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San Francisco de Asís.

San Juan María Vianney (Cura de Ars)

Luigi Giussani, El sentido religioso

 El 31 de octubre de 2025 el Arzobispo Castrense de España el Excmo. y Rvdmo. Sr. D. Juan Antonio Aznárez Cobo, realizó la visita pastoral a la Base Coronel Mate, Colmenar Viejo. 

IMG 20251006 WA0000El próximo jueves, 6 de noviembre, organizado por la Delegación de Juventud del Arzobispado, se celebrará en la Catedral Castrense, un Encuentro en la Fe con el Arzobispo Castrense de España, Don Juan Antonio Aznárez.

El acto comenzará a las 19:30 horas con la celebración de la Eucaristía y a continuación tendrá lugar un Coloquio abierto a todos los participantes, en el que Monseñor Aznárez, charlará con los jóvenes.

El Arzobispo Castrense de España, Monseñor Juan Antonio Aznárez, presidió esta mañana, en la Iglesia Catedral de las Fuerzas Armadas, la Misa funeral en memoria de los 10 capellanes fallecidos durante el último año.

Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!

La resurrección de entre los muertos de Jesús, el Crucificado, ilumina en estos primeros días de noviembre el destino de cada uno de nosotros. Nos lo dijo Él mismo: «La voluntad del que me ha enviado es que yo no pierda nada de lo que él me dio, sino que lo resucite en el último día» (Jn 6,39). Por lo tanto, el núcleo de la preocupación de Dios está claro: que nadie se pierda para siempre, que cada uno tenga su lugar y resplandezca en su unicidad.

Es el misterio que celebramos ayer, en la Solemnidad de todos los santos: una comunión de las diferencias que, por así decirlo, extiende la vida de Dios a todos los hijos e hijas que desearon formar parte de ella. Este es el deseo inscrito en el corazón de cada ser humano, que suplica reconocimiento, atención y alegría. Como escribió el Papa Benedicto XVI, la expresión “vida eterna” trata de dar un nombre a esta espera irreprimible: no es un continuo sucederse de días sin fin, sino el sumergirse en el océano infinito del amor, en el que el tiempo, el antes y el después ya no existen más. Una plenitud de vida y de felicidad: es esto lo que esperamos y aguardamos de nuestro estar con Cristo (cf. Carta enc. Spe salvi, 12).

De este modo, la Conmemoración de todos los fieles difuntos nos acerca más al misterio. La preocupación de Dios por no perder a nadie, en efecto, la conocemos desde dentro cada vez que la muerte parece hacernos perder para siempre una voz, un rostro, un mundo entero. De hecho, cada persona es un mundo entero. Por eso, el día de hoy es una jornada que desafía la memoria humana, tan maravillosa y tan frágil. Sin la memoria de Jesús ―de su vida, muerte y resurrección― el inmenso tesoro que es cada vida se expone al olvido. En la memoria viva de Jesús, en cambio, incluso quien nadie recuerda o quien hasta la historia parece haber borrado, aparece en su infinita dignidad. Jesús, la piedra que los constructores ha rechazado, es ahora la piedra angular (cf. Hch 4,11). Este es el anuncio pascual. Por esta razón, los cristianos recuerdan desde siempre a los difuntos en cada Eucaristía, y hasta la fecha piden que sus seres queridos sean mencionados en la plegaria eucarística. Desde aquel anuncio surge la esperanza de que nadie se perderá.

Que la visita al cementerio, en la que el silencio interrumpe la agitación del activismo, sea para todos nosotros una invitación a la memoria y a la espera. «Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro» profesamos en el Credo. Conmemoramos, por tanto, el futuro. No estamos encerrados en el pasado, en las lágrimas de la nostalgia; tampoco estamos confinados en el presente, como en un sepulcro. Que la voz familiar de Jesús nos alcance, y alcance a todos, porque es la única que viene del futuro. Nos llama por nuestro nombre, nos prepara un lugar, nos libera del sentimiento de impotencia con el que corremos el riesgo de renunciar a la vida. Que María, mujer del sábado santo, nos enseñe a seguir esperando.

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Palabras después del Angelus

Queridos hermanos y hermanas:

con gran dolor sigo las trágicas noticias que llegan de Sudán, particularmente de la ciudad de El Fasher, en el martirizado Darfur del norte. La violencia indiscriminada contra mujeres y niños, los ataques contra civiles indefensos y los graves obstáculos a la acción humanitaria están causando un sufrimiento inaceptable a una población extenuada tras largos meses de conflicto. Recemos para que el Señor acoja a los difuntos, sostenga a los que sufren y toque los corazones de los responsables. Reitero mi sincero llamamiento a las partes implicadas para que decreten un alto el fuego y abran con urgencia corredores humanitarios. En fin, invito a la comunidad internacional a que intervenga con decisión y generosidad, ofreciendo asistencia y apoyando a quienes trabajan incansablemente para proporcionar asistencia humanitaria.

