Queridos hermanos y hermanas:
Antes de concluir esta celebración tan esperada, deseo saludar y dar las gracias a todos ustedes, que han acudido en gran número para celebrar a los dos nuevos santos. Saludo con afecto a los obispos y a los sacerdotes. Recibo con deferencia a las delegaciones oficiales y a las distinguidas autoridades.
En este clima, es hermoso recordar que ayer la Iglesia también se enriqueció con dos nuevos beatos. En Tallin, capital de Estonia, fue beatificado el arzobispo jesuita Edoardo Profittlich, asesinado en 1942 durante la persecución del régimen soviético contra la Iglesia. Y en Verszprém, Hungría, fue beatificada María Magdalena Bódi, joven laica, asesinada en 1945 por resistirse a unos soldados que querían violarla. ¡Alabemos al Señor por estos dos mártires, valientes testigos de la belleza del Evangelio!
Confiamos a la intercesión de los santos y de la Virgen María nuestra incesante oración por la paz, especialmente en Tierra Santa y en Ucrania, y en todos los demás territorios ensangrentados por la guerra. A los gobernantes les repito: ¡escuchen la voz de la conciencia! Las aparentes victorias obtenidas con las armas, sembrando muerte y destrucción, son en realidad derrotas y nunca traen paz ni seguridad. Dios no quiere la guerra, quiere la paz, y apoya a quienes se comprometen a salir de la espiral del odio y a recorrer el camino del diálogo.
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Esta mañana se ha clausurado en la sede del Arzobispado, el curso de adaptación para los capellanes que se incorporan a nuestro arzobispado.
Este curso de formación se llevó a cabo en las dependencias del arzobispado y fue impartido por los Vicarios Jefes de Servicio y por personal de la Curia.
El Vicario General del Arzobispado Castrense, don Carlos Jesús Montes Herrero, presidió el lunes 3 de septiembre, en la sede del Arzobispado, la ceremonia de profesión de fe y juramento de fidelidad de los nuevos capellanes castrenses, recientemente incorporados a diversas unidades de las Fuerzas Armadas, Guardia Civil y Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
Sentarse a la mesa juntos, especialmente en los días de descanso y de fiesta, es un signo de paz y de comunión en todas las culturas. En el Evangelio de este domingo (Lc 14,1.7-14), Jesús es invitado a comer por uno de los jefes de los fariseos. Tener invitados ensancha el espacio del corazón, y hacerse huésped exige la humildad de entrar en el mundo del otro. Una cultura del encuentro se nutre de estos gestos que acercan.
Encontrarse no siempre es fácil. El evangelista señala que los comensales “observaban” a Jesús y, en general, Él era mirado con cierta desconfianza por los intérpretes más rigurosos de la tradición. Sin embargo, el encuentro es posible porque Jesús se hace realmente cercano, no permanece ajeno a la situación. Se hace huésped de verdad, con respeto y autenticidad. Renuncia a esos buenos modales que son sólo formalidades que eluden comprometerse recíprocamente. Así, con su estilo, mediante una parábola, describe lo que ve e invita a pensar a quienes lo observan. De hecho, Él se había percatado de una carrera por ocupar los primeros lugares. Esto sucede también hoy, no tanto en la familia, sino en las ocasiones en que importa “hacerse notar”. Entonces, el estar juntos, se transforma en una competición.
Hermanas y hermanos, sentarnos juntos en torno a la mesa eucarística, en el día del Señor, significa también para nosotros darle a Jesús la palabra. Él, se hace nuestro huésped y puede describir cómo nos ve. Es muy importante vernos a través de su mirada, repensar cómo muchas veces reducimos la vida a una competición, cómo perdemos la compostura con tal de obtener algún reconocimiento, cómo nos comparamos inútilmente unos con otros. Detenernos a reflexionar, dejarnos sacudir por una Palabra que cuestiona las prioridades que ocupan nuestro corazón, es una experiencia de libertad. Jesús nos llama a la libertad.
