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San Ezequiel Moreno y Díaz (1848-1906)

SAN EZEQUIEL MORENO Y DÍAZ (1848-1906)
Capellán castrense en la isla Palawan (Islas Filipinas)

Nació el 9 de abril de 1848 en Alfaro (La Rioja), en el seno de una humilde familia y muy católica. Sus padres fueron Félix Moreno y Josefa Díaz. Desde muy niño descubrió su vocación a la vida religiosa y el 21 de septiembre de 1884 ingresó como religioso en el convento de los agustinos recoletos en Monteagudo (Navarra). Al año siguiente hizo su profesión religiosa en el teologado de Marcilla (Navarra).

San Ezequiel MorenoEl 10 de febrero de 1870 llega a Manila (Islas Filipinas), donde el 3 de junio de 1871 fue ordenado sacerdote y destinado a la isla de Mindoro para iniciar sus actividades misioneras junto a su hermano Eustaquio. La integridad de su conducta, su amor por los enfermos y sus insaciables ansias misioneras le ganaron la estima de los superiores.

Así que, cuando el padre Ezequiel no contaba aún con un año de ordenación sacerdotal, fue escogido por sus superiores para ser el primer capellán castrense en la expedición que el gobierno español había organizado para la colonización de la isla de Palawan, en el archipiélago filipino de las Visayas. Políticamente estaba completamente abandonada por las autoridades españolas y los piratas musulmanes joloanos la habían hecho centro de sus correrías para asaltar a los poblados cristianos de otras islas adyacentes[1].

Por otra parte, algunos países tenían puesta la mira en esta isla. Por ello, el gobierno español decidió colonizarla y fundar la capital en Puerto Princesa, en el centro de la isla, que tenía un hermoso puerto natural.

Los expedicionarios, después de oír misa en la iglesia agustiniana de San Sebastián de Manila, salieron el 22 de febrero de 1872 en el transporte Marqués del Duero y escoltados por el cañonero Samar. Llegaron el 4 de marzo a la bahía de Puerto Princesa. Allí enarbolaron la bandera española y comenzaron a talar y desmontar terrenos para plantar las tiendas de campaña. El padre Ezequiel, que estaba acompañado por el padre Antonio Muro, levantó un pequeño cobertizo, que sirviera de capilla, y allí celebraron la primera misa el 10 de marzo.

La mayoría de los expedicionarios era gente poco cristiana, de mala vida: soldados penados, sacados de la cárcel; marineros, mandados en castigo por faltas cometidas; algunas mujeres de mala reputación… Por ello, el padre Ezequiel pensó en crear pueblos de nativos lejos de esta nueva ciudad, pues los nuevos convertidos podían recibir malos ejemplos. Escribe:

Con 22 en Filipinas.01“¿Qué pensarían de nuestra religión los nuevos cristianos al ver las cosas que aquí se hacen, cosas que necesariamente habían de ver? Y no sólo verían, sino que oirían. Y, sin recelo alguno, me atrevo a decir que les serían dirigidas pretensiones diabólicas y solicitaciones infames de parte de los que aquí residen” (Carta desde Puerto Princesa, julio de 1872).

El padre Antonio Muro[2], que vivía con él, declaró:

«Trabajó como un apóstol, dando claras pruebas de la caridad que ardía en su pecho. Él cuidaba de que nada faltase en lo espiritual a los enfermos, que eran muchos; predicaba a los sanos y procuraba que todos marchasen por los senderos de los divinos mandamientos. Así logró unir con el santo lazo del matrimonio a dos jóvenes sirvientes que hacía tiempo vivían en pecado, y bautizó “in articulo mortis” (en el momento de la muerte) a un chino, habiéndole instruido antes en lo indispensable para alcanzar la salvación. De padres protestantes nació allí un niño; y como pidiesen el bautismo para la criatura, accedió gustoso el padre Ezequiel a condición de que se expresara en la partida de bautismo la religión de sus padres».

Pero el afán misionero del padre Ezequiel no podía contentarse con la guarnición española de Puerto Princesa. Él quería evangelizar a los no cristianos del territorio circundante. Por ello, organizó algunas correrías apostólicas. Tras ellas regresó al acuartelamiento el 5 ó 6 de diciembre para estar presente en la celebración de la fiesta de la Inmaculada Concepción el 8 de diciembre. Presidió la misa, como siempre, con gran fervor, pero al terminar la misa sintió los primeros síntomas de las terribles calenturas.

