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PREGÓN DE SEMANA SANTA EN BADAJOZ

“Mi profesión me ha permitido; es más, me ha ayudado a vivir en primera persona experiencias de Amor a Cristo en las circunstancias más insospechadas. No, no me ha sido nada difícil ser un soldado al servicio de mi gente, de mi Patria, y al servicio de Cristo. Al fin y al cabo, alguien dijo una vez que la Milicia no es más que una religión de hombres honrados”.

Texto del Pregón

Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades, Señoras y Señores, Amigos. Queridos Hermanos Cofrades... ¡qué Dios os perdone! Qué Dios os perdone la temeridad de encargarme a mí, un pobre lego en la materia, nada más y nada menos que la responsabilidad de pregonar la Semana Santa de Badajoz precisamente ante vosotros, que lleváis toda la vida sintiendo en lo más hondo de vuestra alma la emoción de conmemorar estos Misterios de una manera tan intensa y tan de aquí, tan de Badajoz.

No obstante, aunque la certeza de mi escasa idoneidad para el encargo me inquieta, también es igualmente sabido que lo que con Amor se emprende no tiene precio a los ojos de Dios. Por eso precisamente, asumo el reto con el valor que a un Soldado se le supone y, al mismo tiempo, con la confianza fundada en el amparo del Altísimo. ¡Qué Dios me ayude… y a vosotros, os perdone!

De un Pregonero se espera, eso, que pregone, que anuncie un evento normalmente de singular relevancia: Señoras, Señores, se hace saber que tanto amó Dios al mundo, y naturalmente también a Badajoz, que nos entregó a su propio Hijo para que el mundo se salve por Él. He dicho. Por eso, he de confesarles, mi primer impulso podría haber sido el de invitarles a participar en nuestra Semana Santa… ¡y misión cumplida! Desde luego que no haré tal cosa. Con este granito de arena me sumo a la expresión pública de fe en Jesucristo que son las celebraciones que vamos a vivir en los próximos días, expresión pública y sin complejos en las calles de Badajoz porque, como dijo el Papa Francisco, “si no confesamos públicamente a Jesucristo, nos convertimos en una simple ONG”.

En estos ya casi cinco años en los que he tenido la oportunidad de vivir, y creo que también de integrarme aceptablemente en nuestra ciudad, he tenido también la fortuna de sentir en toda su extensión el significado, el sentido profundo de su Semana Santa. Y, en consecuencia, de presenciar con para mí antes desconocida emoción, los Pregones con los que, en este mismo escenario y en algún otro de la ciudad, otros mucho más cualificados Pregoneros nos han obsequiado. Es una verdad evidente que nadie puede dar aquello que no tiene, por eso no esperen de mí el arrebato vibrante de mis predecesores, sino más bien los susurros del silencio con los que yo aprendí a vivir la Pasión y Muerte del Salvador en los ya lejanos años de infancia en mi Galicia natal. Una celebración íntima, introspectiva, tal vez incluso un tanto melancólica, consecuencia probable de la bruma y el frío que en estas fechas suelen apoderarse de las noches de Procesión en mi Tierra. Tras la del Domingo de Ramos, una única Procesión recorría las calles de Orense, la de Viernes Santo, Santo Entierro, breve, silenciosa, escasa de Pasos. Fría, muy fría… los pies congelados y los ojos tristes ante la Muerte de Nuestro Señor.

En la Catedral de Orense, en una Capilla que lleva su nombre, se venera la imagen del Santo Cristo. Se trata de una imagen gótica, de dos metros de altura, que impacta por su tremendo realismo. La cabeza, con la boca profundamente abierta, contribuye a dar la sensación de muerto al Cristo. La barba, el bigote y el pelo son postizos de pelo natural, circulando por la ciudad la leyenda de que este pelo le crece. Esta es la imagen icónica de la Semana Santa orensana.

Yo nací y me crie en una familia humilde, sencilla. A pesar de las estrecheces, mis padres hicieron todo lo posible para que tanto mis dos hermanas como yo estudiáramos en los mejores colegios, y no solo buscando la calidad de la enseñanza, que también, sino sobre todo buscando la formación en la fe. La Providencia, que no descansa, hizo que a mí me correspondiera estudiar con los Hermanos Maristas. ¡Nunca se lo agradeceré lo suficiente! A la Providencia, y a mis padres. Así aprendí a preparar la Semana Santa en unos retiros juveniles que pomposamente llamábamos Ejercicios Espirituales, ¡qué no se enfade San Ignacio! Oración, reflexión, meditación. Era, créanme, una magnífica manera de celebrarla.