El Evangelio usa la palabra “humildad” para describir la forma plena de la libertad (cf. Lc 14,11). La humildad, en efecto, es ser libre de uno mismo. Nace cuando el Reino de Dios y su justicia se han convertido verdaderamente en nuestro interés y podemos permitirnos mirar lejos: no la punta de nuestros pies, ¡sino lejos! Quien se engrandece, en general, parece no haber encontrado nada más interesante que sí mismo y, en el fondo, tiene poca seguridad en sí. Pero quien ha comprendido que es muy valioso a los ojos de Dios, quien se siente profundamente hijo o hija de Dios, tiene cosas más grandes de las que gloriarse y posee una dignidad que brilla por sí sola. Esa se coloca en primer plano, ocupa el primer lugar sin esfuerzo y sin estrategias, cuando en vez de servirnos de las situaciones, aprendemos a servir.
Queridos amigos, pidamos hoy que la Iglesia sea para todos un taller de humildad, es decir, esa casa en la que siempre se es bienvenido, donde los puestos no se conquistan, donde Jesús puede tomar todavía la Palabra y educarnos en su humildad y en su libertad. María, a quien ahora invocamos, es verdaderamente la Madre de esta casa.
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas,
lamentablemente, la guerra en Ucrania sigue sembrando muerte y destrucción. También en estos días, los bombardeos han alcanzado varias ciudades, incluida la capital, Kiev, causando numerosas víctimas. Renuevo mi cercanía al pueblo ucraniano y a todas las familias afectadas. Invito a todos a no ceder a la indiferencia, sino a acercarse con la oración y con gestos concretos de caridad. Reitero con fuerza mi urgente llamamiento a un alto el fuego inmediato y a un compromiso serio con el diálogo. Es hora de que los responsables renuncien a la lógica de las armas y emprendan el camino de la negociación y la paz, con el apoyo de la comunidad internacional. La voz de las armas debe callar, mientras que debe alzarse la voz de la fraternidad y la justicia.
Elevemos nuestras oraciones por las víctimas del trágico tiroteo ocurrido durante una misa de estudiantes en Minnesota, Estados Unidos. Oremos también, por los innumerables niños asesinados y heridos cada día en todo el mundo. Supliquemos a Dios que detenga la proliferación de las armas, largas y cortas, que infectan el mundo. Que nuestra Madre María, Reina de la Paz, nos ayude a cumplir la profecía de Isaías: «Con sus espadas forjarán arados y podaderas con sus lanzas» (Is 2, 4).
Nuestros corazones también están heridos por las más de cincuenta personas fallecidas y las aproximadamente cien que siguen desaparecidas tras el naufragio de una embarcación cargada de migrantes que intentaban recorrer los 1100 kilómetros que separan Mauritania de las Islas Canarias y que volcó cerca de la costa atlántica de Mauritania. Esta tragedia mortal se repite cada día en todo el mundo. Oremos para que el Señor nos enseñe, como individuos y como sociedad, a poner plenamente en práctica su palabra: «estaba de paso, y me alojaron» (Mt 25,35).
Encomendemos a todos los heridos, desaparecidos y fallecidos, en cualquier lugar del mundo, al amoroso abrazo de nuestro Salvador.
Mañana, 1 de septiembre, es la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación. Hace diez años, el Papa Francisco, en sintonía con el Patriarca Ecuménico Bartolomé I, instituyó esta Jornada para la Iglesia católica. Esta celebración es más que nunca importante y urgente, y este año, tiene como tema «Semillas de paz y esperanza». Unidos a todos los cristianos, la celebramos y la prolongamos en el “Tiempo de la Creación” hasta el 4 de octubre, fiesta de san Francisco de Asís. En el espíritu del Cántico del hermano sol, compuesto por él hace 800 años, alabamos a Dios y renovamos nuestro compromiso de no estropear su don, sino de cuidar nuestra casa común.