Recemos también por Tanzania, donde, después de las recientes elecciones políticas, se han producido enfrentamientos que han causado numerosas víctimas. Insto a todos a evitar toda forma de violencia y seguir el camino del diálogo.

Los saludo a todos; a los romanos, a los peregrinos provenientes de Italia y de diversas partes del mundo y, en particular, a los representantes del grupo PeaceMed, procedentes de diferentes Países Mediterráneos; al colegio “São Tomás” de Lisboa; a las hermanas Operarias de Brescia, con la compañía teatral “Uno di noi”; a los fieles de Manerbio; a los profesores del Instituto “Aurora” de Cernusco sul Naviglio y a los jóvenes de Rivarolo.

Esta tarde, en el cementerio del Verano, celebraré la Eucaristía en sufragio por todos los difuntos. Espiritualmente, visitaré las tumbas de mis seres queridos; también oraré por los difuntos que nadie recuerda. No olvidemos que nuestro Padre celestial nos conoce y nos ama a cada uno de nosotros y no se olvida de nadie.

A todos, feliz domingo en memoria cristiana de nuestros difuntos.

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Queridos hermanos y hermanas:

Deseo saludar a todos los que han participado en esta solemne celebración, particularmente a los cardenales, a los obispos y a las distinguidas autoridades.

Estoy muy contento de recibir a la Delegación oficial de la Iglesia de Inglaterra, liderada por Su Gracia Stephen Cottrell, Arzobispo de York. Después del histórico encuentro de oración con Su Majestad el Rey Carlos III, que ha tenido lugar hace unos días en la capilla Sixtina, la presencia de su delegación refleja el gozo que juntos compartimos por la proclamación de san John Henry Newman como doctor de la Iglesia. Que él acompañe desde el cielo el camino de todos los cristianos hacia la plena unidad.

Extiendo mi saludo a todos los peregrinos presentes, especialmente a los jóvenes que han dado vida a la “Carrera de los santos”, promovida por las Misiones Don Bosco, que une el deporte y la solidaridad con los niños más desfavorecidos.

Hermanas y hermanos, el misterio de la comunión de los santos, que hoy respiramos “a pleno pulmón”, nos recuerda cuál es el destino final de la humanidad: una gran fiesta en la que celebramos el amor de Dios, presente en todo y en todos, reconociendo y admirando la belleza multiforme de los rostros, todos diferentes y al mismo tiempo semejantes al rostro de Cristo. Mientras anticipamos esta realidad futura, sentimos aún más fuerte y doloroso el contraste con los dramas que la familia humana está sufriendo a causa de las injusticias y de las guerras. Y sentimos todavía más imperioso el deber de ser constructores de fraternidad. Encomendemos nuestra oración y nuestro compromiso a la intercesión de la Virgen María y de todos los santos.

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buen domingo!

Hoy el Evangelio (cf. Lc 18,9-14) nos presenta a dos personajes, un fariseo y un publicano, que oran en el Templo.

El primero se jacta de una larga lista de méritos. Las buenas obras que realiza son muchas, y por eso se siente mejor que los demás, a quienes juzga con desprecio. Se mantiene de pie, con la frente en alto. Su actitud es claramente presuntuosa: denota una observancia exacta de la Ley, sí, pero pobre en amor, hecha de “haber” y “tener”, de deudas y créditos, carente de misericordia.

El publicano también está rezando, pero de manera muy diferente. Tiene mucho por qué pedir perdón: es un recaudador de impuestos al servicio del imperio romano que trabaja con un contrato público, el cual le permite especular con los ingresos en detrimento de sus propios compatriotas. Sin embargo, al final de la parábola, Jesús nos dice que, de los dos, es precisamente él quien vuelve a casa “justificado”, es decir, perdonado y renovado por el encuentro con Dios. ¿Por qué?

En primer lugar, el publicano tiene el valor y la humildad de presentarse ante Dios. No se encierra en su mundo, no se resigna al mal que ha hecho. Abandona los lugares donde es temido, seguro, protegido por el poder que ejerce sobre los demás. Acude al templo solo, sin escolta, aun a costa de enfrentarse a miradas duras y juicios severos, y se coloca delante del Señor, al fondo, con la cabeza inclinada hacia abajo, pronunciando unas pocas palabras: «¡Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador!» (v. 13).