Y en estas andaba yo, en esa tierna edad de la adolescencia, en la que si de algo careces es de madurez para adoptar grandes decisiones, cuando tuve que tomar las dos más importantes de mi vida. Hoy, con la perspectiva que da el tiempo, he de reconocer que en las dos acerté plenamente. De nuevo la Providencia.

La primera, por orden cronológico, fue la de enamorarme. ¡Éxito pleno, a la vista está! La segunda, también todo un acierto, la de ser Militar. Extraña decisión pues en los anales de mi familia ni los más viejos recordaban un solo uniforme. ¿Qué buscaba yo en la Milicia? Entonces desde luego no lo sabía, ni siquiera me lo planteaba seriamente: ¿aventura, valores, ganas de servir, de proteger…? Tal vez sirva de pista para comprender esa decisión una frase del Evangelio que siempre me conmovía al escucharla: “Nadie tiene más amor que aquel que da su vida por sus Amigos”. No sé.

Una vez dentro, con el paso de los años, encontré respuesta sobrada:

Ese Ejército que ves
vago al yelo y al calor,
la república mejor
y más política es
del mundo, en que nadie espere
que ser preferido pueda
por la nobleza que hereda,
sino por la que él adquiere;
porque aquí a la sangre excede
el lugar que uno se hace
y sin mirar cómo nace
se mira como procede.

Mi fe es la fe de un Soldado, y será desde esta perspectiva desde la que trataré de invitarles a involucrarse de todo corazón en la Semana Santa que está a punto de comenzar. La fe de un Soldado, les decía, que ha de ser sencilla y sincera, como la del Centurión de Cafarnaúm: “Señor, no te molestes, no soy digno de que entres en mi casa, basta que lo digas”. Ni siquiera fue él en persona a ver a Jesús, sino que envió a algunos de los ancianos de los judíos: “Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestro pueblo y nos ha construido la sinagoga”. Respetuoso con las normas de los judíos no quiso poner a Jesús en el brete de contaminarse entrando en la casa de un gentil, de un extranjero. Fe humilde y confiada: “Porque yo también vivo bajo la disciplina y tengo soldados a mis órdenes; y le digo a este ve, y va; y a otro ven, y viene”. Sanación de alma y cuerpo, petición de ayuda ante el sufrimiento del Centurión por el soldado sufriente, enfermo. ¡Cuántas veces en una situación similar, de un pariente o un amigo enfermo, necesitamos volver humildemente la vista a Jesús y decirle: “Señor, si tú quieres…”!

Por eso para él, para el Centurión, la conclusión era evidente: “Señor, no te molestes. Di una sola palabra, y mi soldado quedará sano”. Grato debió ser su comportamiento a los ojos del Salvador pues el enfermo se curó y, desde hace ya muchos siglos, las palabras de aquel Centurión se repiten incesantemente, sin pausa, durante las 24 horas del día, todos los días del año, en algún lugar del planeta, justo tras la Consagración en la Santa Misa.

Sí, algo me decía, desde el principio, que sería fácil vivir la fe precisamente desde dentro de la Milicia. También sin quererlo, sin buscarlo siquiera, este exalumno marista descubre que, en su nueva casa, como Soldado de Infantería, se encontraría con el patronazgo, nada más y nada menos, que de María Inmaculada.

Cornelio, el primer gentil bautizado, era también uno de los míos, otro Centurión.

Aquí la necesidad
no es infamia; y si es honrado,
pobre y desnudo un soldado
tiene mejor cualidad
que el más galán y lucido;
porque aquí a lo que sospecho
no adorna el vestido el pecho
que el pecho adorna al vestido.

Y así, de modestia llenos,
a los más viejos verás
tratando de ser lo más
y de aparentar lo menos.

El Viernes Santo, con su muerte en la Cruz, culmina la Pasión del Señor. Y de nuevo allí un Soldado fue testigo privilegiado de ese gran Misterio de nuestra fe… y se convirtió de corazón: “Verdaderamente este Hombre era Hijo de Dios”. A pesar de su duro cometido como miembro de unas fuerzas de ocupación y de los brutales métodos de la guerra de entonces, no debía ser mala la calidad humana de aquel Oficial, a la vista de su conversión.