Dirijo mi afectuoso saludo a todos ustedes, fieles de Roma y peregrinos de Italia y de diversos países. En particular, saludo a los grupos parroquiales de Quartu Sant’Elena, Morigerati, Venegono, Rezzato, Brescello, Boretto y Gualtieri, Val di Gresta, Valmadrera, Stiatico y Casadio; y al grupo de familias de Lucca que ha venido por la Vía Francígena.
Saludo también a la Fraternidad Laical de las Hermanas Dimesse de Padua, a los jóvenes de Acción Católica y de AGESCI de Reggio Calabria, a los jóvenes de Gorla Maggiore y a los confirmandos de Castel San Pietro Terme; así como al Movimiento Shalom de San Miniato con la Filarmónica Angiolo del Bravo, a la Asociación «Note libere» de Taviano y al grupo «Genitori Orsenigo».
¡Feliz domingo a todos!
Queridos hermanos y hermanas, feliz domingo.
En el centro del Evangelio que hemos proclamado hoy (Lc 13,22-30) encontramos la imagen de la “puerta estrecha”, usada por Jesús para responder a uno que le pregunta si son pocos los que se salvan. Jesús dice: «Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán» (v. 24).
A primera vista, esta imagen hace surgir en nosotros algunas preguntas: Si Dios es el Padre del amor y de la misericordia, que siempre permanece con los brazos abiertos para acogernos, ¿por qué Jesús dice que la puerta de la salvación es estrecha?
Ciertamente, el Señor no quiere desanimarnos. Sus palabras, más bien, sirven para rechazar la presunción de aquellos que se sienten seguros de su salvación, de aquellos que practican la religión y, por eso, se confían. En realidad, ellos no han comprendido que no basta cumplir actos religiosos si estos no transforman el corazón. El Señor no quiere un culto separado de la vida ni acepta sacrificios y oraciones que no nos conducen a vivir el amor a los hermanos y a practicar la justicia. Por eso, cuando estos se presenten ante el Señor enorgulleciéndose de haber comido y bebido con Él y de haber escuchado sus enseñanzas, oirán que les dice: «No sé de dónde son ustedes; ¡apártense de mí todos los que hacen el mal!» (v. 27).
Hermanos y hermanas, es hermosa la provocación que nos trae hoy el Evangelio. Mientras a veces nos sucede que juzgamos a quien está alejado de la fe, Jesús pone en crisis “la seguridad de los creyentes”. Él, en efecto, nos dice que no es suficiente profesar la fe con los labios, comer y beber con Él celebrando la Eucaristía o conocer bien las enseñanzas cristianas. Nuestra fe es auténtica cuando abraza toda nuestra vida, cuando es un criterio en las decisiones que tomamos, cuando nos hace mujeres y hombres que se comprometen con el bien y son capaces de arriesgarse por amor tal y como hizo Jesús. Él no ha elegido el camino fácil del éxito o del poder, sino que, con tal de salvarnos, nos ha amado hasta atravesar la “puerta estrecha” de la cruz. Él es la medida de nuestra fe, Él es la puerta que debemos cruzar para ser salvados (cf. Jn 10,9), viviendo su mismo amor y siendo constructores de justicia y de paz con nuestra vida.
A veces, esto significa tomar decisiones complicadas e impopulares, luchar contra el propio egoísmo y prodigarse por los demás, perseverar en el bien allí donde parecen prevalecer las lógicas del mal, y así sucesivamente. Pero, franqueando este umbral, descubriremos que la vida se abre de par en par ante nosotros como un mundo nuevo, y, desde ese momento, entraremos en el amplio corazón de Dios y en la alegría de la fiesta eterna que Él ha preparado para nosotros.
Invoquemos a la Virgen María, para que nos ayude a atravesar con valentía la “puerta estrecha” del Evangelio, de modo que podamos abrirnos con alegría a la amplitud del amor de Dios Padre.
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Quiero manifestar mi cercanía a la población de Cabo Delgado, en Mozambique, víctima de una situación de inseguridad y violencia que continúa provocando muertos y desplazados. Mientras hago un llamamiento a no olvidar a estos hermanos y hermanas, los invito a rezar por ellos y expreso la esperanza de que los esfuerzos que llevan a cabo los responsables del país puedan restablecer la seguridad y la paz en ese territorio.
