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De Curas y Militares... o de Curas Militares

Al tenerlo hoy al alcance de la vista se me ha venido a la cabeza la primera vez que conocí a un capellán castrense, a un Páter, que es como se le llama entre la tropa. Fue en el entonces CIR número 9, entonces en San Clemente de Sasebas… hoy en un lugar, que es el mismo, pero que se escribe y se pronuncia vaya a Vd. a saber cómo, que salvo castellano, portugués para lo preciso y poco más, algo de inglés –muy poco- y algún chapuceo en italiano no soy ducho en lenguas forasteras.

En el ámbito castrense es la Base Militar General Álvarez de Castro. Allí fui destinado cuando llegó la hora de alistarme, a fin de recibir la instrucción precisa para después sentar plaza en la Compañía de Esquiadores y Escaladores de Viella, entonces mandada por quien dicen ha sido uno de los militares más bragados de los tiempos recientes, el entonces Capitán, hoy General ya retirado, D.Epifanio Artigas Ainá. Pero volvamos al campamento, en tierras rayanas a la Figueras de Dalí.

Al caer la tarde, que lo hacía pronto por más que intentaras retrasarlo, que el tiempo y la mar no esperan por ningún hombre, solía refugiarme en el barracón que servía, muy dignamente, de capilla. Lógicamente católica, que entonces, 1980, no se conocía otra cosa. Y si se conocía, en cuenta no se tenía (ni falta que hacía), o yo no me daba cuenta de si se tenía o no se tenía. Me sentaba en los últimos bancos del recinto, que los primeros eran reservados, eso creía, a los mandamases de la tropa, lo que no me parecía mal del todo. Mi padre me enseñó, antes de poner los pies en el tren que me llevaría camino de una de las etapas más felices e ilusionantes de mi vida –no hay aquí espacio bastante para poder contar el por qué- que “un superior sabe más, manda más y nunca se equivoca”. Me lo aprendí de memoria, por lo que no tuve inconveniente en ocupar los últimos bancos del sacro lugar para dejar los primeros a las estrellas y galones, aunque sabía, ya entonces, que ante Dios todos somos iguales. Bueno, a veces parece que unos más iguales que otros, visto desde el corto entendimiento humano, que no sabemos comprender la escritura derecha de los renglones torcidos de Dios. Y en cuanto a la enseñanza paterna, si es verdad, bien, y si no también, que no seré yo quien cuestione el orden establecido, que además de sentirme hombre con alma también me siento, de alguna forma, hombre de armas.

Un día hube de acudir al Páter, de cuyo nombre no consigo acordarme. Es lo que menos me importaba, pues iba buscando el consuelo del alma. Consuelo para un desconsuelo. Me faltó el canto de un duro para dar el paso al frente y alistarme a la Legión (no hubiera pasado la criba) y a los Paracaidistas (lo mismo digo); a estos últimos, cuando me decidí, se había cubierto el cupo. Se conoce que perseguía algo que deslumbraba por las cosas que nos contaban los encargados de reclutar voluntarios entre la plebe de la tropa. No tuve arrojo, a la hora de la verdad, para levantarme y presentarme voluntario desde el primer momento. Quizá el destino así lo quiso. Y, de esto no me cabe duda, el destino es sabio, aunque a veces parezca tonto. Pero llegó el día en que nos asignaron las plazas a los que no fuimos capaces de dar el paso al frente, o llegamos tarde a darlo. A mí me tocó la Compañía de Esquiadores y Escaladores, en Viella, en el Valle de Arán, donde se sienten, primero, araneses, después españoles, pero antes que catalanes franceses. Eso decían allí. No soy yo quien para decir si es correcto o no. Había corrido el rumor de que a tal destino solían enviar a gente de dudosa procedencia, como medio presos, gente conflictiva, etc… Se me vino el mundo abajo. Después comprobé que no era así, que allí fuimos gente de todo pelaje. Pero en un primer momento se me puso el estómago debajo de la lengua, el corazón en los pies y la cabeza donde nadie piensa encontrarla. No pegué ojo aquella primera noche. Ahora, muchos años después, no se me borra de la memoria, ni quiero que me pase, el tiempo que pasé en Viella. Al día siguiente me fui a ver al Páter. Entré medio llorando a buscarlo, aunque sin lágrimas. Me las había tragado, que un Soldado de España debe saber controlar la desazón de su entraña. Fue tal su amparo, su apoyo, su acogida, su consuelo, que me quitó de un plumazo las ideas que algunos indeseables me había metido en la cabeza. Bueno, a mí y a más de uno que, como yo, corrimos la misma suerte. Nunca olvidaré el barracón capilla, sentado en la primera fila hablando con el Páter, dándome a entender que la felicidad de un destino sólo puede conseguirse con la actitud positiva de quien a él se encamina. Aquella noche pude dormir a pierna suelta. Entonces comprendí la suerte enorme que tenemos al disponer, al alcance de la mano y del alma, de una persona consciente de que su vocación es la de consolar a las ovejas del rebaño a él asignado. Me ganó para siempre. No sé si vive o no, pero nunca lo he olvidado.