Las tropas romanas estacionadas en Palestina estaban compuestas por soldados ya veteranos, acostumbrados a pasadas campañas de expansión del Imperio y ahora destinados en una región pacificada, la Pax Romana del emperador Augusto; una actividad más policial que de conquista. Longinos estaba, con toda seguridad, más que acostumbrado a la crueldad de los combates y habría presenciado numerosas ejecuciones, crucifixiones como la de Jesús. No sería ciertamente un hombre fácil de impresionar. Y, desde luego, interpretaría todo lo que estaba presenciando con su mente analítica propia de su condición militar.

“Padre, perdónales porque no saben lo que hacen”. Increíble, desconcertante. Este pobre reo, a todas luces inocente, víctima de una auténtica vendetta por parte de los suyos, un derrotado, se carga de dignidad y de magnanimidad, ¡como un verdadero César!, y se permite perdonar. No acusa, no se defiende, no se justifica. ¡Qué extraño! Aquí hay algo que se me escapa, pensaría el Centurión. Y, ¿quién era ese Padre al que se dirigía el reo alzando sus ojos al cielo?

Los domingos en el Bagdad de 2.003, recién acabada la guerra que depuso a Sadam Hussein, eran un día casi como otro cualquiera de la semana. Con los mismos problemas, con la misma llamada a la oración, en la lejanía, de madrugada por parte del Muecín, seguida habitualmente del ruido de las explosiones con las que la insurgencia se cobraba su casi diario tributo de sangre y terror. Pero los miembros de la numerosa y variopinta comunidad internacional que vivíamos y trabajábamos en la irónicamente llamada Zona Verde de Bagdad tratábamos de dar al fin de semana un aire diferente. En una sala enorme del Palacio Presidencial, con paredes de mármol decoradas con pinturas de pésima calidad, convertida en sala ecuménica de oración, se sucedían el domingo desde hora bien temprana los oficios religiosos de las diferentes confesiones de los que allí nos encontrábamos. A los católicos, más bien minoritarios, nos tocaba a eso de las cuatro de la tarde.

La Misa la oficiaba un Pater militar del Ejército Norteamericano, un filipino. Y entre los escasos asistentes nunca faltaba una señora mayor, una trabajadora local al servicio de la Coalición, perteneciente a la pequeña comunidad caldea de Irak que para la ocasión vestía completamente de negro, con un ligero velo sobre su pelo. Rezaba con tanta devoción, con tanta circunspección que desde el primer día llamó mi atención. Ella solo hablaba árabe, apenas unas palabras en inglés, God bless you me decía con una sonrisa. Schuk’ran, gracias, le respondía yo. Pero lo que más me emocionaba, la razón por la que sentarme a su lado era mi gran objetivo de los domingos era que, al llegar el momento de rezar el Padrenuestro, ella lo hacía en arameo, la lengua de Jesús, la lengua en la que Jesús nos enseñó a dirigirnos al Padre. La misma lengua en la que Jesús crucificado se dirigió al cielo y llamó a Dios, Padre.

“Hoy estarás conmigo en el Paraíso”. O tal vez dijo Jesús “en mi reino”. Pero, ¿qué reino, qué paraíso puede ofrecer alguien al que le quedan apenas unos minutos de vida? Longinos muy probablemente empezaba ya a barruntar que se trataba de algo diferente, de un reino… ¿espiritual? Sí, tal vez un reino de auténtica Justicia, frente a la injusticia que se estaba cometiendo con aquel nazareno. ¡Y qué mal nos sientan a los militares las injusticias!

“Hijo, he ahí a tu Madre. Madre, he aquí a tu hijo”. Vaya, a pesar de lo que estaba padeciendo, el reo todavía tenía ganas de hablar a aquella Mujer destrozada de dolor, al parecer su propia madre, como para consolarla, y de encomendársela al joven allí presente. Un gesto de ternura que conmueve al Centurión. Él también tendría tal vez una madre en algún lugar lejano de la península itálica, o quien sabe dónde. Y una familia, mujer, hijos, hermanos a los que no veía desde hacía muchos años. ¡Qué ganas de volver a casa! Pero bueno, no era momento de sentimentalismos; volvamos a la brutal realidad.

“Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. ¡Cuánto dolor había en ese grito desesperado!, ¡cuánta soledad!, ¡cuánta desolación! El Oficial era un tipo duro, fuerte, pero ya vamos viendo que no era insensible. Y en su corazón surgió la lástima, mejor dicho, la compasión. Ser un romano no tiene que ser incompatible con apiadarse de los que sufren, de los necesitados.

