La Peregrinación comenzó con una Misa en la Parroquia Castrense de la Armada presidida por nuestro Arzobispo en cuya homilía nos invitó a que, tanto en la peregrinación como en nuestra vida cotidiana, nos dejásemos servir por Jesús para así poder experimentar el descanso que necesitamos en nuestro corazón.
A las 7 de la tarde, hora de Portugal, llegamos al Hotel Casa Sao Nuno, antiguo seminario carmelita que conserva una Comunidad de religiosos de esta Orden. La amabilidad y disposición del personal del hotel ha posibilitado que estuviéramos alojadas cómodamente 34 familias. Tras la cena, nos dirigimos hacia la Capelinha para participar del Rosario, que estuvo presidido por nuestro Arzobispo, y la posterior procesión del Virgen de Fátima alrededor de la explanada con las antorchas. Es de reseñar que entre los portadores de la Virgen se encontraban seis de nuestros peregrinos.
La jornada del soleado sábado comenzó con un pequeño saludo a la Virgen en la Capelinha, acto cargado de emoción y devoción, en donde el Arzobispo nos pidió que como María, viviéramos la alegría de sabernos elegidos por el Señor y nos abriéramos a la acción del Espíritu Santo que siempre quiere conducirnos hacia nuestra plenitud en nuestra respuesta a Dios.
Tras el saludo, hicimos la foto de grupo en el que pudimos comprobar la riqueza del grupo de peregrinos como expresión de la alegría y el espíritu de esta diócesis.
Continuamos hacia la Via Sacra para rezar el Via Crucis, dirigidos por los seminaristas que nos acompañaron, y en el que no faltaron voluntarios para participar siendo los más jóvenes quiénes portaban orgullosos la Cruz de Guía. La mañana concluyó con la celebración de la Eucaristía en la Capilla de Sao Estevo que con nuestro amplio grupo, llenábamos sobradamente.
Ya en la tarde del sábado, Don Juan Antonio tuvo una charla con los matrimonios. Nos recordó la importancia de aprender las matemáticas de Dios, porque son un don, que no solo suma, sino que multiplica nuestra capacidad para amar y así, amar más sanamente, a la manera de Dios.
A continuación, y siguiendo el pasaje de Zaqueo, invitó a que las familias pusieran en el centro a Jesús que nos ama como somos y nos tiende la mano para sanar el corazón. Para ello necesitamos la oración, el abrazo de Dios en la confesión, la eucaristía y la ayuda de los demás discípulos de la fe.
Otro de los acentos señalados por el Arzobispo fue la necesidad de cuidado mutuo, pues este es, el mejor ejemplo para los hijos. Y también, soportar con paciencia los defectos del prójimo sabiendo que es un combate que merece la pena.
Al finalizar, el Arzobispo dio su Bendición a cada familia, entregándoles un Rosario.
La noche del sábado, con la explanada repleta de antorchas asistimos nuevamente al rezo del rosario y procesión.
El domingo por la mañana, antes de abandonar Fátima, nos reunimos para celebrar la Eucaristía todos los peregrinos para dar gracias a Dios por lo vivido y también para pedirle que nos ayude a estar dispuestos a dejarnos servir por el Señor y ser capaces de decirle que sí como María.

