La Iglesia Catedral de las Fuerzas Armadas acogió en la mañana de hoy la Santa Misa presidida por el Ordinario Castrense de España, D. Carlos Jesús Montes Herreros, en honor de San Hermenegildo, patrón de los veteranos militares y de la Guardia Civil.
Jesús resucitado se aparece a los discípulos varias veces. Consuela con paciencia sus corazones desanimados. De este modo realiza, después de su resurrección, la “resurrección de los discípulos”. Y ellos, reanimados por Jesús, cambian de vida. Antes, tantas palabras y tantos ejemplos del Señor no habían logrado transformarlos. Ahora, en Pascua, sucede algo nuevo. Y se lleva a cabo en el signo de la misericordia. Jesús los vuelve a levantar con la misericordia ―los vuelve a levantar con la misericordia― y ellos, misericordiados, se vuelven misericordiosos. Es muy difícil ser misericordioso si uno de se da cuenta de ser miseridocordiado.
1. Ante todo, son misericordiados por medio de tres dones: primero Jesús les ofrece la paz, después el Espíritu, y finalmente las llagas. En primer lugar, les da la paz. Los discípulos estaban angustiados. Se habían encerrado en casa por temor, por miedo a ser arrestados y correr la misma suerte del Maestro. Pero no sólo estaban encerrados en casa, también estaban encerrados en sus remordimientos. Habían abandonado y negado a Jesús. Se sentían incapaces, buenos para nada, inadecuados. Jesús llega y les repite dos veces: «¡La paz esté con ustedes!». No da una paz que quita los problemas del medio, sino una paz que infunde confianza dentro. No es una paz exterior, sino la paz del corazón. Dice: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió, así yo los envío a ustedes» (Jn 20,21). Es como si dijera: “Los mando porque creo en ustedes”. Aquellos discípulos desalentados son reconciliados consigo mismos. La paz de Jesús los hace pasar del remordimiento a la misión. En efecto, la paz de Jesús suscita la misión. No es tranquilidad, no es comodidad, es salir de sí mismo. La paz de Jesús libera de las cerrazones que paralizan, rompe las cadenas que aprisionan el corazón. Y los discípulos se sienten misericordiados: sienten que Dios no los condena, no los humilla, sino que cree en ellos. Sí, cree en nosotros más de lo que nosotros creemos en nosotros mismos. “Nos ama más de lo que nosotros mismos nos amamos” (cf. S. J.H. Newman, Meditaciones y devociones, III,12,2). Para Dios ninguno es un incompetente, ninguno es inútil, ninguno está excluido. Jesús hoy repite una vez más: “Paz a ti, que eres valioso a mis ojos. Paz a ti, que tienes una misión. Nadie puede realizarla en tu lugar. Eres insustituible. Y Yo creo en ti”.
En segundo lugar, Jesús misericordia a los discípulos dándoles el Espíritu Santo. Lo otorga para la remisión de los pecados (cf. vv. 22-23). Los discípulos eran culpables, habían huido abandonando al Maestro. Y el pecado atormenta, el mal tiene su precio. Siempre tenemos presente nuestro pecado, dice el Salmo (cf. 51,5). Solos no podemos borrarlo. Sólo Dios lo quita, sólo Él con su misericordia nos hace salir de nuestras miserias más profundas. Como aquellos discípulos, necesitamos dejarnos perdonar, decir desde lo profundo del corazón: “Perdón Señor”. Abrir el corazón para dejarse perdonar. El perdón en el Espíritu Santo es el don pascual para resurgir interiormente. Pidamos la gracia de acogerlo, de abrazar el Sacramento del perdón. Y de comprender que en el centro de la Confesión no estamos nosotros con nuestros pecados, sino Dios con su misericordia. No nos confesamos para hundirnos, sino para dejarnos levantar. Lo necesitamos mucho, todos. Lo necesitamos, así como los niños pequeños, todas las veces que caen, necesitan que el papá los vuelva a levantar. También nosotros caemos con frecuencia. Y la mano del Padre está lista para volver a ponernos en pie y hacer que sigamos adelante. Esta mano segura y confiable es la Confesión. Es el Sacramento que vuelve a levantarnos, que no nos deja tirados, llorando contra el duro suelo de nuestras caídas. Es el Sacramento de la resurrección, es misericordia pura. Y el que recibe las confesiones debe hacer sentir la dulzura de la misericordia. Este es el camino de los sacerdotes que reciben las confesiones de la gente: hacerles sentir la dulzura de la misericordia de Jesús que perdona todo. Dios perdona todo.