En el año 1.994 la guerra a tres bandas en los Balcanes continuaba en su dramático apogeo, lejos todavía de los acuerdos de Dayton que posteriormente pusieron fin, más o menos, a aquella locura. Una de las cosas que más llamaba la atención cuando te adentrabas por primera vez por el valle del Neretva, remontando la corriente del río, era ver como buena parte de las casas desperdigadas por los campos y colinas, y en los pueblos, estaban en pie, aparentemente enteras… pero sin tejado, y sin puertas ni ventanas. Una bombona de butano con la espita abierta y una vela encendida, y la explosión escapaba por las partes más débiles; el tejado, la puerta, las ventanas. Era la peculiar forma de disuadir a sus habitantes, previamente expulsados a fuerza de matanzas y hostigamientos, de intentar el regreso. Sus casas, sencillamente, ya no eran habitables y si osaban regresar se les impediría repararlas.

Stolac era uno de esos pueblecitos, de mayoría católica, en los que los musulmanes habían sido expulsados. Bueno, casi todos, porque tres ancianos habían decidido quedarse, no por gusto sino porque a su edad nada tenían que ganar en ningún otro sitio ni apenas nada que perder quedándose en el pueblo en el que habían vivido toda su vida. Y a los católicos, ahora hegemónicos en el pueblo, tampoco les importaba demasiado, no eran peligrosos. Amira era una joven, también musulmana, a la que la guerra había sorprendido estudiando en Sarajevo. Su familia huyó de Stolac y se refugió en la capital, todos menos la abuela, una de esos tres ancianos a los que me refería. Amira, a pesar del peligro y contra la corriente de refugiados que se desplazaban de sur a norte, inició el camino inverso, regresó a Stolac y se hizo cargo de la abuela y de aquellos pobres viejos. En una de las casas abandonadas, pero con tejado, y puertas y ventanas restauradas por las tropas españolas, Amira daba el mejor ejemplo posible de compasión y de misericordia hacia quienes nada esperaban ya de la vida sino morir en su tierra, con un mínimo de dignidad.

“Tengo sed”. Rápido, que le acerquen a la boca una esponja mojada con lo que haya más a mano, con vinagre, sí, vale. Sin embargo, no debía ser ese tipo de sed la que tenía el reo, pues rechazó la esponja. ¿Qué tipo de sed, pues? Santa Teresa de Calcuta la identifica como sed de amor. Sed del Amor de Dios, y sed del amor de todos nosotros, causa de su venida al mundo y de su Pasión y de su Muerte.

“Todo está consumado”. ¿Qué es lo que se acaba de consumar? Sin duda algo que no se puede explicar desde la lógica humana. En la cabeza de Longinos bullían las dudas; mil preguntas, ninguna respuesta. Sin apenas darse cuenta, aquel Soldado estaba siendo presa de una profunda inquietud… religiosa. El punto álgido de su conversión se acercaba, y lo que escuchó a continuación fue determinante.

“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. El grito fue desgarrador, impropio de quien apenas conserva fuerza alguna. El crucificado, finalmente, se desploma, muerto. Entonces la tierra tembló, se hizo una profunda oscuridad, aterradora incluso para un corazón tan curtido como el del Centurión. Más tarde supo que el velo del Templo de los judíos se había rasgado de arriba abajo, y dicen que muchas tumbas se abrieron, y que resucitaron los muertos… Él, un rudo soldado, pagano, temía a los dioses, pues sabía que eran terribles, crueles. Sin embargo, a este nuevo Dios le llaman Padre. ¡El mundo al revés! No podía ser; durante toda la mañana se venía resistiendo a aceptarlo porque hacerlo suponía asumir un cambio radical en su vida. Un cambio que tiene un nombre, conversión. Finalmente se dejó llenar del Amor de Dios, se rindió a la evidencia y proclamó sin reservas: “Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”.

Impresionante, maravilloso el breve itinerario, apenas unas horas, recorrido por mi “compañero” desde la tarde del Jueves. Un militar probablemente lleno de virtudes humanas que, finalmente, le han llevado a la fe. La fe al pie de la Cruz, ante un crucificado como tantos otros que él había visto morir, imagen viva del fracaso. Y sin embargo… ¡Qué suerte la de este Centurión!, ¿puede haber en toda la historia de la humanidad un momento más digno de ser presenciado? Y él, un Soldado, lo vivió en primera persona, a los pies, literalmente, del Salvador.

