a un relativismo moral y jurídico más profundo, que hunde sus raíces en la pérdida de la verdad del hombre como fundamento de los derechos inalienables de cada uno”. JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica  Ecclesia in Europa, 9.

[11]Siguiendo a Juan Pablo II, en su  Exhortación Apostólica Pastores Gregisdice que el Obispo castrense ha de ser elanimador de una espiritualidad de comunión y misión”.JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Pastores Gregis, 22.

[12]Cf. HERRANZ, J., “La naturaleza de los Ordinariatos Militares a la luz de la Constitución Apostólica SpiritualiMilitumCurae y de los sucesivos documentos del Magisterio”,en:Ministeriumpacis inter arma. A 20 anni dalla ConstituzioneApostolica Spirituali MilitumCurae, Cittá del Vaticano 2006; SCOLA, A., ¿Quién es la Iglesia? Una clave antropológica y sacramental para la eclesiología, Valencia 2008.

[13]Cf. BRAVO CASTRILLO, F. J., La asistencia religiosa en las Fuerzas Armadas, derecho del militar creyente. Tesis doctoral en la Facultad de Derecho de la Universidad de Salamanca, 2011.

[14]Cf. ALONSO BAQUER, M., “El derecho a la libertad religiosa y el respeto a las tradiciones y valores castrenses”, en: El Hecho Religioso en las Fuerzas Armadas: libertad y diversidad. Conferencia Internacional de Jefes de Capellanes Militares, Madrid 1-5 Febrero 2010; BENEDICTO XVI, Discurso al Parlamento Federal de Alemania,  22  septiembre  2011.

[15]Cf.VIANA, A., Territorialidad y personalidad en la organización eclesiástica. El caso de los Ordinariatos  Militares, Pamplona 1992.

[16]Cf.CORRAL SALVADOR, C., Derecho Internacional Concordatario,  Madrid 2009, 235-253.

[17]Cf.GHIRLANDA, G., “Ordinariato castrense o militar”, en C. CORRAL SALVADOR-J. Mª URTEAGA EMBIL  (ed.),  Diccionario de Derecho Canónico, Madrid 1989, 427-430.

[18]Cf.BAURA, E., “Iltitoloepiscopaledeivescovi militari”, en PastoralisMilitumCurae 2 (1997), 3.

[19]Cf.CONCILIO VATICANO II,Const. dogmát. Lumen Gentium, 24.

[20]CONCILIO VATICANO II, Const.past. Gaudium et Spes, 79.

[21]Cf. J. M. ESTEPA LLAURENS, Homilía en: Atti del V ConvegnoInternazionaledegliOrdinariati Militari, Cittá del Vaticano, 23-27 ottobre 2006, 172. Así mismo, el Directorio para el ministerio pastoral de los obispos dice que: “No ceda nunca a favoritismo con el pretexto del rango o de la condición social CONGREGACIÓN PARA LOS OBISPOS, Directorio para el ministerio pastoral de los obispos, Roma 2004, 55. Siguiendo a Juan Pablo II habla de que el Obispo castrense ha de ser el animador de una espiritualidad de comunión y misión”,  que, como hemos dicho, sustenta nuestra Constitución Apostólica SpiritualiMilitumCurae. Cf. JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Pastores Gregis,  22.

[22]BENEDICTO XVI, Discurso en el encuentro con seminaristas alemanes, 27 septiembre 2011.

[23]Cf.BENEDICTO XVI, Exhortación Apostólica postsinodal Verbum Domini, 74.

[24]CONCILIO VATICANO II, Decreto ChristusDominus, 43.

 


 

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