El pasado viernes, 22 de agosto, hemos acompañado con nuestra oración y ayuno a los hermanos y hermanas que sufren a causa de las guerras. Hoy nos unimos a nuestros hermanos ucranianos, que, con la iniciativa espiritual Oración Mundial por Ucrania, piden al Señor que conceda la paz a su martirizado país.
Los saludo a todos ustedes, fieles de Roma y peregrinos de varios países, en particular a los de Karaganda en Kazajistán, Budapest y la comunidad del Pontificio Colegio Norteamericano. Me alegro de acoger a la Banda Musical de Gozzano y a los grupos parroquiales de Bellagio, Vidigulfo, Carbonia, Corlo y Val Cavallina. Saludo también a los fieles que han llegado en bicicleta desde Rovato y Manerbio, y al grupo de la Via Lucis itinerante.
A todos ustedes les deseo un feliz domingo.
Queridos hermanos y hermanas, ¡feliz domingo!
Hoy el Evangelio nos presenta un texto exigente (cf. Lc 12,49-53), en el que Jesús, con imágenes fuertes y gran sinceridad, dice a los discípulos que su misión, y también la de quienes lo siguen, no es toda “color de rosa”, sino que es “signo de contradicción” (cf. Lc 2,34).
Diciendo esto, el Señor anticipa lo que deberá afrontar cuando en Jerusalén sea agredido, arrestado, insultado, golpeado, crucificado; cuando su mensaje, aun hablando de amor y de justicia, sea rechazado; cuando los jefes del pueblo reaccionen con violencia a su predicación. Por otra parte, muchas de las comunidades a las que el evangelista Lucas se dirigía con sus escritos vivían la misma experiencia. Eran, como nos dicen los Hechos de los Apóstoles, comunidades pacíficas que, aun con sus límites, intentaban vivir de la mejor manera el mensaje de caridad del Maestro (cf. Hch 4,32-33). Y, sin embargo, sufrían persecuciones.
Todo esto nos recuerda que el bien no siempre encuentra una respuesta positiva en su entorno. Es más, en ocasiones, precisamente porque la belleza de ese bien molesta a quienes no lo acogen, aquel que lo pone en práctica termina encontrando duras oposiciones, hasta sufrir maltratos y abusos. Obrar en la verdad cuesta, porque en el mundo hay personas que eligen la mentira, y porque el diablo, aprovechándose de ello, a menudo busca obstaculizar el obrar de los buenos.
Pero Jesús, con su ayuda, nos invita a no rendirnos ni a equipararnos con esta mentalidad, sino a seguir obrando por nuestro bien y el de todos, incluso de quienes nos hacen sufrir. Nos invita a no responder a la prepotencia con la venganza, sino a permanecer fieles a la verdad en la caridad. Los mártires dan testimonio de ello derramando su sangre por la fe, pero también nosotros, en circunstancias y de modos diferentes, podemos imitarlos.
Pensemos, por ejemplo, en el precio que debe pagar un buen padre, si quiere educar bien a sus hijos, con sanos principios; antes o después deberá saber decir algún “no”, hacer alguna corrección, y esto le causará sufrimiento. Lo mismo vale para un maestro que desea formar correctamente a sus alumnos, para un profesional, un religioso, un político, que se propongan realizar su misión honestamente, y para quienes se esfuercen en ejercitar con coherencia, según las enseñanzas del Evangelio, sus propias responsabilidades.
A este respecto, san Ignacio de Antioquía, mientras viajaba hacia Roma, donde sufriría el martirio, escribía a los cristianos de esta ciudad: «No quisiera que procurarais agradar a los hombres, sino a Dios» (Carta a los Romanos, 2,1), y agregaba: «Es bueno para mí el morir por Jesucristo, más bien que reinar sobre los extremos más alejados de la tierra» (ibíd., 6,1).