Después de la paz que rehabilita y el perdón que realza, el tercer don con el que Jesús misericordia a los discípulos es ofrecerles sus llagas. Esas llagas nos han curado (cf. 1 P 2,24; Is 53,5). Pero, ¿cómo puede curarnos una herida? Con la misericordia. En esas llagas, como Tomás, experimentamos que Dios nos ama hasta el extremo, que ha hecho suyas nuestras heridas, que ha cargado en su cuerpo nuestras fragilidades. Las llagas son canales abiertos entre Él y nosotros, que derraman misericordia sobre nuestras miserias. Las llagas son los caminos que Dios ha abierto completamente para que entremos en su ternura y experimentemos quién es Él, y no dudemos más de su misericordia. Adorando, besando sus llagas descubrimos que cada una de nuestras debilidades es acogida en su ternura. Esto sucede en cada Misa, donde Jesús nos ofrece su cuerpo llagado y resucitado; lo tocamos y Él toca nuestra vida. Y hace descender el Cielo en nosotros. El resplandor de sus llagas disipa la oscuridad que nosotros llevamos dentro. Y nosotros, como Tomás, encontramos a Dios, lo descubrimos íntimo y cercano, y conmovidos le decimos: «¡Señor mío y Dios mío!» (Jn 20,28). Y todo nace aquí, en la gracia de ser misericordiados. Aquí comienza el camino cristiano. En cambio, si nos apoyamos en nuestras capacidades, en la eficacia de nuestras estructuras y proyectos, no iremos lejos. Sólo si acogemos el amor de Dios podremos dar algo nuevo al mundo.
2. Así, misericordiados, los discípulos se volvieron misericordiosos. Lo vemos en la primera Lectura. Los Hechos de los Apóstoles relatan que «nadie consideraba sus bienes como propios, sino que todo lo tenían en común» (4,32). No es comunismo, es cristianismo en estado puro. Y es mucho más sorprendente si pensamos que esos mismos discípulos poco tiempo antes habían discutido sobre recompensas y honores, sobre quién era el más grande entre ellos (cf. Mc 10,37; Lc 22,24). Ahora comparten todo, tienen «un solo corazón y una sola alma» (Hch 4,32). ¿Cómo cambiaron tanto? Vieron en los demás la misma misericordia que había transformado sus vidas. Descubrieron que tenían en común la misión, que tenían en común el perdón y el Cuerpo de Jesús; compartir los bienes terrenos resultó una consecuencia natural. El texto dice después que «no había ningún necesitado entre ellos» (v. 34). Sus temores se habían desvanecido tocando las llagas del Señor, ahora no tienen miedo de curar las llagas de los necesitados. Porque allí ven a Jesús. Porque allí está Jesús, en las llagas de los necesitados.
Hermana, hermano, ¿quieres una prueba de que Dios ha tocado tu vida? Comprueba si te inclinas ante las heridas de los demás. Hoy es el día para preguntarnos: “Yo, que tantas veces recibí la paz de Dios, que tantas veces recibí su perdón y su misericordia, ¿soy misericordioso con los demás? Yo, que tantas veces me he alimentado con el Cuerpo de Jesús, ¿qué hago para dar de comer al pobre?”. No permanezcamos indiferentes. No vivamos una fe a medias, que recibe pero no da, que acoge el don pero no se hace don. Hemos sido misericordiados, seamos misericordiosos. Porque si el amor termina en nosotros mismos, la fe se seca en un intimismo estéril. Sin los otros se vuelve desencarnada. Sin las obras de misericordia muere (cf. St 2,17). Hermanos, hermanas, dejémonos resucitar por la paz, el perdón y las llagas de Jesús misericordioso. Y pidamos la gracia de convertirnos en testigos de misericordia. Sólo así la fe estará viva. Y la vida será unificada. Sólo así anunciaremos el Evangelio de Dios, que es Evangelio de misericordia.