Como no he olvidado al del Hospital Militar de Barcelona, donde estuve ingresado en junio de ese año. Largo de contar por qué acabé ahí. Nada malo. Como había llegado a un acuerdo con las monjas que atendían a los militares ingresados para que me lavaran la ropa y me cosieran los desaguisados, yo cumplí mi parte del mismo ayudando al Páter del sanatorio a dar la Comunión a los enfermos, cuando no a sostenerle los trastos cuando se trataba de dar la Extremaunción o hacer la Recomendación del Alma.

Hoy, sábado 9 de noviembre, he recordado todo ello teniendo al Páter de la Brigada Extremadura XI, Alejandro Espíritu, a la vista. Parte con su tropa a Irak, donde podrá ayudar a los soldados que, en la lejanía de sus familias, de su tierra, sientan la necesidad de oír una palabra de ayuda, de aliento, o escuchar un silencio cómplice que sana el alma y el corazón, a veces, más que la más acertada predicación. Saben que soportan el mismo riesgo que los hombres y mujeres a los que van a acompañar. A veces el riesgo puede ser no conseguir ser el bálsamo que se precisa en las situaciones de peligro cierto y patente. O latente, que nunca se sabe cuándo se hace realidad.

Sufren con su gente, lloran cuando los demás lloran, aunque se traguen las lágrimas en buche amargo que araña desde la gola hasta el intestino. Ríen cuando notan la alegría en el alma valiente de nuestros soldados, hombres y mujeres de probado valor. ¡Qué bella virtud el valor! Ese valor que parecía pedirle a la Inmaculada Concepción cuando, vestido con el uniforme de Capellán Castrense (por favor, que alguien les cambie la prenda de cabeza, que más se parece a un Jefe de Estación que a un cura), miraba a la Patrona del Arma de Infantería pidiendo cuanto se puede implorar con una mirada de hijo a la Madre Amantísima. Él sabe que porta con la tropa el manto el manto protector de la “Madre de todos los hombres”. Y él sabe, querido Páter, que tiene que saber extenderlo sobre todos los miembros del contingente. El Páter Alejandro en éste de la Brigada Extremadura XI; otros, como se llamen, en los que les toquen según el destino de sus servicios y pastoreo.

Siempre he creído que los militares y los curas son lo mismo, pues todos ellos son gente de religión. Salvando la tropa moderna, en la que muchos ingresan por aprender un oficio, la milicia y el sacerdocio son una vocación que sólo quien es llamado por el amor a la Patria o por la mano de Dios puede vivir en plenitud. Hay quien vive las dos, desde el envidiable lugar de las curas militares.

Estoy seguro que los componentes del contingente que van a Irak, como los de cualquier otro de nuestro glorioso Ejército que haya ido o vaya a ir a donde quiera que sea, saben que gozan del amparo de quien tiene, como mejor arma, el poder curar el alma. Lo mismo digo de los destinados en los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Son bálsamo ante la incertidumbre, que corroe, de jugarse la vida para que los demás, como yo, podamos seguir teniendo una vida en paz y tranquilidad, para que, a fin de cuentas, alguien, como yo, pueda escribir, con la pluma del corazón, estas palabras de afecto, homenaje y respetuosa consideración.

 

Badajoz, sábado, 9 de noviembre del 2019
Festividad de la Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán y Nuestra Señora de la Almudena

Felipe Benicio Albarrán Vargas-Zúñiga
Jefe de Protocolo de la Archidiócesis de Mérida-Badajoz

 

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