Hermanos y hermanas, pidamos juntos a María, Reina de los mártires, que nos ayude a ser, en toda circunstancia, testigos fieles y valientes de su Hijo, y a sostener a los hermanos y hermanas que hoy sufren por la fe.
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Quiero expresar mi cercanía a las poblaciones de Paquistán, India y Nepal que han visto afectadas por unos violentos aluviones. Rezo por las víctimas y sus familiares, y por todos aquellos que sufren a causa de estas calamidades.
Recemos para que lleguen a buen puerto los esfuerzos para hacer cesar las guerras y promover la paz; de modo que, en las tratativas, ocupe siempre el primer lugar el bien común de los pueblos.
Es este tiempo veraniego recibo noticias de muchas y variadas iniciativas de animación cultural y de evangelización, organizadas con frecuencia en los lugares de vacaciones. Es hermoso ver como la pasión por el Evangelio estimula la creatividad y el compromiso de grupos y asociaciones de todas las edades. Pienso, por ejemplo, a la misión juvenil que se ha desarrollado en estos días a Riccione. Agradezco a los promotores y a cuantos en distintos modos participan en estos eventos.
Saludo con afecto a cuantos están aquí presentes en Castel Gandolfo. En particular, me alegro de acoger al grupo AIDO de Coccaglio, que celebra los 50 años de compromiso por la vida, a los donantes de sangre AVIS que han venido en bicicleta desde Gavardo (Brescia) y a los jóvenes de Casarano y las religiosas franciscanas de San Antonio.
Bendigo además la gran peregrinación al Santuario mariano de Piekary, en Polonia.
Que tengan un feliz domingo.
Queridos hermanos y hermanas, feliz fiesta.
Los Padres del Concilio Vaticano II nos han dejado un texto estupendo sobre la Virgen María, que hoy me gustaría releer con ustedes, mientras celebramos la fiesta de su asunción a la gloria del cielo. Al final del documento sobre la Iglesia, el Concilio dice así: «La Madre de Jesús, de la misma manera que, glorificada ya en los cielos en cuerpo y en alma, es imagen y principio de la Iglesia que habrá de tener su cumplimiento en la vida futura, así en la tierra precede con su luz al peregrinante Pueblo de Dios como signo de esperanza cierta y de consuelo hasta que llegue el día del Señor (cf. 2 P 3,10)» (Lumen gentium, 68).
María, que Cristo resucitado ha llevado consigo a la gloria en cuerpo y alma, resplandece como icono de esperanza para sus hijos peregrinos en la historia.
¿Cómo no evocar los versos de Dante, en el último canto del Paraíso? En la oración que pone en boca de san Bernardo, que comienza diciendo: «Oh, Virgen Madre, hija de tu hijo» (XXXIII, 1), el poeta alaba a María porque aquí abajo, entre los mortales, es «de esperanza vivo manantial» (ibíd., 12), es decir, fuente de la que brota la esperanza.
Hermanas y hermanos, esta verdad de nuestra fe es perfectamente coherente con el tema del Jubileo que estamos viviendo: “Peregrinos de esperanza”. El peregrino necesita una meta que oriente su viaje. Una meta hermosa, atrayente, que guíe sus pasos y lo anime cuando esté cansado, que reavive siempre en su corazón el deseo y la esperanza. En el camino de la existencia esta meta es Dios, Amor infinito y eterno, plenitud de vida, de paz, de alegría, de todo bien. El corazón humano es atraído por esa belleza y no es feliz hasta que no la encuentra; y, en efecto, si se pierde en medio de la “selva oscura” del mal y del pecado corre el riesgo de no encontrarla.