La campaña Alas de Solidaridad, organizada por el Mando Aéreo de Canarias, finalizó el pasado 7 de abril con la entrega de los alimentos donados a Cáritas Diocesana de Canarias, en sus instalaciones ubicadas en la Av. de Escaleritas, en Las Palmas de Gran Canaria.
La campaña se desarrolló entre todas las unidades del Ejército del Aire ubicadas en Gran Canaria, con el eslogan: “Tu colaboración por pequeña que la consideres hará grande esta campaña.”
Los lazos de unión entre el personal de este Mando Aéreo y la sociedad Canaria quedo de manifiesto con el éxito de la campaña.
Ayer Jueves Santo presidió la celebración litúrgica D. Carlos Jesús Montes Herreros, titular de la jurisdicción castrense.
Condicionados por la situación de pandemia actual y siguiendo las medidas de prevención señaladas por las autoridades sanitarias se ha iniciado el Triduo Pascual en la Iglesia Catedral de las Fuerzas Armadas. D. Carlos Jesús inició su homilía agradeciendo a los alabarderos su presencia, facilitando a los asistentes la veneración a la imagen del Cristo de la Fe, titular de su Real Congregación y colaborando con el control en los accesos al templo, en uno de los días más grandes del año.
El Ordinario Castrense señaló que en esta fiesta de la última cena se celebran tres acontecimientos de modo particular: la institución del sacerdocio, la institución de la Eucaristía, y el día del amor fraterno, por eso de modo especial acompañamos hoy a Nuestro Señor en el monumento, que no nos pueda decir Jesús como a sus discípulos, que no hemos sido capaces de acompañarlos una hora.
Por las limitaciones actuales no se ha podido hacer el lavatorio de los pies, signo en que Cristo muestra que vino a servir y no a ser servido, destacando la importancia de su humildad y entrega. Finalizada la liturgia eucarística se trasladó el santísimo sacramento al monumento para ser acompañado por las personas que lo deseen. Finalizando el día con la Hora Santa dirigida por los seminaristas castrenses.
Hoy Jueves Santo se abre el Triduo Pascual, el periodo durante el cual se conmemora la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, y constituye el momento central de la Semana Santa y del año litúrgico.
Hoy celebramos, la institución de la Eucaristía en la Última Cena, el lavatorio de los pies y la oración en el huerto de Getsemaní.
Según narran los Evangelios, en la Última Cena Jesús se reunió con los doce apóstoles para despedirse de ellos antes de su muerte, que él ya preveía. Además, durante esta cena les anunció que uno de ellos le traicionaría, dando a entender que era Judas Iscariote.
Sin embargo, el momento más trascendental de la Última Cena es en el que se instituye la Eucaristía, uno de los siete sacramentos.
Esta se produce cuando Jesús toma el pan, lo parte y lo reparte entre los comensales diciendo: "Tomad y comed todos de él, porque este es mi cuerpo, que será entregado por vosotros". A continuación toma un cáliz lleno de vino y dice: "Tomad y bebed todos de él, porque este es el cáliz de mi sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados".
Y concluyó: "Haced esto en conmemoración mía". Esta última frase es la institución del Orden Sacerdotal, otro de los siete sacramentos.
EL LAVATORIO DE LOS PIES
El lavatorio de los pies tiene lugar durante la Última Cena. El episodio aparece narrado en el evangelio de San Juan (capítulo 13, versículos 1 al 15). En un momento de la Última Cena, Jesús se levantó de la mesa, se quitó los vestidos, se ciñó una toalla y echó agua en un lebrillo. Entonces se puso a lavar los pies de sus apóstoles.
El único de los doce que le cuestionó esta acción fue Pedro, quien le llegó a espetar: "No me lavarás los pies jamás", pues entendía esto como una humillación de su Señor hacia él, su discípulo. Jesús le respondió: "Si no te lavo no tienes parte conmigo". A lo que Pedro replicó: "Señor, no sólo los pies, sino hasta las manos y la cabeza".
Jesús realizó esta acción como ejemplo de servicio y de humildad, ordenando que los lavados hicieran lo mismo que él había hecho con ellos.