Ya ven ustedes, no es tan paradójico ser Soldado y vivir la fe en Cristo Resucitado. Por el contrario, el militar necesita armarse de buenas razones para poner incluso su propia vida en riesgo. Valores, convicciones, compromiso… La diferencia, precisamente, entre un Soldado y un mercenario. Nuestras ganas de servir las sublimamos en ese objeto de amor apasionado, que es la Patria. Pero, independientemente de la opción religiosa de cada uno, necesitamos un enganche con lo trascendente, algo que dé sentido a un sacrificio personal que puede llegar a ser definitivo. El Soldado necesita saber que la muerte no es el final, que aunque morimos no somos carne de un ciego destino. Por eso en el momento más emotivo, con el que finalizan todas nuestras ceremonias, ese en el que recordamos a quienes nos precedieron, al toque de Oración, elevamos la vista al cielo y cantamos emocionados que cuando la pena nos alcanza por un compañero perdido, cuando el adiós dolorido busca en la fe su esperanza, en la Palabra de Dios confiamos con la certeza en que Él ya le ha devuelto la vida, ya lo ha llevado a la luz.

Mi profesión me ha permitido; es más, me ha ayudado a vivir en primera persona experiencias del Amor de Cristo en las circunstancias más insospechadas. No, no me ha sido nada difícil ser un Soldado al servicio de mi gente, de mi Patria, y al servicio de Cristo. Al fin y al cabo, alguien dijo una vez que la Milicia no es más que una religión de hombres honrados:

Aquí, en fin, la cortesía,
el buen trato, la verdad,
la firmeza, la lealtad,
el honor, la bizarría,
el crédito, la opinión,
la constancia, la paciencia,
la humildad y la obediencia,
fama, honor y vida son
caudal de pobres soldados;
que en buena o mala fortuna
la milicia no es más que una
religión de hombres honrados.

Estos versos los escribió otro Soldado, claro. Se llamaba Pedro Calderón de la Barca.

El Sábado Santo tocaba vigilia… En mis recuerdos ese era el momento más grande, más emotivo. Porque, al final, ¡resucitó! El derrotado del Viernes ha triunfado. La Resurrección es, evidentemente, el hecho más trascendental de todo el misterio de la Salvación, el que da sentido a nuestra existencia. La Resurrección es la luz que barre las tinieblas de los días anteriores. Si Cristo no hubiera resucitado, vana sería nuestra fe.

Queridos amigos, en unas horas dará comienzo la Semana Santa, la Semana Santa de Badajoz. Las imágenes, la música, las vestiduras de los penitentes, el silencio. En una palabra, la Liturgia nos llegará al corazón y ha de encontrarnos receptivos, preparados para acompañar al Señor por las calles de nuestra ciudad. En el Domingo de Ramos, en el lavatorio de los pies, en la cena, en el huerto, en el prendimiento, en los azotes, con las espinas, con Pedro y sus negaciones, ante Pilatos, en las caídas camino del Calvario, con la Madre sufriente, con los ladrones, con mi amigo Longinos. Acompañemos a Jesús humillado, sufriente, azotado, crucificado… y muerto en la Cruz. Con fe, con agradecimiento por su sacrificio inmenso, con respeto, con lágrimas si hace falta. Hasta el júbilo sin medida del Domingo de Resurrección.

La Liturgia del templo continúa en la calle. Las procesiones no suplantan la Liturgia, sino que la complementan. Badajoz vive intensamente estos Misterios. Badajoz celebra con pasión la Pasión de Cristo. Y así, generación tras generación, los badajocenses hemos hecho de nuestra Semana Santa una seña de identidad. Por eso es de justicia agradecer a todos cuantos hacéis posible esta maravilla vuestra dedicación desinteresada y vuestro trabajo. Me refiero, naturalmente a las Cofradías, que lleváis el Evangelio a las calles de la ciudad y que, como con esto no basta, no dejáis de trabajar el resto del año por aquellos que más lo necesitan, Evangelio vivo. Porque una fe sin obras, es una fe muerta.

Y también gracias a las autoridades, a los servicios públicos, a los vecinos.

Termino como empecé, anunciándoles que algo grande y hermoso va a ocurrir en las calles de Badajoz. Permítanme que les invite, que les exhorte a participar intensamente en los Misterios de la Muerte y Resurrección del Señor. Con el corazón dispuesto a dejarse cautivar por el Amor infinito del Redentor, como hizo aquel rudo Centurión al que, en poco más que un par de horas, todo su mundo anterior se le vino abajo, con todo lo duro que es eso. Pero a pesar de ello, este hombre no dudó en confesar la divinidad de Cristo dando así un vuelco total a su vida. ¡Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios!

¡Qué el Señor, Dios de los Ejércitos, les bendiga a todos ustedes!

Muchas gracias.

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