Pero ahí está la gracia. Dios ha salido a nuestro encuentro, ha asumido nuestra carne, hecha de tierra, y la ha llevado consigo, simbólicamente decimos “al cielo”, es decir, con Dios. Es el misterio de Jesucristo, encarnado, muerto y resucitado para nuestra salvación; e inseparable de Él está también el misterio de María, la mujer de la cual el Hijo de Dios ha tomado la carne, y de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Se trata de un único misterio de amor y, por tanto, de libertad. Como Jesús ha dicho “sí”, también María ha dicho “sí”, ha creído en la palabra del Señor. Y toda su vida ha sido un peregrinaje de esperanza junto al Hijo de Dios y suyo, una peregrinación que, a través de la cruz y la resurrección, la hizo alcanzar la patria, el abrazo de Dios.
Por eso, mientras estamos en camino, como individuos, como familia, en comunidad, especialmente cuando aparecen las nubes oscuras y el camino se percibe incierto y difícil, levantemos la mirada, contemplémosla a ella, nuestra Madre, y volveremos a encontrar la esperanza que no defrauda (cf. Rm 5,5).
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy queremos encomendar a la intercesión de la Virgen María, asunta a los cielos, nuestra oración por la paz. Ella, como Madre, sufre por los males que afligen a sus hijos, especialmente a los pequeños y a los débiles. Muchas veces, a través de los siglos, lo ha confirmado con de mensajes y apariciones.
Al proclamar el dogma de la Asunción, cuando todavía estaba candente la trágica experiencia de la segunda guerra mundial, Pío XII escribía: «Es de esperar, además, que todos aquellos que mediten los gloriosos ejemplos de María se persuadan cada vez más del valor de la vida humana», y expresaba su deseo de que nunca se hiciesen «estragos de vidas humanas, suscitando guerras» (Const. ap. Munificentissimus Deus).
Estas palabras son más actuales que nunca. Todavía hoy desgraciadamente nos sentimos impotentes ante el propagarse en el mundo una violencia cada vez más sorda e insensible a cualquier gesto de humanidad. Y, sin embargo, no debemos dejar de esperar, pues Dios es más grande del pecado de los hombres. No debemos resignarnos a que prevalezca la lógica del conflicto y de las armas. Con María creemos que el Señor continúa a socorrer a sus hijos, recordándose de su misericordia. Sólo en esta misericordia es posible encontrar de nuevo el camino de la paz.
Y ahora quiero saludarles a ustedes, peregrinos de Italia y de distintos países.
Saludo a la comunidad de evangelización universitaria que ha llegado desde Honduras, a las familias del Movimiento del Amor Familiar, que ha concluido sus ejercicios espirituales; y a los grupos de matrimonios y novios “Santa Rita”.
¡Saludos y feliz fiesta a todos!
Queridos hermanos y hermanas, feliz domingo.
En el Evangelio de hoy, Jesús nos invita a reflexionar sobre cómo invertir el tesoro de nuestra vida (cf. Lc 12,32-48). Dice: «Vendan sus bienes y denlos como limosna» (v. 33).
Nos exhorta, por tanto, a no guardar para nosotros los dones que Dios nos ha dado, sino a emplearlos con generosidad para el bien de los demás, especialmente de quienes están más necesitados de nuestra ayuda. Se trata no sólo de compartir las cosas materiales de las que disponemos, sino de poner en juego nuestras capacidades, nuestro tiempo, nuestro afecto, nuestra presencia, nuestra empatía. En resumen, todo aquello que hace de cada uno de nosotros, en los designios de Dios, un bien único, inapreciable, un capital vivo, palpitante, que para crecer requiere ser cultivado y empleado, porque si no se seca y se devalúa. O bien termina perdido, a merced de quienes, como ladrones, se apropian de él para convertirlo simplemente en un objeto de consumo.
El don de la vida, recibido de Dios, no se nos entregó para terminar así, sino que necesita espacio, libertad, relación, para realizarse y expresarse; necesita amor, que es lo único que trasforma y ennoblece cada aspecto de nuestra existencia, haciéndonos cada vez más semejantes a Dios. No es casualidad que Jesús pronuncia estas palabras mientras está de camino hacia Jerusalén, donde se ofrecerá a sí mismo en la cruz para nuestra salvación.