LA ORACIÓN EN EL HUERTO DE GETSEMANÍ
Terminada la Última Cena tuvo lugar otra de las escenas de este Jueves Santo recordadas por todos los cristiano. Jesús salió al huerto de Getsemaní para orar, pidiendo a sus apóstoles que le acompañaran en la oración. Sin embargo, todos cayeron dormidos más tarde o más temprano.
Es en esta oración agónica de Jesucristo cuando este llega a decir: "Padre, si quieres, aparta de mí ese cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya". También definió así sus sentimientos de angustia: "Siento una tristeza mortal".
Después de la oración, se produce el prendimiento de Jesús por parte de un grupo guiado por Judas Iscariote, que le había entregado por treinta monedas de plata.
El Jueves Santo recuerda y celebra, a través de los distintos actos y oficios religiosos, todos estos hechos y otros ocurridos en el día anterior a la muerte de Jesús.
El 28 de marzo de 2021, los cristianos hemos celebrado el Domingo de Ramos. Por segundo año consecutivo los fieles no hemos podido procesionar por las calles de nuestras ciudades con los ramos a causa de las restricciones causadas por esta terrible pandemia.
Los efectos devastadores que, ya en marzo de 2020, se preveían que la pandemia iba a causar sobre la salud y la economía hicieron que el Arzobispo Castrense de España, D. Juan del Río (q.e.p.d.), fallecido a causa del coronavirus el pasado 28 de febrero, instara a Cáritas Castrense a las creación de un fondo de emergencia denominado “El Granero de José” (puedes tener más información en el siguiente enlace https://www.caritas.es/castrense/campanas/fondo-de-emergencia-el-granero-de-jose-covid-19/ ).
La situación actual del Granero de José constata lo oportuna y necesaria que fue la medida y la necesidad de continuar con ella durante estos meses en los que la pandemia y sus efectos sobre la salud y la economía siguen ejerciendo su nefasta influencia sobre la sociedad.
Los conceptos por los que se aplican estas ayudas y la filosofía de creación del fondo sigue siendo cubrir, de una forma rápida y con las menores trabas burocráticas posibles las necesidades básicas de alimentación, higiene infantil, alquileres de domicilio, suministro y transporte de los más necesitados o desprotegidos.
Desde que se inició la recogida de donativos ya se han recaudado 88.664 euros, gracias a la generosidad de 502 donantes. De ellos han sido repartidos 47.819 euros auxiliando a 297 personas.
Las familias que se ayudan carecen de recursos económicos suficientes para cubrir sus necesidades básicas (comida, alojamiento vestuario, electricidad…) La mayoría de ellas tienen hijos menores a su cargo y los progenitores se encuentran, uno o ambos, en desempleo, situación de ERTE o con trabajo en precario. Se atienden también a familias de ex intérpretes afganos de las tropas españolas que se encuentran en estas situaciones, a antiguos legionarios en situación de exclusión social (situación de calle) y familias de internos en prisión militar en precariedad económica con menores a su cargo. En el mes de febrero se dio el primer caso de apoyo a una familia en el que fue necesario satisfacer necesidades sanitarias para material ortopédico, centro de día y gastos de desplazamientos para intervención quirúrgica.
Como se desprende de la experiencia, es muy previsible que la situación provocada por la pandemia del COVID 19 que padecemos se mantenga en el medio plazo y los casos que se nos presentan sigan manteniéndose e incluso aumentando en número y gravedad.
Necesitamos por ello, continuar sin pausa con la inestimable ayuda de los centenares de donantes que están sensibilizados con esta buena acción. Damos las gracias a todos ellos y a los voluntarios que están soportando el proyecto.
En el día de la Solemnidad de la Anunciación del Señor tuvo lugar una celebración eucarística en la que se bendijo y entronizó una nueva imagen de Nuestra Señora del Rosario, Patrona de la Unidad Militar de Emergencias. La talla fue entregada a la Base por la Fervorosa y Trinitaria Hermandad del Santísimo Sacramento y Cofradía de Nuestro Padre Jesús Cautivo y Rescatado y Nuestra Señora del Rosario Doloroso.
Esta Hermandad tiene su origen en Septiembre de 1979, en la Parroquia de San Ignacio de Loyola teniendo como primer título el de Fervorosa Asociación de Fieles de María Santísima del Rosario y San Ignacio de Loyola.