La malaria había comenzado su obra. El día 9 hubo de guardar cama, pues la fiebre iba en aumento. El médico militar, doctor Agustín Planter, lo atendió, pero le dijo al padre Antonio: “Escriba al padre provincial que el padre Ezequiel está padeciendo calenturas perniciosas, doble cotidianas, de mal género”. Sin embargo, fue mejorando lentamente. En Navidad, pudo celebrar misa con mucho esfuerzo.

Felizmente, el 10 de enero de 1873 arribó a Puerto Princesa un vapor del gobierno que, desde Singapur, conducía al nuevo gobernador y capitán general de Filipinas, don Juan Alaminos. El médico opinó que debía aprovechar la oportunidad para ir a Manila a recuperarse. Y así, embarcó rumbo a Manila, dejando para siempre aquellas playas, que tan gratos recuerdos dejaban en su alma. Apenas había permanecido en Palawan nueve meses.

Más tarde, fue nombrado superior del convento de Monteagudo, regresando a España para dedicarse a la formación de los futuros religiosos misioneros.

Con 22 en Filipinas.02En 1888 viajó a Colombia, al mando de un grupo de misioneros agustinos recoletos. Como superior, hizo un viaje de cinco meses por los Llanos de Casanare, donde habían evangelizado los antiguos frailes candelarios (recoletos) con el propósito de enviar religiosos para continuar la evangelización en aquellos lugares solitarios y abandonados. Al ser creado el Vicariato apostólico de Casanare, es nombrado obispo. Antes de dos años, es preconizado obispo de Pasto, también en Colombia. En este lugar tuvo que luchar mucho contra el liberalismo, que era promovido por el gobierno liberal de Ecuador. Su lucha contra las ideas liberales anticatólicas marcó el resto de su vida. Tuvo distintos conflictos por este motivo. Las luchas no cesaron. Los periódicos liberales se exacerbaban contra él, especialmente con motivo de la revolución liberal de 1895 y con la guerra civil de 1899 a 1902. Su valentía fue reconocida por todos. Sus enemigos lo odiaban y sus amigos y buenos católicos lo alababan.

En 1905 se le diagnosticó cáncer palatino-nasal y, ante las reiteradas súplicas de los fieles y de los religiosos de su Orden, al año siguiente volvió a España para operarse. La operación no tuvo éxito y san Ezequiel, firme en su fe, se retiró al convento de Monteagudo donde murió el 19 de agosto de 1906.

En su testamento había escrito:

“A todos suplico que rueguen a Dios por mi pobre alma. Deseo y pido que me entierren con mi santo hábito religioso, como hijo de mi gran padre san Agustín… Confieso una vez más que el liberalismo es pecado, enemigo de la Iglesia y del reino de Jesucristo y la ruina de los pueblos y naciones. Y queriendo enseñar esto, aún después de muerto, deseo que en la sala donde será expuesto mi cadáver y también en el templo durante las exequias, se ponga un cartel con las palabras: El liberalismo es pecado”.

Su valentía es una cualidad que destacó a lo largo de su vida. No le importaba que lo tacharan con los más graves insultos. Para él lo primero era cumplir la voluntad de Dios y la salvación de las almas de sus feligreses.

Después de su muerte, Dios quiso ensalzarlo a los ojos del mundo e hizo muchos milagros por su intercesión, especialmente a los enfermos de cáncer, de los que es considerado su patrono y protector.

Un valiente misioneroSu fama de santidad creció rápidamente, sobre todo en Colombia. Fue beatificado por el beato Pablo VI en 1975 y el 11 de octubre de 1992 fue canonizado por san Juan Pablo II. San Ezequiel Moreno es considerado uno de los más grandes apóstoles de la evangelización de América.

 


[1] P. Ángel Peña Benito O.A.R., San Ezequiel Moreno. Un valiente misionero. Publicado en 2010 en Lima (Perú).

[2] Monseñor Toribio Minguella, Biografía del Ilmo. señor don Ezequiel Moreno y Díaz, página 25 (Barcelona, 1909).

Modificado por última vez en Lunes, 28 Octubre 2019 11:34

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