Las obras de misericordia son el banco más seguro y rentable al que confiar el tesoro de nuestra existencia, porque en él, como nos enseña el Evangelio, con “dos monedas” incluso una pobre viuda puede convertirse en la persona más rica del mundo (cf. Mc 12,41-44).
San Agustín, a este propósito, dice: «Si dieses una libra de bronce y la recibieses de plata, o la dieses de plata y la recibieras de oro, te considerarías feliz. Lo que das se transforma realmente; se convertirá para ti no en oro ni en plata, sino en vida eterna» (Sermón 390, 2). Y explica por qué: «se transformará, porque te transformarás tú» (ibíd.).
Y para entender lo que quiere decir, podemos pensar en una mamá que abraza a sus hijos, ¿no es la persona más hermosa y rica del mundo? O también dos novios, cuando están juntos, ¿no se sienten un rey y una reina? Y podríamos poner tantos otros ejemplos.
Por eso, en la familia, en la parroquia, en la escuela y en los lugares de trabajo, en cualquier lugar donde nos encontremos, intentemos no perder ninguna ocasión para amar. Esta es la vigilancia que nos pide Jesús, habituarnos a estar atentos, dispuestos, sensibles los unos con los otros, como Él lo está con nosotros en cada instante.
Hermanas y hermanos, confiemos a María este deseo y este compromiso. Que ella, la Estrella de la mañana, nos ayude a ser, en un mundo marcado por tantas divisiones, “centinelas” de la misericordia y de la paz, como nos ha enseñado san Juan Pablo II (cf. Vigilia de oración para la XV Jornada Mundial de la Juventud, 19 agosto 2000) y como nos han mostrado de una manera tan hermosa los jóvenes que han venido a Roma para el Jubileo.
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Después del Ángelus
Queridos hermanos y hermanas:
Sigamos rezando por el fin de las guerras. El 80º aniversario de los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki ha reavivado en todo el mundo el necesario rechazo a la guerra como medio para resolver conflictos. Que quienes toman las decisiones tengan siempre presente su responsabilidad frente a las consecuencias de las mismas sobre las poblaciones; que no ignoren las necesidades de los más vulnerables ni el anhelo universal de paz.
En este sentido, felicito a Armenia y Azerbaiyán, que han firmado la Declaración conjunta de paz. Espero que este evento contribuya a una paz estable y duradera en el Cáucaso meridional.
Mientras tanto, la situación del pueblo haitiano es cada vez más desesperada. Son continuas las noticias de asesinatos, violencia de todo tipo, trata de personas, exilios forzados y secuestros. Hago un llamamiento apremiante a todos los responsables para que liberen inmediatamente a los rehenes y solicito el apoyo concreto de la comunidad internacional para crear las condiciones sociales e institucionales que permitan a los haitianos vivir en paz.
Saludo a todos ustedes, fieles de Roma y peregrinos de diversos países, especialmente a los de Woodstock, Georgia, Estados Unidos, y a los de la diócesis de Down y Connor, en Irlanda.
Saludo a los miembros de la Operación Mato Grosso, de diferentes ciudades italianas, y a los grupos parroquiales de Stezzano, Medole y Villastellone.
Gracias por su presencia y sus oraciones. ¡Feliz domingo a todos!
"Las Misioneras de la Caridad" (fundadas por Santa Teresa de Calcuta) tienen en Bagdad (Irak) un orfanato con niños que han sido rechazados por sus familias a causa de deficiencias físicas y/o psíquicas. Debido a la situación de inestabilidad y pobreza que sufre el país, la labor de estas religiosas es encomiable y a su vez precaria ya que no tienen los recursos suficientes para poder atender el orfanato con todo lo que requiere.
Con motivo de la celebración de Nuestra Señora del Monte Carmelo, en el 125.º aniversario de su patronazgo sobre la Armada, se llevó a cabo la
...Entre los días 9 y 12 de julio ha tenido lugar en Guadarrama el Encuentro Nacional de Delegados de Familia y Vida. Este año, la reflexión ha girado en
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