Con la llegada de la Orden Trinitaria a la Parroquia, en 1988, esta Asociación toma un nuevo rumbo y, a su vez, un gran auge que se plasma en el gran número de altas en su censo de hermanos.
En Marzo de 1989, se formó su primera Junta de Gestión.
Un año después, presentada la documentación correspondiente ante la Autoridad Eclesiástica, para la aprobación y transformación de la Asociación de Fieles en Agrupación Parroquial como paso previo para la constitución de la futura Hermandad, se concede el Decreto favorable del Vicario General del Arzobispado de Sevilla.
La Hermandad recibe el título de Trinitaria, por Decreto del Ministro General de la Orden Fray José Gamarra Mayor, de fecha 8 de Marzo de 1991, por su identificación y acogida al carisma y espíritu Trinitario. Siendo comunicado a la Autoridad Eclesiástica Hispalense, quien autoriza su inclusión en el título de la Hermandad.
El 28 Marzo de 1992, se bendice la Imagen Titular de Ntro. Padre Jesús Cautivo y Rescatado, obra de don Luis Álvarez Duarte; el acto es apradinado por la Orden de la Santísima Trinidad y de los Cautivos.
Realiza su primera salida procesional el día 4 de abril por la calles de la feligresía
Después de quince años de existencia, se elaboran y exponen las primeras Reglas de la futura Hermandad a la consideración del Cabildo General Extraordinario de hermanos, quienes la votaron por unanimidad y fueron presentadas a la Autoridad Eclesiástica.
El 5 de Enero de 2005, el Cardenal-Arzobispo de Sevilla, Fray Carlos Amigo Vallejo, firma el Decreto de erección Canónica como Hermandad Sacramental y de Penitencia.
El 15 de enero de 2007, el Pleno de Hermanos Mayores de la Sección de Penitencia del Consejo General de Hermandades y Cofradías de Sevilla, aprueban por mayoría absoluta elevar petición a la Autoridad Eclesiástica para su incorporación a la nómina de Hermandades que realizan Estación de Penitencia a la Santa Iglesia Catedral de Sevilla en Semana Santa.
Posteriormente es remitido a la Hermandad el Decreto dictado por el Vicario General de la Diócesis mediante el cual se concede dispensa a favor de la Hermandad, sobre el cumplimiento del art. 53 de las actuales Normas Diocesanas, que fija en 57 el número de Cofradías que pueden hacer Estación de Penitencia a la Catedral de Sevilla en los días de Semana Santa.
El 3 de octubre de 2007, se celebra la Solemne Bendición de la nueva imagen de Nuestra Señora del Rosario, obra de don Luis Álvarez Duarte.Preside y Oficia, S.E.R. el Cardenal-Arzobispo de Sevilla, Fray Carlos Amigo Vallejo. Recayendo el madrinazgo en la Hermandad de la Esperanza Macarena que entrega un recuerdo para la Santísima Virgen del Rosario consistente en la Cruz de la Esperanza, réplica de la que María Santísima de la Esperanza Macarena porta en su corona.
El 8 de enero de 2008, el Hermano Mayor de la Hermandad, recibe la noticia del Presidente del Consejo de Hermandades y Cofradías que ha comunicado en esa misma tarde a los Hermanos Mayores del Lunes Santo y a la Junta Superior del Consejo, la decisión adoptada como consecuencia de la confianza depositada por los responsables de esta jornada de la Semana Santa, para la inclusión en la Nómina del Lunes Santo de la Hermandad para este año.
La Hermandad realiza su primera Estación de Penitencia en la Santa Iglesia Catedral de Sevilla, el 17 de Marzo de 2008, Lunes Santo, siendo la primera en abrir los cortejos de la jornada.
Cinco años después el Secretario de la Hermandad de San Pablo tiene conocimiento del patronazgo de Nuestra Señora del Rosario sobre la Unidad Militar de Emergencias y lo pone en conocimiento del Hermano Mayor de la Hermandad, al objeto de solicitar su autorización para entablar un primer contacto con el Segundo Batallón de Intervención en Emergencias.Se llevó a cabo una primera reunión en la Base Aérea de Morón de la Frontera y en ella la Hermandad pudo comprobar que la idea que allí se planteó fue acogida con entusiasmo e interés y se les indicó que fuera solicitada por escrito. Una vez informado el Hermano Mayor, por el Secretario, de los resultados obtenidos, se presentó en Cabildo de Oficiales, y una vez estudiada y debatida la propuesta presentada por éste, se aprobó por unanimidad el solicitar de la UME el Hermanamiento.