Así, Jesús nos da un mensaje poderoso: no es ostentando nuestros méritos como nos salvamos, ni ocultando nuestros errores, sino presentándonos honestamente, tal como somos, ante Dios, ante nosotros mismos y ante los demás, pidiendo perdón y confiando en la gracia del Señor.

Al comentar este episodio, san Agustín compara al fariseo con un enfermo que, por vergüenza y orgullo, oculta sus llagas al médico, y al publicano con otro que, con humildad y sabiduría, muestra al médico sus heridas, por muy feas que sean, y le pide ayuda. Y concluye: «No es, pues, extraño que saliera más curado el publicano, que no tuvo reparos en mostrar lo que le dolía» (Sermón 351,1).  

Queridos hermanos y hermanas, hagamos lo mismo. No tengamos miedo de reconocer nuestros errores, de ponerlos al descubierto asumiendo nuestra responsabilidad y confiándolos a la misericordia de Dios. Así podrá crecer, en nosotros y a nuestro alrededor, su Reino, que no pertenece a los soberbios, sino a los humildes, y que se cultiva, en la oración y en la vida, a través de la honestidad, el perdón y la gratitud.

Pidamos a María, modelo de santidad, que nos ayude a crecer en estas virtudes.

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Palabras después del Angelus

Queridos hermanos y hermanas:

Quiero expresar mi cercanía a las poblaciones de México oriental, que se han visto afectadas en estos días por un aluvión. Rezo por las familias y por todos aquellos que sufren a causa de esta calamidad, y encomiendo al Señor, por intercesión de la Virgen Santa, las almas de los difuntos.

Seguimos rezando con insistencia por la paz, particularmente mediante la recitación comunitaria del santo Rosario. Contemplando los misterios de Cristo junto a la Virgen María, hacemos nuestro el sufrimiento y la esperanza de los niños, de las madres, de los padres, de los ancianos víctimas de las guerras. Nacen de esta oración del corazón muchos gestos de caridad evangélica, de cercanía concreta, de solidaridad. A todos aquellos que, cada día, con confiada perseverancia, sacan adelante este compromiso, les repito: “Bienaventurados los constructores de paz”.

Dirijo un saludo a todos ustedes, romanos y peregrinos llegados de Italia y de muchas partes de mundo, en particular los de Logroño, en España, San Pedro de Paraguay, Recreio (Brasil) y los cubanos residentes en Europa.

Saludo también a los fieles de Ginosa, Génova, Corato, Fornovo San Giovanni, Milán, San Giovanni Ilarione, Porto Legnago, los jóvenes de Scicli y los que han recibido el sacramento de la confirmación en la Diócesis de Saluzzo, a las Hermanas Reparadoras del Sagrado Corazón, al grupo de Comunión y Liberación de Pavía y a la Coral Polifónica de Milazzo.

Gracias a todos y feliz domingo.

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Queridos hermanos y hermanas:

¡Saludo de corazón a todos los que han participado en esta celebración, que ha sido una gran fiesta de la santidad!

Agradezco a los cardenales a los patriarcas y obispos presentes; saludo también con gratitud al presidente de la República Italiana y al presidente del Líbano, así como a las distinguidas delegaciones oficiales, en particular las de Armenia y Venezuela.

Acojo con alegría a las hijas espirituales de las Fundadoras hoy canonizadas y a las diversas comunidades y asociaciones inspiradas por los carismas de los nuevos santos. ¡Gracias a todos por su devota participación!

Extiendo mi saludo a los demás peregrinos presentes, en particular a la Hermandad del Señor de los Milagros, que ha celebrado su tradicional procesión.

Hoy es el Día Mundial de las Misiones. Toda la Iglesia es misionera, pero en este día rezamos especialmente por aquellos hombres y mujeres que lo han dejado todo para llevar el Evangelio a quienes no lo conocen. Son misioneros de esperanza entre los pueblos. ¡Que el Señor los bendiga!

Las noticias que nos llegan desde Myanmar son, lamentablemente, dolorosas: informan de continuos enfrentamientos armados y bombardeos aéreos, incluso dirigidos a personas e infraestructuras civiles. Estoy cerca de quienes sufren a causa de la violencia, la inseguridad y tantas dificultades. Renuevo mi sincero llamamiento para que se alcance un alto el fuego inmediato y efectivo. ¡Que los instrumentos de la guerra den paso a los de la paz, a través de un diálogo inclusivo y constructivo!

Encomendemos a la intercesión de la Virgen María y de los nuevos santos nuestra continua oración por la paz, en Tierra Santa, en Ucrania y en otros lugares en guerra. Que Dios conceda a todos los responsables sabiduría y perseverancia para avanzar en la búsqueda de una paz justa y duradera.

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