Un hombre rebosante de bondad, saber e inteligencia renuncia a su ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro. Tiene casi ochenta y seis años y, en su declaración nos decía: “(...) [Para] anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer bien el ministerio que me fue encomendado”.
¡Qué hermosa lección de humildad! La humildad consiste en reconocer y asumir la verdad propia. Su clarividencia al darse cuenta cabal del paulatino descenso de su vigor, sin aferrarse a su posición de preeminencia como Pastor de más de mil millones de católicos, nos hace inclinar la cabeza, y quizás deslizar una lágrima, ante la sublimidad de un acto tal de desprendimiento de sí en favor de la Iglesia a la que tanto ama.