El 21 Febrero de 2014, la Hermandad solicitó por escrito del Excmo. Sr. Teniente General de la UME, de acuerdo a lo aprobado en el Cabildo de Oficiales, el 10 de septiembre, el aceptamiento como Hermano honorífico de la Unidad Militar de Emergencias. Varios meses después se recibe la autorización del Cuartel General de la UME para comenzar los trámites del Hermanamiento.
Con motivo del 7 de octubre de 2016, Festividad de la Virgen del Rosario, Patrona de la Unidad Militar de Emergencias y de la Hermandad de san Pablo se comunica al Hermano Mayor que por parte del Excmo. Sr. Tte. General Jefe de la UME, había sido aceptado el ofrecimiento de Hermanamiento de la Unidad Militar de Emergencias con la Hermandad de San Pablo.
El Nuncio Apostólico de la Santa Sede en España, Monseñor Bernardito Cleopas Auza, presidió en la mañana de hoy la Misa crismal oficiada en la Iglesia Catedral de las Fuerzas Armadas.
La Eucaristía fue concelebrada por el Ordinario Castrense de España, D. Carlos Jesús Montes Herreros y los equipos de Gobierno del Arzobispado Castrense y del Seminario “San Juan Pablo II” y de capellanes venidos desde sus unidades de destino en diversas localidades de nuestra geografía.
En la Santa Misa se consagraron los sagrados óleos que posteriormente serán utilizados por los capellanes para celebrar los sacramentos del bautismo, confirmación y unción de los enfermos. En esta Eucaristía es donde también los capellanes renuevan sus promesas.
El Nuncio de la Santa Sede, Monseñor Bernardito Cleopas Auza, nació en Talibon (Filipinas) y fue ordenado sacerdote en junio de 1985 en la Diócesis de Tagbilaran para en 1986 incardinarse en la nueva Diócesis de Talibon.
Monseñor Bernardito Cleopas Auza es Doctor en Teología, Licenciado en Filosofía y Derecho Canónico y posee un Master en la Ciencia de la Educación.
Desde su entrada en el Servicio Diplomático en la Santa sede, junio de 1990, ha ejercido su la labor en Madagascar, Bulgaria, Albania, Haití y ante organizaciones internacionales como la ONU Organización de las Naciones Unidas) y la OEA (Organización de Estados Americanos.
Entre las funciones más destacas del Nuncio está la representación del Romano Pontífice, de modo estable, ante las iglesias particulares y ante los Estado y autoridades públicas. Además, procura que sean más firmes y eficaces los vínculos de unidad entre la Sede Apostólica y las Diócesis que se hallan en la demarcación señaladas para su delegación.
La Oficina de prensa del Vaticano ha informado de las celebraciones que presidirá el Papa durante la Semana Santa.
Las ceremonias litúrgicas se desarrollarán siguiendo las medidas restrictivas sanitarias por la pandemia con una presencia limitada de fieles en el «respeto de las medidas sanitarias previstas». Un ejemplo de ello, será la ausencia de la muchedumbre de fieles que normalmente llenaba la Plaza de San Pedro, y el Coliseo, en la Semana Mayor.
El Pontífice celebrará los ritos de la Semana Santa en el Altar de la Cátedra, en la Basílica de San Pedro, y el Viernes Santo presidirá el Via Crucis desde la Plaza de San Pedro.
El 28 de marzo, Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor, el Papa presidirá la celebración de la Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén y Santa Misa, a las 10:30 de la mañana.
Por lo que se refiere al Triduo Pascual, el jueves 1 de abril a las 10:00 de la mañana tendrá lugar la Santa Misa Crismal, presidida por el Pontífice.
A las 18:00, no está previsto que el Santo Padre presida la Santa Misa en la Cena del Señor, in Coena Domini; en su lugar presidirá la ceremonia litúrgica el cardenal Giovanni Battista Re, Decano del Colegio Cardenalicio.
Mientras que el 2 de abril, Viernes Santo, a las 18 horas, tendrá lugar la Celebración de la Pasión del Señor. Ese mismo día, a las 21 horas, el Pontífice presidirá el Via Crucis en la Plaza de San Pedro. Este año, según informó el director de la Oficina de Prensa vaticana, Matteo Bruni, la preparación de las meditaciones fue confiada al Grupo Scout Agesci «Foligno» de Umbria, y a la Parroquia Romana de los Santos Mártires de Uganda.
Serán de particular atención las imágenes que acompañarán las distintas estaciones, dibujos hechos por chicos de la Casa Famili «Mater Divini Amoris» y de la Casa Familia “Tetto Casal Fattoria”, ambas romanas, la primera seguida y administrada por las Hijas de la Virgen del Divino Amor, y la segunda por una asociación de voluntarios.
En lo que respecta a la Vigilia Pascual en la Noche Santa, se celebrará el Sábado Santo, 3 de abril a las 19:30.
Finalmente, la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice dio a conocer que la Santa Misa del día, del Domingo de Pascua y de la Resurrección del Señor se celebrará el 4 de abril a las 10 de la mañana. Al final de la Santa Misa el Santo Padre impartirá la bendición «Urbi et Orbi». Al día siguiente, Lunes del Ángel, el Papa presidirá el rezo del Regina coeli, desde la BIblioteca del Palacio Apostólico.
Esta Liturgia suscita cada año en nosotros un sentimiento de asombro. Pasamos de la alegría que supone acoger a Jesús que entra en Jerusalén al dolor de verlo condenado a muerte y crucificado. Es un sentimiento profundo que nos acompañará toda la Semana Santa. Entremos entonces en este estupor.
Jesús nos sorprende desde el primer momento. Su gente lo acoge con solemnidad, pero Él entra en Jerusalén sobre un humilde burrito. La gente espera para la Pascua al libertador poderoso, pero Jesús viene para cumplir la Pascua con su sacrificio. Su gente espera celebrar la victoria sobre los romanos con la espada, pero Jesús viene a celebrar la victoria de Dios con la cruz. ¿Qué le sucedió a aquella gente, que en pocos días pasó de aclamar con hosannas a Jesús a gritar “crucifícalo”? ¿Qué les sucedió? En realidad, aquellas personas seguían más una imagen del Mesías, que al Mesías real. Admiraban a Jesús, pero no estaban dispuestas a dejarse sorprender por Él. El asombro es distinto de la simple admiración. La admiración puede ser mundana, porque busca los gustos y las expectativas de cada uno; en cambio, el asombro permanece abierto al otro, a su novedad. También hoy hay muchos que admiran a Jesús, porque habló bien, porque amó y perdonó, porque su ejemplo cambió la historia... y tantas cosas más. Lo admiran, pero sus vidas no cambian. Porque admirar a Jesús no es suficiente. Es necesario seguir su camino, dejarse cuestionar por Él, pasar de la admiración al asombro.
¿Y qué es lo que más sorprende del Señor y de su Pascua? El hecho de que Él llegue a la gloria por el camino de la humillación. Él triunfa acogiendo el dolor y la muerte, que nosotros, rehenes de la admiración y del éxito, evitaríamos. Jesús, en cambio —nos dice san Pablo—, «se despojó de sí mismo, […] se humilló a sí mismo» (Flp 2,7.8). Sorprende ver al Omnipotente reducido a nada. Verlo a Él, la Palabra que sabe todo, enseñarnos en silencio desde la cátedra de la cruz. Ver al rey de reyes que tiene por trono un patíbulo. Ver al Dios del universo despojado de todo. Verlo coronado de espinas y no de gloria. Verlo a Él, la bondad en persona, que es insultado y pisoteado. ¿Por qué toda esta humillación? Señor, ¿por qué dejaste que te hicieran todo esto?
Lo hizo por nosotros, para tocar lo más íntimo de nuestra realidad humana, para experimentar toda nuestra existencia, todo nuestro mal. Para acercarse a nosotros y no dejarnos solos en el dolor y en la muerte. Para recuperarnos, para salvarnos. Jesús subió a la cruz para descender a nuestro sufrimiento. Probó nuestros peores estados de ánimo: el fracaso, el rechazo de todos, la traición de quien le quiere e, incluso, el abandono de Dios. Experimentó en su propia carne nuestras contradicciones más dolorosas, y así las redimió, las transformó. Su amor se acerca a nuestra fragilidad, llega hasta donde nosotros sentimos más vergüenza. Y ahora sabemos que no estamos solos. Dios está con nosotros en cada herida, en cada miedo. Ningún mal, ningún pecado tiene la última palabra. Dios vence, pero la palma de la victoria pasa por el madero de la cruz. Por eso las palmas y la cruz están juntas.
Pidamos la gracia del estupor. La vida cristiana, sin asombro, es monótona. ¿Cómo se puede testimoniar la alegría de haber encontrado a Jesús, si no nos dejamos sorprender cada día por su amor admirable, que nos perdona y nos hace comenzar de nuevo? Si la fe pierde su capacidad de sorprenderse se queda sorda, ya no siente la maravilla de la gracia, ya no experimenta el gusto del Pan de vida y de la Palabra, ya no percibe la belleza de los hermanos y el don de la creación. Y no tiene ninguna otra salida más que refugiarse en el legalismo, en el clericalismo y en todas esas actitudes que Jesús condena en el capítulo 23 de Mateo.
En esta Semana Santa, levantemos nuestra mirada hacia la cruz para recibir la gracia del estupor. San Francisco de Asís, mirando al Crucificado, se asombraba de que sus frailes no llorasen. Y nosotros, ¿somos capaces todavía de dejarnos conmover por el amor de Dios? ¿Por qué hemos perdido la capacidad de asombrarnos ante él? ¿Por qué? Tal vez porque nuestra fe ha sido corroída por la costumbre. Tal vez porque permanecemos encerrados en nuestros remordimientos y nos dejamos paralizar por nuestras frustraciones. Tal vez porque hemos perdido la confianza en todo y nos creemos incluso fracasados. Pero detrás de todos estos “tal vez” está el hecho de que no nos hemos abierto al don del Espíritu, que es Aquel que nos da la gracia del estupor.
Volvamos a comenzar desde el asombro; miremos al Crucificado y digámosle: “Señor, ¡cuánto me amas, qué valioso soy para Ti!”. Dejémonos sorprender por Jesús para volver a vivir, porque la grandeza de la vida no está en tener o en afirmarse, sino en descubrirse amados. Ésta es la grandeza de la vida, descubrirse amados. Y la grandeza de la vida está precisamente en la belleza del amor. En el Crucificado vemos a Dios humillado, al Omnipotente reducido a un despojo. Y con la gracia del estupor entendemos que, acogiendo a quien es descartado, acercándonos a quien es humillado por la vida, amamos a Jesús. Porque Él está en los últimos, en los rechazados, en aquellos que nuestra cultura farisaica condena.
Hoy el Evangelio nos muestra, justo después de la muerte de Jesús, la imagen más hermosa del estupor. Es la escena del centurión que, al verlo «expirar así, exclamó: “¡Realmente este hombre era Hijo de Dios!”» (Mc 15,39). Se dejó asombrar por el amor. ¿Cómo había visto morir a Jesús? Lo había visto morir amando, y esto lo impresionó. Sufría, estaba agotado, pero seguía amando. Esto es el estupor ante Dios, quien sabe llenar de amor incluso el momento de la muerte. En este amor gratuito y sin precedentes, el centurión, un pagano, encuentra a Dios. ¡Realmente este hombre era Hijo de Dios! Su frase ratifica la Pasión. Muchos antes de él en el Evangelio, admirando a Jesús por sus milagros y prodigios, lo habían reconocido como Hijo de Dios, pero Cristo mismo los había mandado callar, porque existía el riesgo de quedarse en la admiración mundana, en la idea de un Dios que había que adorar y temer en cuanto potente y terrible. Ahora ya no, ante la cruz no hay lugar a malas interpretaciones. Dios se ha revelado y reina sólo con la fuerza desarmada y desarmante del amor.
Hermanos y hermanas, hoy Dios continúa sorprendiendo nuestra mente y nuestro corazón. Dejemos que este estupor nos invada, miremos al Crucificado y digámosle también nosotros: “Realmente eres el Hijo de Dios. Tú eres mi Dios”.